«Esas mierdas» —Artículo para Ideal Sierra Mágina, agosto de 2025—
Cada año por estas fechas ando metido de lleno en los Premios Guzmán Merino de Cuento, una convocatoria literaria con Sierra Mágina de fondo y condición sine qua non de los relatos a presentar, que bajo el auspicio del ayuntamiento de Bélmez de la Moraleda pusimos en marcha en 2019 Antonio Díaz Rodríguez (por entonces concejal de Cultura) y este «pijoprogre subvencionado», como diría despectivamente alguno de mis haters preferidos.
Antes que nada, hay que aclarar que, lo mucho o poco que haga yo en este certamen cultural, lo hago por amor al arte, a «esas mierdas de raritos» que tanto desprecia la ultraderecha, pero que, en cuanto tocan el poder, asaltan sus organismos mientras el ansia les babea comisuras abajo. Estoy convencido, como apunta Sergio del Molino, que esa animadversión hacia la Cultura de estas «gentes de bien» que se erigen a sí mismos como «salvadores del pueblo», es porque esta les devuelve un retrato, el suyo propio, como un Dorian Gray envejecido y de rostro repugnante que exclama: «¡Dios mío! ¿No ve usted cómo nos mira de soslayo esa cosa maldita?»
Volviendo a los Guzmán Merino, este año, coincidiendo con el 50 aniversario de la muerte de Franco, se nos ha ocurrido que el tema debía ser el paso del franquismo por Mágina. Y, aunque desde aquí he de agradecer que en el ayuntamiento de Bélmez —para nada sospechoso, pues está regentado por el PP— no se nos haya puesto ningún inconveniente, desde el segundo uno, tras dar a conocer en las redes la convocatoria, ya hubo voces bramando en contra de «estas mierdas», según decían los más radicales, aunque también los hubo más moderados que nos reprochaban que mezcláramos cultura con política. Afortunadamente, no faltó la sensatez de quien añadió que la temática es muy amplia y da mucho de sí, porque «hacer un recorrido histórico, indagar en la memoria colectiva o individual… puede incluso ser terapéutico».
Recordé entonces la historia de El crucero Baleares, una película del año 1941 con guion del propio Guzmán Merino que da nombre a nuestros premios, y que jamás llegó a estrenarse. El 12 de abril de aquel año estaba prevista su presentación en el cine Avenida de la Gran Vía madrileña. Había expectación ante la primera película española de la productora hollywoodense RKO Radio Films. La maquinaria propagandística del Régimen la había anunciado como una «gigantesca y heroica epopeya de la gloriosa marina española», pero un motorista enviado desde el Pardo se personó en la sala con orden de prohibir su exhibición.
La acción de guerra que acabó con el Baleares, buque insignia de la marina de los nacionales, la madrugada del 6 de marzo de 1938, debe situarse en la estrategia republicana de recuperación de la superioridad naval, cuando su escuadra logra en aguas de Cartagena un certero impacto bajo la línea de flotación del crucero Baleares. Murieron 800 personas, aunque sobrevivieron 435 tripulantes.
En los primeros años de la posguerra, la industria cinematográfica intenta reconquistar la actividad perdida, aunque siempre bajo la tutela del Régimen y los efectos de sus medidas proteccionistas. Esta película se sitúa dentro del género propagandístico, típico en períodos de justificación y exaltación postbélicos, y que tuvo en España títulos como Sin novedad en el Alcázar, El Santuario no se rinde o Raza. Pero el auténtico motor del proyecto fue su director, Enrique del Campo, quien, a pesar de su inexperiencia, aunque suplida por su gran entusiasmo y sus valiosos contactos políticos, logró hacerse con el proyecto que acomete según el argumento y guion literario de Antonio Guzmán Merino, pero con autoría compartida con el realizador en su adaptación cinematográfica. Ni que decir tiene que la autoridad militar de la Armada asumió su papel de tutela de los valores nacionales inherentes al hundimiento del crucero Baleares, sin dejar de aprovechar la ocasión para reconducir un pasaje histórico de derrota en una gesta gloriosa, delegando en un oficial con facultades para intervenir, «no sólo ya en el guion previo, sino a lo largo de todo el rodaje de la película».
El rodaje fue una verdadera calamidad: las 800.000 pesetas del presupuesto americano se fueron hasta los 3 millones. Además, la inexperiencia del director acabó con lo poco que quedaba del guion original de Guzmán Merino, tras los cambios y la censura sufrida, ya que, como me apunta Rafael López Guzmán, nieto de don Antonio, «las autoridades querían que el guion fuera más heroico con los nacionales, pero mi abuelo se ciñó a la realidad que él tenía en mente». Para rematarlo, en la escena final, durante el hundimiento, donde los marineros cantan el «Cara al sol» con sus gorras alzadas al cielo en una mano, justo antes de sumergirse del todo en el agua, casi todos se tapan con la otra mano la nariz. La escena —cuentan quienes la pudieron ver antes de la destrucción de todas las copias de la película— resultaba grotesca.
Después del fiasco, vinieron muchas películas escritas y algunas también dirigidas por Antonio Guzmán Merino, en las que, gracias a la experiencia de El crucero Baleares —estoy convencido— aprendió a sortear con pericia la férrea censura previa aplicada, no solo a su cine, sino también a su literatura, a su arte; a «esas mierdas» que dicen algunos.




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