Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

martes, 3 de diciembre de 2024

La política de verdad —Artículo para Ideal Sierra Mágina, diciembre de 2024—

         Empieza a dolerme la boca de hablar en esta columna de «la política de verdad», que es la única que prevalece en el tiempo, tanto en las cosas como en las personas, ya sea a través de obras, infraestructuras, instituciones o leyes. Me refiero, como siempre, a la manera de hacer y entender la política que heredamos de la tradición griega: la política practicada en el ágora, en la plaza, en las calles de los pueblos. Un concepto a simple vista sencillo de entender, pero, al parecer, muy difícil de practicar por la mayoría de los ineptos que se reparten cargos y despachos más allá de lo munícipe; es decir, más allá de las entidades locales conformadas por los vecinos de un determinado territorio para gestionar autónomamente sus intereses comunes. Un ejemplo de todo esto que digo lo hemos tenido recientemente en la pronta, eficaz y resolutiva actuación de los alcaldes de los pueblos afectados por la DANA, dentro de sus posibilidades y medios disponibles, en comparación con la retardada e incluso fallida gestión de la mayor parte de los organismos del resto de administraciones competentes (autonómicas y estatales), que son además quienes cuentan con los medios materiales, personales y económicos en los ámbitos de la prevención y las emergencias. 

 

No voy a caer aquí en hacer un reparto de culpas, aunque me gustaría advertir de que, intentar escurrir el bulto en una catástrofe natural (que derivó a su vez en una catástrofe generalizada de nuestros servicios públicos) con el típico «pío, pío que yo no he sío», no va a hacer más que retrasar la confección de un plan de emergencias que resulte eficaz en futuras actuaciones. Tal vez esto era lo que quería decir Rajoy con aquello de que « es el vecino el que elige al alcalde y es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde», si tomamos la figura del alcalde como el más fiel depositario del ejercicio democrático: el voto de los vecinos, su confianza, puesta a disposición de los alcaldes (otros vecinos, al fin y al cabo) que, por lo general, procederán siempre teniendo en cuenta las consecuencias de su actuación en la vida de aquellos con los que han de verse las caras todos los días. Llegados a este punto, es cuando surgen los equívocos, motivados por la desesperación y la impotencia legítima de los afectados, aunque alentados por espurias intenciones de quienes pretende sacar partido —político o económicode la solidaridad instantánea y espontánea del resto de territorios españoles con la zona del Levante que ha sufrido esta terrible inundación. Me refiero al lema de que «solo el pueblo salva al pueblo», en apariencia simplista e inocente, pero que blandido por según qué manos, se convierte en un arma cargada, con toda la intención, de confusión y caos. 




 

Tampoco es nuevo que se localice en la trinchera de las redes sociales la procedencia de toda una batería de misiles cargados de bulos y desinformación, dirigidos en esta ocasión directamente a la línea de flotación del Estado. Nada que ya nos sorprenda desde la horda de streamers, youtubers e influencers varios. Pero por desgracia y en detrimento de la veracidad, como señala Ignacio Sánchez-Cuenca en su libro La desfachatez intelectual, muchos de los intelectuales españoles de «mayor prestigio»creo que tomado aquí como sinónimo de popularidad— participan en el debate público de manera frívola y superficial. Para muestra, una perla publicada en Abc por el escritor Juan Manuel de Prada: «estamos mostrando al mundo que España es un Estado fallido gobernado por hijos de la grandísima puta (...). Si los españoles de hogaño no tuviéramos horchata en las venas, tendríamos que ahorcarlos y después descuartizarlos». Porque los De Prada, Pérez Reverte, Iker Jiménez o Soto Ivars entre otros entienden que ese tipo de mensajes van a ser aplaudidos por la opinión pública mayoritaria, reportándoles así infinidad de «me gustas» a sus entradas y artículos o un buen ratio de audiencia a sus programas televisivos.

 

Porque, ¿qué quieren decirnos «sus eminencias» con esto? No sé, que, como el Estado ha fallado, habrá que probar una solución alternativa, como, por ejemplo —y esto tampoco es nuevo en esta columna— la que ofrezca Alvise Pérez  

 

Y vuelvo al principio, en concreto a la celebración de quienes actuaron con eficacia, quienes ahora mismo son referente del camino a seguir en estos casos: el de «la política de verdad», expresión que sigo entrecomillando en un intento ingenuo de acotarle un cerco de seguridad, un cartel de advertencia por ver si de esta manera se piensan sus ladridos, no solo los manipuladores y tergiversadores habituales de nuestro cada día, sino además, toda la caterva de descerebrados y aplaudidores que los adulan.  

 

Lo sé, no caerá esa breva, pero al menos, como cantaba Javier Krahe, habré dejado constancia de que este cuervo ingenuo no firmará la pipa de la paz con tú, por Manitú, hombre blanco que hablas desde tu púlpito con lengua de serpiente. Porque el problema no es la política; el problema es la mala política, y esta es tan venenosa que no hace falta ni entrecomillarla.  




  

lunes, 4 de noviembre de 2024

La cabeza del columnista —Artículo para Ideal Sierra Mágina, noviembre de 2024—

 Lo he dicho alguna vez en esta columna, que nunca me he sentido alguien especialmente valiente, pero sí que me mueve, o mejor expresado, me conmueve por encima de todas las cosas la honestidad a la hora de atacar la paz de este rincón de Ideal Sierra Mágina. Sobre todo, admiro la honestidad ajena, ya que la propia en estos menesteres periodísticos la suele confundir el personal con la desfachatez o con la extravagancia, con un intento de notoriedad del individuo (el columnista en este caso) de situarse por encima de lo que escribe. Hablando en román paladino: como este periódico es ante todo rural, si en él se escribe algo que se sale de madre, o que expresa cierta polémica o denuncia sobre algún asunto ocurrido en un pueblo o varios de Sierra Mágina, se suele entender por el paisanaje que ello se hace en un irrefrenable afán del articulista por destacar.  

 

Claro que, esos mismos vecinos me dirán que este artículo en concreto es un ejemplo de esa manera de actuar mía, al comprobar que, después de las ciento cincuenta y tres palabras escritas en el primer párrafo, solo he hablado de mí. En realidad, me he tomado la licencia debido a ciertas polémicas suscitadas en redes sociales, ya sean por mis artículos o por mis entradas referidas a nuestra tierra. 

 

Esto no es nuevo. Yo no puedo pretender que todo el que lea lo que «me sale de el Almecino» (entiéndase la ironía y no sean malpensados) vaya a estar de acuerdo conmigo. Además, no es la primera vez ni será la última que alguien se molesta con mi punto de vista. Tampoco tengo yo la piel tan fina, hasta el punto de llegar a incomodarme por un improperio recibido en Facebook o en Instagram. Pero no resulta nada agradable recibir amenazas, aunque sean de manera más o menos velada, dirigidas en cierto modo a mi integridad física y, lo que es verdaderamente delicado, proferidas por parte de personas que, si no son tus amigos, al menos las consideras cercanas, aunque sea por aquello del paisanaje. 

 

Las opiniones siempre llevan el traje y la intención de quien las dice o escribe. No se pueden disfrazar de neutralidad, y ya sabéis de mi aprehensión con la equidistancia, la cual considero fruto de la tibieza y la falsedad de quienes nunca se mojan en ningún asunto polémico. Para combatir una opinión o, mejor dicho, para rebatirla (por no ponernos tan belicosos) existen tantos argumentos como opinantes diferentes. Otra cosa es el peso y la contundencia de estos; la racionalidad y consistencia de lo expresado por cada cual 






 

No podemos pedir la cabeza del columnista por no regalarnos los oídos, muchos menos por no profesar nuestras filias y creencias, pero todos, rojos, azules, blancos, negros, tostados, cristianos, evangelistas, mahometanos, judíos, agnósticos, ateos, merengues, culés, colchoneros o mediopensionistas merecen un respeto.  

 

Siempre procuro, por respeto a la cabecera de este periódico —«de Sierra Mágina»—, centrar mi mirada, aunque esta sea parcial y esquinada. Desde mi almecino, plantado en un lugar concreto y no en otro, y crecido en una determinada dirección, según la luz y el agua que allí le llega, los vientos que le soplan y los nutrientes que lo engordan, las vistas son las que, mensualmente, describo en cada entrega. Incluso, si de lo que hablo es una cuestión más general, me lo llevo, por coherencia y respeto a los lectores, al terruño, a lo nuestro, aún a sabiendas de que me sería más fácil lidiar con lo común a todos, donde lo que nos toca la fibra, es decir, la cosa de aquí, se diluye como un azucarillo. Pero a pesar de ello, y como siempre digo: lo universal está en lo que se tiene delante de las narices, por ser lo que más incide e influye en la manera que cada uno ve la vida.  

 

Por todo esto, yo me considero un privilegiado: un día se me dio un espacio que, poco a poco, he ido vistiendo con mis maneras, las cuales tienen muchos defectos, pero también algún que otro acierto. Lo repetiré una y mil veces: desde este Almecino hablo, sobre todo, de Sierra Mágina o, al menos, de cómo se ve la vida desde Sierra Mágina, desde nuestra peculiar idiosincrasia. La mayoría de las ocasiones, lo hago con la pausa y el detenimiento que me procura la sombra de mi almez. Describiendo todo lo que se ve desde abajo, a ras de suelo. Otras veces, sin embargo, me subo al árbol por procurarme una visión más amplia y despejada de los asuntos. Ambos procedimientos tienen sus inconvenientes: cuando me echo al barro, corro el peligro de que me den patadas, de que me tiren tierra a los ojos para ensuciar la visión de lo importante, que son nuestros pueblos; cuando me subo al árbol, tal vez eluda la lucha cuerpo a cuerpo, pero no a quienes están al acecho para moverme el árbol, a ver si caigo a la alberca o al pozo de al lado y mi discordante voz se ahoga de una vez por todas.  

 

Así que ya lo veis, esté arriba o abajo, la cabeza del columnista siempre peligra.   




    

De Despedidas y otros contratiempos

  Siempre ha estado presente en el espíritu de est a columna. Puede que incluso haya flotado en el ambiente , como si hubiera perfumado ...