El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

martes, 31 de enero de 2023

Los balcones de Mágina —artículo para Ideal Sierra Mágina, febrero de 2023—

   Recuerdo un dibujo hecho a ceras que presenté a uno de aquellos certámenes juveniles que solían convocarse con motivo de las fiestas de mi pueblo. A decir verdad, no eran muy diferentes los concursos de entonces a los que se celebran hoy, salvo por el número de participantes. La explosión demográfica del baby boom también incidía en mayor medida sobre las inquietudes pictóricas de los púberes e infantes de antaño, si tenemos en cuenta la reducción porcentual que la carestía poblacional que sufren nuestros pueblos en la actualidad ha ocasionado en la vocación artística de la juventud maginense.     

Creo que lo llamé «Desde mi balcón». En un primer término se veía mi cama y, al fondo del que pretendía ser mi cuarto, tras ese balcón que le daba título, había dibujado, recortándose contra el cielo de un prometedor día de verano, la silueta que fue de tantos y tantos amaneceres de mi infancia y de mi adolescencia, coronada por el pico más alto de la provincia de Jaén: el pico de Mágina. El skyline de un lugar que aún resiste en mí, entrelazando el espacio con el tiempo, el espíritu con la materia, y que no cambiaré jamás, ni por el de Nueva York, con o sin torres gemelas, ni por el de París, con su Torre Eiffel chisporroteando como un árbol navideño. Ni siquiera por el páramo castellano que cada noche me devuelve guiños luminosos como señal de nuestra mutua fidelidad (en el año que acaba de comenzar cumpliré treinta, viviendo un idilio con este poblacho manchego ubicado entre Segovia y Navalcarnero). Y es que mi barrio madrileño no es gris, al menos desde los ojos que yo lo miro. Probablemente, sí que sea uno de los más populosos de la ciudad, pero aún le quedan resquicios por los que se cuela el campo y, a veces, aparece un póster inmenso con cielos inmaculados donde la Sierra de Guadarrama permanece en una foto fija, expectante. Pero, aunque todos estos otros momentos estén repletos de sueños y de recuerdos maravillosos, no contienen las vivencias de mi sangre, las huellas de mi memoria.  




Si queremos darle una explicación racional a esta especie de ligazón precaria que nos procura lugares de resistencia (téngase siempre presente el paisaje tras aquel balcón que para siempre estará unido a mi existencia), ahí tenemos lo que Platón llamaba symploqué, un principio intermedio del espacio donde las cosas no están ni entrelazadas todas con todas ni ninguna con ninguna. Lo que hacemos es relacionar una serie de signos, de imágenes o de sensaciones que encontramos como los «buscadores» que somos, que diría Sergio Mayor, considerando «la posición, la altura, la forma de las montañas y sus trazos con la luz, la fisiognomía de los hombres, la forma de los cráneos, su temperamento moral revelado en sus canciones y sus relaciones sociales con los muertos». 


A lo largo de estos años de reflexión contemplativa a la sombra de «mi almecino» no he parado de toparme con esos «buscadores» militantes de la resistencia maginense, reivindicando su rincón estratégico, su atalaya particular donde plantar la bandera de nuestra diferencia, de nuestra autenticidad. De hecho, con más o menos protagonismo, muchos de ellos ya se han asomado por esta página, mientras otros lo irán haciendo probablemente en un futuro, al menos mientras Ideal me siga permitiendo cada mes traeros hasta aquí mis crónicas maginenses. 



Sin ir más lejos, ese dibujo de mi recuerdo, aquel balcón y su paisaje, me ha llevado en un momento hasta ese otro balcón que está en la cafetería que mi estimado Cristóbal Triguero regenta en Bedmar. Allí, en la terraza de su «Aroma de Mágina», ha sido donde este galduriense de nacimiento ha encontrado una symploqué que entrelace las formas del Aznaitín con su propia estampa, mientras la luz que refleja ese tótem milenario parece incidir de manera definitiva sobre ciertas musas; esas mismas que madrugan en los sencillos versos de este tabernero poeta que, junto a su Encarni del alma, cuida porque Mágina esté en todas sus tapas y en todos sus platos, formando parte de su carpe diem. 


Esa gastronomía es la misma que estos días ha logrado hacerse un hueco en el Canal Cocina, gracias al fotógrafo y montañero huelmense Ángel del Moral —otro combativo y militante «buscador» que tiene plantada su bandera de Mágina en el privilegiado mirador del refugio de Miramundos— a quien su incuestionable pasión por esta tierra le ha llevado a recopilar sus centenarias recetas en un precioso libro, rebosante de amor, de buen yantar y, por supuesto, de unas magníficas fotografías. 


Todos y cada uno de los balcones que conectan a Mágina con el mundo tienen la impronta de su particular «buscador» en la filigrana bordada de su bandera o en las iniciales forjadas en su enrejado. Y todos son pocos, no solo para otear horizontes lejanos, es decir, para ver, sino también para ser vistos y, de paso, para airear las insalubres cerrazones que el tiempo y el descuido acumuló en sus azoteas. Y todos son dignos de recibir y de agradecer reconocimiento. Incluso, la más humilde de las ventanas y, si se me apura, la más insignificante de las gateras.      



 

miércoles, 4 de enero de 2023

Un ángel de Mágina: artículo para Ideal Sierra Mágina —enero de 2023—

«En fin, que si pudiera partir la estatuilla, que es la cabeza de “el lobo de Huelma”, os daría un cachillo a cada uno». 
 De esta manera tan suya, con su deje tan de Huelma, tan de Mágina, nos hacía partícipes Cristina Vico Galiano del premio local 2022 en la categoría de Cultura que se le ha concedido en Huelma, su pueblo, donde ella ha venido a ser la excepción que la convierte en profeta de su tierra. 

 Probablemente no vaya a escribir nada que no conozcáis sobre Cristina: nuestra Cristina, la Cristina de la ADR que, con un hilo único y genuino de esta tierra, no desfallece en su intento por tejer un ganchillo de identidad y cultura maginenses. Por eso, tampoco voy a descubrir la pólvora si digo que, precisamente por su trabajo dentro de la Cultura en nuestra comarca, es merecedora de este premio y de catorce premios más: uno por cada uno de los pueblos que la conforman. 

Yo quisiera, sin embargo, hablaros de esa otra Cristina: la Cristina que aparece una vez que concluyen los actos. Cuando, apagados los focos y vencida la distancia de la oficialidad y el trabajo, todavía algo azorada tras lograr llevar a buen puerto un enésimo evento —como diría ella, de nuevo con su maravilloso acento huelmeño, «con la ayuda de to el mundo, porque yo sola no tengo to el trabajo»—, se deja conocer de cerca. 

Porque es entonces, en la confidencialidad, en la conversación informal, que descubrimos una Cris —que así la llamo yo, aunque, ahora que caigo, nunca le he preguntado si le gusta que lo haga— sin trampa ni cartón de por medio, que sigue siendo igual de sencilla y auténtica. Sencilla, porque —tanto la Cristina que todos vemos, como la Cris que yo he sondeado en privado— es llana y factible, por lo que tratar con ella no presenta complicaciones, debido a esa naturalidad, esa sinceridad, esa veraz franqueza suya. Y auténtica, porque realmente es la persona que parece ser y, hasta lo que de ella se dice, resulta fácil acreditar. De hecho, estoy seguro que, al leer estas líneas, se ruborizará de inmediato en una especie de mecanismo de autodefensa, de escudo en realidad inútil, pues que se te suban a la cara los colores es una de las pocas reacciones humanas imposibles de fingir.


Debajo de esa mujer menuda, detrás de sus ojos grandes y profundos —penetrantes, diría yo— alguien ha dicho que se esconde un ángel: un ángel de Sierra Mágina. Esto, para un agnóstico como yo, no debería significar gran cosa, aunque he de confesar que nuestro primer encuentro —ella sabe por qué lo digo, por lo que soltará una carcajada la leerlo aquí— tuvo cierto tinte de beatífica aparición. De hecho, dados los antecedentes en santones y «para- anormalidades» varias que salpican la intrahistoria de estos lares, no es de extrañar que la bonhomía —no confundir con buenismo— de Cristina haya terminado siendo investida por el populacho con un par de alas con las que, dicen, sobrevuela el panorama cultural de nuestra comarca. Claro que, de no ser así, ¿cómo podría llegar a tantos sitios y a tantos actos? 

Pero no nos dejemos llevar por ciertas leyendas serranas. Ella es real, de carne y hueso. Una mujer de su tiempo que se las ve y se las desea para conciliar la vida laboral con la familiar, que le preocupa no prestar la atención necesaria y suficiente a sus hijos. Era encomiable verla en aquel primer verano de pandemia, intentando hacerle más llevadero el encierro a estos, a sus sobrinos y, de paso, al resto de niños del vecindario que la podían ver cada tarde danzando en la terraza debajo de un disfraz de Minnie o de Bob Esponja. Una mujer de este tiempo que, como las de cualesquiera otros tiempos, agradece, más que la popularidad, el reconocimiento de su trabajo. Con toda seguridad sé que cambiaría todos los premios del mundo por hacer sentirse a su familia orgullosa de ella. Porque, ahora que estamos en petit comité —y sé que me va a matar por decir esto— alguna vez me ha confesado el respeto que le impone la figura de su padre, Francisco Vico Aguilar, Tito. No obstante, ser hija de alguien que ha estado en el primer plano de la política municipal durante treinta y dos años —veinte de ellos como alcalde de Huelma—, llegando a ser incluso miembro del Parlamento andaluz, debe hacer que a cada paso que des te sientas con plomo en los zapatos, debido a todas esas miradas que siempre van a estar puestas en ti.




 Por todo esto y por otras muchas cosas es por lo que Cristina Vico Galiano prefiere ser simplemente Cristina, nuestra Cristina; y de apellido, si acaso, «la de la ADR». Una trabajadora de la Cultura que, junto con las mujeres ganchilleras, las asociaciones de Moros y Cristianos, quienes se dedican a difundir lo nuestro en las redes sociales, incluidos unos pocos escritores que escriben sobre ello, lucha en mayor o menor medida, y logrando más o menos repercusión, por el futuro de esta tierra. Enhorabuena y gracias por ser de alguna manera un ángel que con su halo va iluminando por la Sierra Mágina caminos de Cultura.

De Despedidas y otros contratiempos