El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

viernes, 29 de septiembre de 2017

Trapos al viento

E
stos días de trapos al viento y sentimientos agitados, de banderas aireadas desde el recóndito y oscuro escondrijo de las entrañas -esa siniestra oquedad de donde sale lo mejor y lo peor del ser humano-, me han hecho recordar de pronto a una situación vivida el Día de los Quintos del año 1983 en Bélmez de la Moraleda.

Pondré sobre antecedentes a las nuevas generaciones: en España, prestar el servicio militar, la popularmente llamada mili, fue obligatorio para los hombres mayores de 18 años, hasta que en el año 2001, el gobierno del PP, con José María Aznar a su cabeza, la suprimió. Con este motivo, en los pueblos se solía celebrar la fiesta de los Quintos, llamada así desde que el rey castellano Juan II, bajo cuyo mandato se expulsó a los musulmanes definitivamente de Belmez, impuso la obligación de servir en el ejército a uno de cada cinco varones de entre quienes tenían la suerte o la desgracia de ser sus súbditos. Luego, aunque el alcohol presidía dicha celebración, lo de quintos no viene de los susodichos botellines de cerveza.
 
 La Quinta del 65. De esta foto ya no están entre nosotros Diego Sánchez -Tarzanillo- y mi amigo Diego López- el Zocato-. Vaya también como homenaje para ellos.
Aquel año pues, entrábamos en quintas los nacidos en el año 1965, pero a la celebración solo asistimos quienes estamos en la fotografía, lo cual no quiere decir que todos sirviéramos en el ejército, pues existía la Ley de Objeción de Conciencia, mediante la cual se te permitía sustituir el fusil por servicios a la comunidad. Aparte, hay que tener en cuenta quienes se libraban por enfermedad, mala vista, poca talla y miles de artimañas, ya que la picaresca estaba al orden del día para no trabajar un año gratis al servicio de la Patria, tiempo que por cierto, cuenta como cotizado a la Seguridad Social.

La cosa es que, durante una semana, los quintos tenían licencia para hacer casi todo lo que les viniera en gana, como por ejemplo: ir bailando y cantando por las calles del pueblo a cualquier hora de la madrugada, al son del acordeón de Pedro Blas López, en este caso concreto. También se solía alquilar una casa como cuartel general de las tropelías, y los servicios de un cocinero, pues había que dormir las borracheras encadenadas y darle una mínima consistencia a las paredes de los maltrechos estómagos.

El primer y único día que estuve, era domingo. La fiesta comenzó con una misa oficiada en nuestro honor, pienso yo que para pedir por nuestras descarriadas almas, por si algún día más o menos remoto, nos viésemos en la tesitura de usar nuestras armas en una guerra de verdad, que nada tiene que ver con ese absurdo juego en el que malgastamos un año de nuestra vida. Acto seguido, enfilamos el camino del Ayuntamiento para “medirnos”, es decir, para que se nos tomara la talla y proceder a una primera criba en cuanto a las aptitudes militares.

Por aquel entonces, el Ayuntamiento se encontraba en obras, por lo que sus dependencias se habían trasladado provisionalmente a lo que hoy constituyen las instalaciones del Centro de día. Un policía municipal nos hizo entrar hasta una habitación amplia y desordenada que, debido a la falta de espacio, hacía las veces un poco de todo: dependencias policiales, administrativas, despacho del alcalde… un todo en uno destartalado, provisional y cambiante por días, muy al estilo de aquella vida de colorines de polaroid que constituyeron para España los años ochenta.

 Y allí, al otro lado de una mesa alargada y metálica, estaban el señor alcalde, el teniente de alcalde y algún que otro concejal. Otro miembro de la policía local nos invitaba uno por uno a pasar por el tallímetro, mientras el administrativo iba tomando nota de nuestra estatura. Hasta ese momento, todo entraba dentro de la normalidad: las mofas con los más bajitos, las pillerías de quienes pretendían falsear el dato de su medición para poder así librarse… Todo era previsible, jovial y festivo, hasta que llegó el momento de la gran broma final, cuando el señor alcalde, engolando su voz, se puso trascendente y dijo: Tenéis que jurar bandera.

En el extremo izquierdo de aquella mesa que presidía la liturgia de los quintos, había una bandera española y constitucional de mediana altura, anclada en un soporte, para así poder permanecer erguida y digna –si es que una bandera puede tener la cualidad de la dignidad-. Junto a esta se encontraba otra andaluza de igual tamaño.

La mayoría de mis coetáneos procedieron a besarla sin más, entre risas y algazaras; otros optaron por rendirle pleitesía a la de Andalucía, pues ese era su sentimiento. Yo me negué en un primer momento, por lo que se me reprendió por los miembros del Concejo allí reunidos al otro lado de la mesa, y especialmente por el alcalde presidente. Al final, tras una absurda discusión, terminé rozando mi cara con el pendón nacional.

Pero me fui fastidiado, por no decir otra cosa, y dolido. Dolido por haber sufrido una burla absurda por parte de los máximos representantes de la autoridad y de la democracia recién estrenada. Vejado y obligado a realizar una acción que no procedía allí, a la que solo me obligaba, tiempo después, la legalidad proveniente del Reglamento militar al que estuve sujeto en su momento, como igualmente les ocurrió a los compañeros de mili vascos y catalanes que me rodeaban, durante mi jura de bandera.

Estos días de trapos al viento, he vuelto a recordar aquella historia del Día de los Quintos. He vuelto a rememorar aquella sensación de atropello, porque esa era mi sensación entonces y ahora. Tan respetable como la de quienes agitan en estos días sus sentimientos más profundos y personales vistiéndolos con unos u otros colores o formas. Para ellos las banderas y las patrias son sagradas; como una religión, pero sin el como. Para mí, son solo trapos al viento con los que algunos agitan sus sentimientos.




viernes, 22 de septiembre de 2017

De domingos y ocasos


L
a misa de ocho olía a colonia de viejas: efluvios de retestín para el ocaso del domingo. Imposible escapar al reojo de las beatas, que parecieran bizquear por destaparte las vergüenzas delante de todos. Mientras, se relamen el cuerpo de Cristo amén entre la lengua y el paladar. Después, bisbiseo de rezos y armonio con sordina, que santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo.

Fuera, la noche linda con el frío que todo lo palpa y convierte en cartón piedra. Al salir, la Bodega es la primera estación tras la penitencia: pastillas de burro, altramuces y regaliz. Me han salido Zoco y Rechax, te cambio a Keita por Planelles. Pero me guardo los cromos, que María y sus amigas ya bajan del coro. Alguien que me diga cómo disimular el rubor, mientras me pongo a su vera en la cola del cine del salón parroquial.


Cuando el cura abre la puerta, corro escaleras arriba para cogerle sitio, pero se sienta justo dos filas más atrás. Pienso que para no levantar sospecha. Se apaga la luz y se encienden las risas: Stan Laurel empuja a Oliver Hardy a una bañera gigante que está llena hasta el borde de un agua gris y turbia. Después, Dios llena de colores la pantalla y el paraíso, donde, Adán y Eva imploran su clemencia que nunca llega, desde un rincón de tonos carmesís tirando a cereza. Para cuando Moisés se arrodilla ante la zarza, ya dormito entre la melancolía para oboe del Lago de los Cisnes y un “hola” mudo, pero en perfecto castellano, que el papa Pablo VI lanza al tomavistas súper 8 de don Martín, aquel soleado domingo de mayo en la Plaza de San Pedro. De repente, la luz se enciende. Miro detrás, pero María ya está camino del Barrio. Mientras, yo sigo soñando un rato más, pero esta vez, despierto. 

sábado, 16 de septiembre de 2017

Igual pa un roto que pa un descosío



H
oy el día se levantó en Madrid desganado y mustio, como si le sorprendiera un año más la evidente inminencia del otoño. Me he asomado a la luz emborronada de esta mañana de septiembre y me he dicho: “Juan, ¿de qué demonios vas a escribir hoy?”.

Una sensación entre fastidio y pereza me ha recordado que no tengo ninguna obligación con este blog, que ponerme a la sombra de El Almecino es una elección, más que personal, íntima, que me sale de lo más hondo de mi mismidad y por la que no tengo que rendir cuentas a nadie. Bueno, salvo a mí mismo, claro está.

De manera automática me han venido a la mente todas las veces que me he equivocado en la vida, todas las ocasiones que le he fallado a quienes me quieren, todos los compromisos que no cumplí, todas las expectativas destrozadas…pero inmediatamente me he sacudido la cabeza y he pensado, que esas cuentas las he de saldar en otro lugar y en otro momento, sobre todo, aquello que me debo a mí mismo. Pero hay otros asuntos algo turbios aquí dentro, cierta materia oscura a la que, por higiene mental, debería arrojar hacia la luz de una vez por todas y dejar de vivir este continuo polstergate que a veces emponzoña mi cabeza con esas cosillas del otro lado.

Para poder explicarlo con más o menos coherencia, me remontaré al año 2013, cuando, en uno de esos fines de semana que me dejo caer por Bélmez, Antonio Díaz Rodríguez, teniente de alcalde de nuestro queridísimo pueblo, me preguntó que si quería dar el pregón de aquel año, por el 20 aniversario del Botellín. No entraré en detalles que ahora no vienen a cuento y que ya reflejé aquella noche del 19 de agosto con el pozo de la Moralea por testigo:

La aceptación de aquella responsabilidad, la consiguiente elaboración del pregón y todo lo que me trajo de sensaciones, interacciones y, sobre todo, de rebusca en las profundidades de ese pozo que tapié el día que me vine a Madrid y al que me había jurado y perjurado no volver a bajar, conllevó un choque, un punto de inflexión que, desde entonces me ha traído, en mi relación íntima y personal con Bélmez de la Moraleda, muchas alegrías. Creo que por fin nos hemos cogido el punto, que del amor al odio y viceversa hay muy poco recorrido, pero ese camino hay que hacerlo para comprender y valorar todas esas pequeñas cosas que nos unen a la tierra que nos vio nacer.

En serio, podéis pensar lo que os venga en gana, pero cuando ahora colaboro escribiendo en un programa de fiestas –aunque parezca que me sabotean los textos-, cuando comparto mis reflexiones o las de otros sobre Bélmez, lo hago por pura convicción personal, porque creo que me lo debo a mí mismo. Aunque sé que muchos no lo creeréis, no busco ni reconocimientos ni halagos; solo mi propia satisfacción personal, como si de una cura o una terapia se tratara.

Aquí compartiendo cartel con Donato en aquellas fiestas de marras.
De verdad que se fueron los malos rollos. Como cuando nos dejaron de pagar, a mi hermano Paco y a mí, 5000 pesetas prometidas a cada uno por pintar el primer castillo que se montó en la puerta de la Iglesia para representar los Moros y Cristianos, allá por los tiempos de la UCD en la alcaldía. O cuando, ya afincado en Madrid, volvía para las fiestas y, como valía igual pa un roto que pa un descosío, me aprendí en un par de días el papel de rey moro para representarlo junto con Donato, alcalde entonces, pues aquel año hubo a última hora desbandada de actores en las Relaciones. De verdad, todo un honor, pese que al año siguiente, cuando se estrenaron trajes nuevos y todos querían ser otra vez moros o cristianos, nadie reparó en quienes habíamos estado en las duras, que lo mismo nos hubiera gustado ayudar igualmente en los buenos tiempos. O también, cuando al regreso en otras fiestas, se me pide que presente los premios a los belmoralenses del año, ya que al presentador oficial le había surgido un compromiso ineludible. Y cuál fue mi sorpresa, que cuando levanto  la cabeza de los papeles, me encuentro que muy inexcusable no debía ser la cuestión, pues estaba delante de mí, preparado para darle paso al pregonero de aquel año. El hecho es que fue todo un placer formar parte de aquellos premios que estaban dirigidos, sobre todo, a gente de a pie, del pueblo, gente que se había destacado durante aquel invierno en la lucha contra el ninguneo al que nos estaba sometiendo la Administración autonómica, con la callada complicidad de la anterior Corporación Municipal, la misma a la que le habíamos  dado las fiestas el año del Botellín.

Pero que lo dicho, que no me puede quedar mal rollo por estas minucias, sobre todo, teniendo en cuenta que nadie me obligó con una pistola a hacerlo. Como unos días después, en aquel mismo año, cuando se cae del cartel el paisano que tenía que hablar en nombre de los emigrantes y ¿quién lo sustituye?, pues el menda. Claro, que esta vez me sirvió de escarmiento, cuando después de dedicar unas emotivas palabras a quienes vivimos fuera del pueblo, pero siempre lo llevamos en el corazón y tal y tal, me encuentro con que mi padre había pasado un mal rato con unos energúmenos que no estaban de acuerdo con mi elección para el acto y habían decidido boicotearlo.

Y vosotros diréis, si tan superado está, ¿por qué sacarlo ahora? Precisamente por eso, porque el pozo, aparte de cegado, ha de quedar limpio y seco. Decir que no me arrepiento de nada de lo que, de buena fe y con todo el cariño del mundo, hice, me lo pidiera quien fuera y de la ideología que fuera, porque donde otros veían un partido u otro, yo solo veía –ingenuo de mí-  un nombre y un apellido, y no precisamente el mío, sino el de mi pueblo: Bélmez de la Moraleda.

Sé que alguien por ahí piensa que algo busco con todo esto, que algo ganaré. Os diré que sí, que lleva razón, pues nunca llegué a pensar que recibiría tanto cariño de mis paisanos como recibo últimamente, porque no todas las recompensas que ansía un hombre han de ser materiales y que, probablemente, los premios que más te reconforten hasta llegar a hacerte feliz, nada tengan que ver con lo terrenal, sino con lo espiritual. Pare empezar, de tanto valer igual pa un rato que pa un descosío, hemos terminado por aprender a hilar fino.


lunes, 11 de septiembre de 2017

Vientos revueltos



V
ienen días de vientos revueltos: por una parte, los meteorológicos, los provocados por los devastadores huracanes del demonio, aunque imputables a la ceguera y a la sinrazón humana, en un maltrato sistemático hacia este planeta único, que nos estamos merendando a pasos agigantados; por otra parte, los ideológicos, venidos –porque nos atañen a todos los españoles- desde la deriva independentista catalana, achacables al desencuentro, a la incomunicación y –seguro que también- a la ignorancia, o cuando menos, a la falta de verdad.

Y es que no hay mayor desazón que comprobar cómo a pesar del saber que proporciona la experiencia y la historia, el hombre ignora, o simplemente desoye, sus propios avances y conclusiones, para terminar metiendo la pata hasta el corvejón; de nada parecen valer todas las señales y advertencias que sobre el cambio climático, un día sí y otro también, los científicos lanzan al común de la humanidad; de nada parecen valer todas las enseñanzas y señales que la historia ha ido escribiendo y repitiendo –erre que erre- una y otra vez, para seguir tropezándonos en la misma piedra.

Aunque quizá, el origen de nuestra equivocación tenga diferentes connotaciones en unas ventoleras y en otras: que los huracanes Irma, José y todos sus hermanos, primos e hijos, sean más bien fruto de la dejadez y de la pereza humana que de la ignorancia en las consecuencias de ciertos actos, alimentado también por un grado de egoísmo superlativo, pues total, que los que vengan detrás se las compongan. Sin embargo, los vientos fríos y secos de la tramontana que rachean por toda España, son la desagradable consecuencia  de un cercenamiento sistemático y repetido en el tiempo -40 años- de la verdad del origen de lo catalán,  para sustituir la rigurosidad histórica por el cuento, la leyenda del dragón español al que ha de combatir el Sant Jordi nacionalista.

Por eso, llegados a este punto en el asunto catalán, ¿solo nos queda, como a los habitantes de la península de Florida, cerrar bien nuestras casas, tapar con maderas las ventanas y huir lejos del ojo del huracán…?
Yo creo que no, que tenemos que sentarnos a hablar y escuchar, tanto a los unos como a los otros. No es la mejor solución tomar la calle de en medio: ni romper con las reglas democráticas –españolas y catalanas- ni apelar por encima de todas las cosas a la coerción del Estado.

Escuchar voces de jiennenses que viven en Cataluña que se sienten independentistas, que no renuncian a su origen, pero que consideran que lo mejor para su futuro y el de su descendencia es la ruptura con España, a mí no me produce rabia ni asco, tampoco me lleva a la burla o al escarnio. Oír su convencida identidad con la república catalana, me lleva a la reflexión, a intentar ver dónde se produjo la fisura con lo español, para así tenerlo en cuenta para futuras aventuras de otros territorios. Por lo demás, creo que ya poco se puede hacer con quienes tienen tal certeza y convicción, que aunque se base en apreciaciones parciales e inciertas de la historia, se han convertido en una realidad profundamente arraigada. Eso sí, no sigamos cometiendo más errores y entendámonos por encima de todas las cosas, por encima de todo lo revueltos que vengan los vientos.  

(El documental "La fuerza del Sí" da voz a personas que han pasado de ser contrarios a la independencia a partidarios del sí).

De Despedidas y otros contratiempos