Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

jueves, 4 de diciembre de 2025

El proceso —Artículo para Ideal Sierra Mágina, diciembre 2025—

Para este mehabía pensado yo en escribir un cuento navideño al más puro estilo dickensianoPero, iluso de mí, no contaba con los siempre imprevisibles derroteros por los que me suele llevar mi mentepor lo que, en lugar de Charles Dickens, este artículo ha terminado inspirándolo Franz Kafka, uno de los más grandes infelices de la literatura universal como dice Javier Peña en su famoso pódcast, cuyas absurdas y asfixiantes historias terminaron en su tiempo (principios del siglo XX) por anticipar las perores pesadillas de la humanidad. 

 

En concreto, este año se celebra el centenario de la publicación póstuma —como casi la totalidad de su obra— de la más inquietante de sus novelasEl proceso. En ella se narra la historia de Joseph K., arrestado y juzgado por un crimen que desconoce ante una autoridad burocrática que no ofrece explicaciones lógicas durante un proceso judicial totalmente surrealista (no sé, esto me suena de algo, pero no nos anticipemos). 

   

Yo soy, por convicción, pero sobre todo por experiencia, un descreído del Derecho. No me siento nadie especial, aunque mi profunda y personal desilusión con la disciplina que estudié en la universidad me iguale con Walter Benjaminsobre todo cuando en sus conclusiones reduce el valor del sistema jurídico a un mero reflejo de las relaciones de poder. Por el contrario, me produce una inmensa tristeza comprobar que, tanto eminencias del pensamiento filosófico occidental como mindundis, como yo, formemos parte de una cada vez más extendida corriente de opinión que, en la práctica, el Derecho, entendido como la disciplina que estudia las reglas que rigen las relaciones entre las personas, las organizaciones y el Estado, no conduce casi nunca a la «Justicia con mayúsculas»; ni siquiera a «la justica con minúsculas».  

 

Es más, muchos juristas, incluso togados, ya se destaquen por su búsqueda de esa justicia perdida de la que hablaba antes o por su habilidoso manejo en los muchas veces torticeros recovecos de la norma, son conscientes de esta trampa que la Ley (con mayúsculas y con minúsculas) presenta de partida. Como ejemplo y nada sospechoso de militar en mis mismas disidencias políticas y religiosas, Carlos Lesmes, «un magistrado conservador de profundas raíces religiosas», según rezaba un titular de la época de su nombramiento como presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial bajo el auspicio del Partido Popular, dijo no hace tanto, que la ley procesal estaba «pensada para el robagallinas, no para el gran defraudador». Incluso nuestro mentado Kafka, con cuyo descreimiento de la ley, pero sobre todo de la burocracia, empezamos este artículo, fue un doctor en Derecho que, aunque no ejerció como abogado de tribunalesse convirtió a lo largo de su vida laboral (como empleado que fue del Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo de Bohemia) en un privilegiado testigo de toda clase de injusticias y despropósitos burocráticos.  


Ilustración de Sara Chávez para una reciente edición colombiana de El proceso de Kafka
 

Como señala Antonio R. Rubio Plo, profesor de Relaciones Internacionales y de Historia del pensamiento político de la Complutense, «¿cómo no pensar en Kafka en medio de esa cultura de la cancelación que arrasa en Occidente y que no conoce la presunción de inocencia y menos aún el perdón?» Y es que, en realidad —como deja bien claro Kafka en El Proceso— la ley no permite la defensa del procesado; solo se limita a tolerarla. Así, sin centrarnos en ningún proceso en concreto de los varios mediáticos a los que asistimos en estos días, encontramos que, por lo general, los interrogatorios terminan siendo más decisivos que cualquier alegación que presente el reo, por muy exculpatoria que esta sea, y eso es tremendamente descorazonador para cualquiera que busqueno digo ya la Justicia, sino al menos la razón y la lógica sobresaliendo por encima de cualquier proceso. Porque nadie o casi nadie —que se lo pregunten si no a Álvaro García Ortiz, el procesado y ya condenado Fiscal General del Estado— queda libre de que la maquinaria judicial termine atropellándolo.  

 

Si nos detenemos un momento en este concreto caso del Fiscal General, se ha vulnerado uno de los más importantes principios jurídicosobre los que orbita cualquier proceso penal que, además, está íntimamente ligado a la presunción de inocencia. Me refiero al «in dubio pro reo» (en caso de duda, a favor del reo); es decir, si existe una duda razonable sobre la culpabilidad de un acusado, la decisión debe resolverse a favor de este. A este respecto, Javier Pérez Royo, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevillaseñala que, como no conocemos la sentencia —al menos en el momento de escribir su artículo y el mío, o lo que es lo mismo, «no conocemos la razón por la que se condena sino la voluntad de condenar», no podemos hacer un análisis jurídico, sino exclusivamente político, ya que el Supremo ha hecho política y no derecho.  

 

Decían quienes conocían a Franz Kafka en profundidad, que no hay que quedarse solo con ese hombre de personalidad nihilista y agobiado existencialmente que la mayoría de sus biógrafos señalanY es que, como Josef K. en El procesonunca se ha de dejar de luchar contra la arbitrariedad del poder, al menos mientras se tenga aliento. 




martes, 4 de noviembre de 2025

«Idiotas» —Artículo para Ideal Sierra Mágina, noviembre de 2025—

 Estoy imaginándome ahora mismo reconozco que no sin cierta malicia la de fuses que estarán echando nada más leer el titular de esta columna ese cada vez más numeroso grupo de personas que, más que disentir con mis opiniones, odian todo lo que tiene que ver conmigo, sobre todo, porque tengo la certeza de que no van a pasar de las negritas de ese «Idiotas» del título.  

 

Es mi costumbre remontarme a la raíz de las palabras, al origen histórico de los hechos y a la esencia misma de los asuntos para intentar obtener una visión lo más aproximada a la realidad de las cosas. Y así, gracias a la curiosidad crítica, me he topado con la etimología de la palabra «idiota» (διώτης), que en la antigua Grecia se utilizaba para hablar de una persona privada o individual; es decir, de alguien que se ocupaba solo de sus asuntos particulares en lugar de participar en la vida pública y política. Este término, que no era peyorativo inicialmente, con el tiempo adquirió una connotación negativa al considerarse que estos «idiotas», al actuar en la vida por puro egoísmo, descuidaban sus deberes cívicos, sus obligaciones para con la sociedad y con la democracia, que requería la participación de todos los ciudadanos.  

 

Todos somos en este sentido clásicode la Grecia antigua, patria de la cultura occidental un poco o un mucho idiotas. Esa es la deriva de esta sociedad individualista y neoliberal, esa es la fuerza centrípeta y egocéntrica que rige la mayoría de nuestros actos. En un mundo donde se admira a quienes —dicen— «se han hecho a sí mismos», donde se premia el emprendimiento, los logros y las metas personales, se mira sin embargo por encima del hombro y con actitud condescendiente a quienes fijan sus objetivos lejos del éxito material, a quienes se muestran poco ambiciosos desde el punto de vista pecuniario o, para colmo, se atreven a tener pretensiones colectivas y gastan de cierta ética o conciencia social. 

 

No sé en qué momento exacto pasaron a ser idiotas esos otros ciudadanos que entendían la política como la búsqueda del bien común; como tampoco alcanzo a imaginar en qué momento un individuo pensó que no bastaba con idiotizarse sobre sí mismo como un ovillo de puro yo y decidió que había que prostituir el significado clásico de la política entendida como lo referente a la «polis» όλις) a la ciudad-estado, a la participación activa de los ciudadanos en los asuntos públicos, para convertirla en una herramienta más para el medrar individual y el beneficio propio, llegando incluso hasta la esquilma y el saqueo de lo público, de lo de todos. 




 

Pienso en esto, cuando me viene a la cabeza aquel tiempo de nuestros abuelos, aquello del «año del hambre» o, para ser más preciso, los años de la hambruna, durante la posguerra española (entre 1939 y 1946) de los que hablaba estos días Muñoz Molina en un artículo. Cuando era pecado tirar el pan y, si se caía al suelo, se recogía, se le daba un beso y a la boca. Por eso, cuando mejoró la vida, y había comidas que no nos gustaban o tajadas que no apurábamos hasta dejar solo los huesos «pelaos y mondaos», se nos decía que «lo que os haría falta es otro 45», por ser este el año culmen de la hambruna que provocó la autarquía (política practicada por un Estado que pretende bastarse de sus propios recursos) a la que el régimen de Franco sometió a la población española.  

 

Dejamos entonces de apurar los platos, incluso abominamos de esa precariedad lejana para nosotros, aunque por nuestras tierras maginenses colearan sus estrecheces hasta bien avanzada la década de los años setenta o incluso llegados los principios de los ochenta del siglo pasado. Pero sí que se nos quedó cosido al envés de nuestras ropas de marca ese sentido de la individualidad, ese afán acaparador de nuevo rico, el «por si acaso», el miedo a los malos tiempos, porque, como dice Muñoz Molina, «de tanto haber escuchado aquellas voces a las que ya no hacíamos caso, ahora nos parece que tenemos recuerdos anteriores a nuestras propias vidas», como una marca genética que nos empuja a lo «idio» o «idion»; a lo propio, a lo particular. 

 

Son esos mimbres los que han terminado componiendo un cesto pequeñito en el que no cabe apenas nada. Son esas las maneras de los idiotas en los que nos hemos convertidoaunque me niego a creer que todo en nosotros sea irrecuperable egoísmo—, las que han llevado a nuestros jóvenes a renegar de la política y hasta de la misma democracia. Es esa la idiocia que los ha convencido de que no hay que votar ni pagar impuestos. Es esa la incultura que, entre otras muchas barbaridades, ha propagado el mantra de que los de fuera solo vienen a quitarnos lo nuestro. Y mientras tanto, apenas quedan ya vestigios de lo bien hecho en política, de lo bien obrado en lo público; apenas queda un leve rastro de la educación, de la sanidad, de los servicios comunes. Solo hay ya idiotas delante de la pantalla, alimentándose de arengas tendenciosas. 




De Despedidas y otros contratiempos

  Siempre ha estado presente en el espíritu de est a columna. Puede que incluso haya flotado en el ambiente , como si hubiera perfumado ...