El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

viernes, 31 de agosto de 2018

De color tierra y abandono -artículo publicado en el Ideal Sierra Mágina de septiembre de 2018-


           Hace muchos años, casi treinta, yo andaba inmerso en la escritura de una novela corta que afortunadamente, por el bien de la literatura, decidí que permaneciera inédita. Alguien me dijo entonces que mi manera de escribir, donde la desolación y la añoranza lo impregnaban todo, le recordaba a Julio Llamazares. Acto seguido, y sin darme tiempo a que abriera la bocaza, puso en mis manos un ejemplar de La lluvia amarilla.

         Devoré aquellas páginas arrastrándome por la intriga de reconocerme en la manera de escribir de un autor consagrado, aunque después, admirado por el lirismo de su prosa, me sentí abochornado por una comparación que sigo considerando excesiva y más bien fruto del aprecio que siempre nos hemos profesado mi lector de entonces y yo. Pero por encima de todo, tras aquella lectura quedé conmocionado bajo la lluvia de hojarasca amarilla que inexorablemente terminaba enterrando el recuerdo de un pueblo ya derruido y al fin deshabitado del Pirineo aragonés.

         Indagué entonces sobre Julio Llamazares, descubriendo que no había sido fruto de la casualidad que escribiera sobre las fantasmagóricas ruinas de Anielle, pues él también había nacido en un lugar que ya no existía: Begamián, un pueblo de la comarca leonesa de Riaño sumergido desde 1967 bajo las aguas de un pantano. Sentí entonces un leve crujido en mi interior, como si me dieran un puñetazo seco y certero en la misma raíz de las cosas que verdaderamente importan, cuando por un instante pensé en cómo sería que ya no existiera el lugar donde nací; me resultaba complicado, casi indescriptible, pues –como diría Llamazares- “la palabra es muy limitada, y yo, más”.

         Todo esto de aquel entonces me vino a la cabeza tras una conversación mantenida con un joven  durante mi última visita a Mágina, donde mi interlocutor me hablaba de esta columna. Me decía que, sin contemplación alguna, arrimo a vuestros ojos una dispar, a veces contradictoria fe de vida, a través de los recuerdos de una Mágina que apenas ya se vislumbra en los perfiles de su paisaje, mucho menos en la memoria de su paisanaje. Me reprochaba que, detrás de tanta confesión de amor incondicional al terruño, de tanta añoranza y exaltación de lo vivido, no hubiera atisbo suficiente de crítica a la deteriorada situación actual de nuestra comarca, donde, salvo honrosas excepciones, nuestros pueblos se encaminan hacia una lenta y agónica desaparición bajo una lluvia de calima, una lluvia de color tierra y abandono,  por falta de salidas económicas, y sobre todo, de una adecuada incentivación pública.

         Esto me hizo pensar que quizás en algún momento debí perderme en el laberinto de las palabras, en el delirio de la belleza de estas per se. Que debí dejar que se difuminara la realidad de su significado en el colorido de sus construcciones rococós y amaneradas. Que olvidé su contundencia  y su fuerza sin vestiduras ni ambages; con el solo resonar de sus verdades certeras y hasta hirientes como arma arrojadiza.

         Y así fue como me dispuse a repasar lo publicado aquí, para comprobar que, ya la primera vez que se me invitó a estas páginas, mientras caía rendido ante la hermosura del entorno de Bélmez de la Moraleda -el pueblo que me vio nacer-, la fascinación atravesó mi entendimiento entre lo majoletos y cornetales que custodian las veredas y simas que rodean el río Gargantón, quedando camuflada entre el follaje la propuesta de mi artículo, donde abogaba por la reconducción del turismo esotérico –las Caras- hacia  el ecológico. O cuando recurrí al sentido de pertenencia que tenemos los de Sierra Mágina y del que tanto nos gusta alardear en las redes sociales, donde quizá me perdí en vericuetos lingüísticos que terminaron por malograr el impulso emocional, derrochando en ello el combustible que nos había de llevar al encuentro de los mecanismos que preserven esa cultura nuestra y su entramado de pueblos –las diferentes variaciones sobre Mágina- como una sola identidad con la que ser más fuertes ante las adversidades que se nos presenten. Porque tampoco, cuando apelé a la osadía que demostraron nuestros bisabuelos y nuestros abuelos para crear esta selva olivarera, quedó muy claro que no me estuviera dirigiendo a nosotros mismos  como agricultores y cooperativistas, instándonos a modernizar de una vez por todas nuestras almazaras. O tal vez tenga razón mi amigo aquel. Sí, el que dice que nunca me lee. Que el alarmante decrecimiento de nuestros pueblos se deba a supercherías, a pitos y flautas de afiladores, y no a la desidia en la que se ha instalado la práctica totalidad de la política rural, incapaz de entusiasmar y ofrecer un futuro esperanzador a la población joven, que por ello anda deseosa de pillar la puerta, porque no solo del amor por su tierra vive el hombre, ya que donde el individuo no se decide, siempre debe arrimar el hombro la res publica.  

         Nuestros pueblos tienen que seguir existiendo en un futuro lejano, y no solo en las palabras, siempre limitadas, de escritores y poetas. Tampoco en la limosna de la subvención europea, estatal o autonómica: pan para hoy y circo para mañana, que no sacian el hambre de futuro. No podemos permitirnos que la desidia de unos y de todos nos lleve al abandono de nuestras casas, que se pudran en silencio, en medio del olvido y los olivos, en las montañas de Sierra Mágina, bajo una lluvia de color tierra y abandono.

viernes, 17 de agosto de 2018

Ojos de niño -publicado en el programa de fiestas de Bélmez de la Moraleda, agosto 2018-


    Está decidido, de este año no pasa. Porque ¿no tenéis la sensación de estar aquí como de prestado? Sí, claro que sabéis a qué me refiero. Es como ese despertar que siempre es lo mismo, un mal sueño dentro de una pesadilla del que solo te reconforta levemente el que intuyas el argumento. Como en una peli de terror, que ya sabes lo que va a pasar. Pero ya no, yo me niego a terminar por acostumbrarme a este desenlace tan previsible. Por eso me he propuesto cambiarlo, porque no tiene que ser tan difícil. Y así puede que, rebuscando entre las inquietudes de mis noches, encuentre alguna luz que llevarme a la boca por la mañana.

    Es como esa premonición que nos invade cuando ya está amaneciendo el último día de las fiestas, esa impresión de que no te has enterado de nada; como si todo hubiera ocurrido pese a ti, como si no hubieras estado allí. Sin embargo, mientras miras cómo se van alejando las luces del ferial, ya sientes la nostalgia de lo que aún no acaba por irse del todo.

    Lo llevo pensando algún tiempo y definitivamente este año lo haré: arrancaré de mis ojos esta mirada miope y viciada, llena de prejuicios, de resentimientos y colocaré en su lugar dos ojos de niño como dos estrellas recién descubiertas, como dos luces cándidas y sin mácula alguna en el refulgir de su asombro. Entonces me veré portador de unos ojos glotones a los que nada se les escapa, ahí, casi a ras de suelo, a la altura de donde ocurre la vida de verdad, esa vida subterránea y secreta que va dejando escapar sus regalos, sus detalles, sin que los adultos nos percatemos de ello. Tendré esa mirada que sube para después bajar y volver a subir en una noria cambiante de sensaciones que me tiemblen en la boca del estómago, emocionado y a un tris de vomitar.

    No hay vuelta de hoja: para estas fiestas me pido estrenar la mirada azul, la mirada del inocente. Y no importa lo que ponga en la etiqueta con tal de que sea la de un niño o niña de entre unos 5 y 10 años aproximadamente, de este siglo, del pasado o hasta del más allá. Lo que cuenta es ese brillo donde titilan las luces de colores, mientras el pulso de la brisa de las últimas tardes de agosto oscila nervioso en banderines y guirnaldas.    
  
Ahora, que si me dan a elegir, ya no lo tengo tan claro. Porque está la mirada del niño al que le bailaban las pupilas al son de una diana floreada y que, avisado por el silbido de la pólvora, apretaba los ojos como si así lograra amortiguar el miedo al inminente estruendo del cohete. Ese niño que me recuerda a aquel otro que castigaron una víspera de fiestas de mil novecientos y poco, porque se fue hasta la estación de Cabra a esperar al cohetero. Ese niño avispado  y vigilante que nunca se fio de aquel trilero que mareaba garbanzos entre unos cubiletes. Ese niño sin una perra chica al que le bastaba con el bullir de los días de feria y un bolsillo rebosante de ingenio, para que de un momento a otro los ojos se le hicieran chiribitas y sin más le bailaran las abarcas.

    Pero está además esa otra mirada, la del niño que un buen día se marchó lejos del pueblo y que cada verano regresaba con la impaciencia rebosándole por los párpados. Aquel a quien la inquietud le invadía sus ojos grandes, enormes, exageradamente abiertos, que no querían perderse nada, porque sabía que después, hasta el próximo agosto, aún quedaba mucho invierno de por medio. Todo un año  a rebosar, contaminado de costumbres ajenas que digerir en un cuarto compartido, con las paredes desnudas donde colgar estos momentos únicos e irrepetibles, cuando la celebración hace tabla rasa y todos –hijos de emigrantes o de próceres del lugar- se igualan en la alegría; ese don humano que no entiende de posición social ni de porteros apostados en la puerta de una verbena vallada.

    Por supuesto, tampoco se me olvida la suya: la mirada del niño callado, tímido y oscuro, casi inadvertido, que observaba desde un rincón de la plaza el montaje del carrusel, de las cadenas o de la tómbola. El mismo que acudía cada tarde puntual al ensayo de los “Moros y Cristianos” y que soñaba algún día con decir aquello de “¡Ay de mí, perdí mi trono, y perdí mi libertad!”. El que año tras año, ingenuo, esperaba aquella “suelta de globos y de fantoches” que siempre se anunciaba y nunca sucedía.  Aquel que terminó colándose en la verbena cuando se armó el barullo porque Lolita suspendió su actuación, o que vio como  Mariano se marcaba un dueto con la joven Pantoja del “Garlochí”, uno de aquellos años de “misses” con vaqueros y moños improvisados. Porque definitivamente,  me los pido para estas fiestas: unos ojos de niño, unos ojos sin tara, sin prisa, a los que les queda tanto por ver, tanto por conocer...

viernes, 3 de agosto de 2018

18 de julio de 2018 -artículo aparecido en Ideal Sierra Mágina, agosto, 2018-


Tal día como hoy, en el 586 antes de Cristo, los babilonios de Nabucodonosor II cesan de sitiar Jerusalén, en el año 64 ya de nuestra era comienza el gran incendio de Roma, aquel que presuntamente provocó Nerón, mientras que en esa misma fecha de 1837, en una posada cercana a Olmedo es detenido el famoso bandolero Luis Candelas, y 25 años después, Filipinas se independiza de España con la inestimable ayuda de los Estados Unidos. Pero como diría Machado, el 18 de julio que aún hoy sigue helando el corazón del españolito de una o de la otra España, ocurrió en 1936, fecha en la que la sublevación de gran parte del ejército contra el gobierno legítimo de la república, dio comienzo a una guerra civil cruenta como la que más, fratricida como ninguna y absurda como todas.

Tal vez los capítulos principales de aquella guerra se escribieran en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Bilbao… pero todos los pie de página que a la postre han de ayudarnos a descifrar el eterno galimatías sociológico de España, fueron añadiéndose por anónimos o cuasi anónimos de uno y de otro bando,  en los lugares más recónditos de nuestra geografía. Esa intrahistoria – o historia dentro de la historia- que hemos oído a nuestros abuelos: como la del “cura bonito”, asesinado y después quemado en el camino de Jódar a Bedmar; o la de aquellos mitad maquis, mitad bandoleros que llamaban “los Chaparros”, y que se escondieron durante años en las innumerables cuevas de nuestra Sierra Mágina, temerosos de la posible venganza por lo ocurrido en Huelma durante los primeros días de la contienda; o la del cúmulo de circunstancias y casualidades que hubieron de confluir para que en Bélmez de la Moraleda no se derramara, a pesar de la intención de unos y gracias a la intermediación de otros, ni una sola gota de sangre, excepcional circunstancia que solo se dio en otro pueblo más de la provincia de Jaén.

La verdad es que esta efeméride hubiera pasado como la mayoría de las habidas desde la muerte de Franco: apenas recordada de una forma vaga e intrascendente al ver los dos dobles dígitos -18/07- en el calendario de la parte inferior derecha del portátil. Todo ello, si no perteneces a la generación de los milenial, circunstancia esta que te llevaría antes a recordar, que el 18 de julio de 2008 el presentador Jesús Vázquez fue el primer español nombrado embajador de buena voluntad de la ONU para los refugiados; en cambio, me jugaría contigo un mes de suscripción a Netflix, a que no sabrías decir cuál era el segundo apellido del dictador y mucho menos deletrearlo. Al final, la reciente intención del gobierno de exhumar los restos de “su excelencia”, ha inundado internet tanto de homenajes como de agravios, dejando una vez más al descubierto las viejas heridas de nuestros cuerpos, hinchados de ir a la muerte y al odio, que diría Silvio Rodríguez.

Andaba yo pues ahí, en la red, enfrascado en la refriega, en mitad de una parrafada intencionada como un proyectil, cuando un antiguo compañero de internado al que le ha caído toda la contundencia del misil de mi palabrería, me ha reprochado mi actitud, porque yo estudié –como él- “becado en una de esas obras que el dictador hizo”.

Efectivamente, yo, como la mayoría de estudiantes con media de sobresaliente en la antigua Educación General Básica de los 60 y 70 en la comarca de Mágina, me gané una beca para cursar el Bachillerato Unificado Polivalente y el Curso de Orientación Universitaria en una de aquellas antiguas Universidades Laborales. No era mi caso, pero para muchas de mis compañeras y compañeros de pupitre, esta era la única posibilidad de estudiar. Si a ello le añadimos la nula existencia de institutos en la comarca hasta bien entrados los ochenta, que a tu hijo le concedieran la beca de la Laboral, podía compararse a que te tocara la lotería o acertaras una de catorce. Poco importaba entonces quién promovía las ayudas o que el fundador de la obra, el falangista José Antonio Girón de Velasco, insinuara que aquellos edificios eran los castillos de la reconquista nueva, donde los hijos de obreros y agricultores sobre todo, se formaban para ser obreros y agricultores técnicamente mejores, “hombres de arriba abajo, capacitados para todas las batallas del espíritu, de la política, del arte, del mando y del poder”.

Cuando en septiembre de 1979 marchamos a estudiar a Córdoba, teníamos la impresión de que Franco había muerto hacía siglos. Aquel lugar, que nos recibía una quincena antes que a los veteranos, ya no se llamaba “Universidad Laboral”, sino Centro de Enseñanzas Integradas, nombre más acorde a unos tiempos nuevos y algo salvajes que acabábamos de estrenar  junto a nuestra gramínea pubertad y su continua polución nocturna. Allí tuve compañeros que fueron como hermanos de Huelma, Cabra, Torres, Cambil, Albanchez, Campillo de Arenas…algunos los he seguido viendo  y a no pocos el  viaje del azar me los cruza de cuando en cuando. Como también nos ha vuelto a cruzar este 18 de julio de 2018 a Franco y  las heridas de aquella guerra nuestra tan necesitadas de una cura que envuelva en su gasa este viejo dolor español.  

De Despedidas y otros contratiempos