El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

lunes, 31 de agosto de 2020

Mis «magineras» de la Meseta. Artículo de Ideal Sierra Mágina/Septiembre de 2020

 Si sois lectores asiduos de «El Almecino», ya conocéis de sobra a mis «magineras» de la Meseta; estas dos escritoras que en agosto han hecho una minigira presentando sus últimos libros por algunos pueblos de Sierra Mágina. Me refiero a Soco Mármol Brís, con su última novela «Virgo fidelis», y a Gloria Nistal y su poemario «Nueve razones». 


De Soco Mármol poco puedo descubrir. La cuestión es qué nueva nos trae su libro, en el que, durante cinco generaciones de una familia con un intrincado árbol genealógico, se nos desvelan inconfesables secretos —como en toda familia que se precie—; un peso que se siente y que atenaza a los supervivientes desde esa galería de los retratos donde ha quedado la intangible pero palpable compañía de los muertos que no encuentran el descanso.   


Un libro viajero en el tiempo —a lo largo de dos siglos y lo que llevamos de este—; que, partiendo desde Mágina, pasa por Biarritz, Roma, Bogotá y Madrid, pero que siempre regresa a Mágina, y en particular, a un nimio pedazo de tierra donde apenas caben un chozo, una higuera, unas cuantas malas yerbas, y una oliva de cuatro pies, la Bien Plantá, constituida en narradora omnisciente —aunque siempre ayudada por otros personajes en lo del contar—.  


 ¡Ay, los personajes femeninos de Soco! Mujeres enzarzadas con su independencia e investidas de determinación y de arrestos, que se equivocan por sí mismas, y que sufren y padecen por lo errado y lo impuesto por la sociedad que les ha tocado vivir. De ahí su deambular en busca de una redención que habrán de darle los vivos, si es que consiguen darse alcance unos a otros a través de las distancias del tiempo que los separa.  


No hablaré de los hombres de esta novela, que los hay de todos los gustos y colores, para centrarme en algo que la autora quiere recalcar: el peso de ese hombre del pasado que ya no cabe en nuestros días, pero que se empeña en no morir de una puñetera vez, machacando y acomplejando al hombre bueno y sensible del futuro; frustrándolo y malográndolo. 


Mientras la leía, he tenido la sensación de que contenía toda la sabiduría del mundo; más aún si la cosa nos viene de una oliva: el árbol más viejo y más sabio del mundo. Como diría ella, la la Bien Plantá: esas son las ventajas de ser oliva, que se es sabia y conocedora de lo que acontece alrededor y más allá, mientras se echa hacia abajo tanto o más de lo que por encima te emerge.  


Destacar el dominio del lenguaje de esta gran escritora: capaz de hacerle hablar a una oliva con los giros y palabras del siglo XIX; a una sirvienta con todo el gracejo y el vocabulario de Mágina que Soco ha ido recopilando a lo largo del tiempo de una manera primorosa y, se podría decir, academicista en su «Expresionario de Mágina»; y por qué no, capaz de rematar su destreza sin desentonar en el decir de nuestra lengua allá por tierras colombianas. 




En esta labor, no sé si de frivolité o de filtiré que nos presenta en «Virgo fidelis», la intriga va creciendo a medida que la autora va sacando todos los hilos precisos antes de meterse en primores de aguja y dedal. Si por mí fuera, como lector, me quedaría para siempre escuchando lo que se cuentan los árboles, unos a otros, a la sombra de la Bien Plantá. Y es que en todas las familias cuecen habas.  


 Respecto a Gloria Nistal y su mundo literario: si Gloria no existiera habría que inventarla, porque es imprescindible la Gloria mujer, la Gloria solidaria, la Gloria viajera; en definitiva: la mirada de Gloria. Cómo ve el mundo, cómo ve a las personas, para luego comportarse en el mundo y con sus gentes con esa grandeza humana que ella, mujer, tiene. Nistal es, por encima y a pesar de todo lo malo que nos habita y nos desarma, esperanza, optimismo; incluso hasta para este niño triste que me habita a mí. La Nistal en su vida, en sus fotografías y en su poesía es esa borgiana observadora: profunda y filosófica, aunque siempre tamizada por su naturalidad, por su sencillez.  


Leyendo los poemas de sus «Nueve razones» yo no sé quién es la inmiscuida: si ella o la luna, pues a mí me ha parecido verla saliéndole al paso; ella, que está hecha de supervivencias, como todos, pero que las celebra abiertamente. ¿Y sus viajes?... ¿son acaso una huida porque enfadó a alguien en una de sus muchas vidas?... Como dice en uno de tus poemas:  


El universo no es un país para viejos,  

pero aquí habito,  

sorprendida de mi rotunda soledad  

y noqueada por la traición de las arrugas.   


Y yo añadiría, que esas arrugas no son más que la insistencia de su mirada atenta siempre a los otros; el gesto sincero, repetido y marcado a fuego en la expresión de sus ojos siempre sonriéndonos. 


Desde su exposición de fotografía en aquel lejano mes de enero de 2020 —que a vista de todo lo acontecido, parece que hubieran pasado siglos—, he tenido la suerte de conversar con Gloria casi a diario, para terminar por descubrir que esa magia suya como escritora y como fotógrafa, la hace una artista excepcional; tanto, como los consejos y enseñanzas que recibí de Soco, que creyó en mí, no ya como autor, sino como persona. A fin de cuentas, y como ella dice, fue Mágina la que nos eligió. 

 

domingo, 2 de agosto de 2020

Miedo racional versus terror infundado —artículo de Ideal Sierra Mágina, agosto 2020—

Hace un tiempo —concretamente, el 30 de septiembre de 2011—, cuando todavía las redes sociales nos parecían lugares mágicos donde reencontrarnos con quienes fuimos para así poder centrarnos en quienes somos, yo colgué esta vieja fotografía, tomada en Bélmez de la Moraleda un mediodía del mes de febrero de 1972. Después, hice acompañar mi publicación con el siguiente texto: «Los niños de las caras. Calle Rodríguez Acosta (entonces), calle Real (antes y después), Calle María Gómez Cámara (ahora)».  


Aún no era consciente de estar poniéndole el título a un libro —en estos días sale a la calle mi primera novela, «Los niños de las caras», editorial Sial Pigmalión—. Es más, no estaba entonces entre mis planes escribir un libro, pero sí que noté al instante de publicar aquella entrada con la foto, que acababa de tomar conciencia de una etapa de mi infancia, evitada durante años, como si pasando por alto todo lo vivido entonces, no fuera a quedar rastro alguno de lo ocurrido y de lo que había influido en mí —en todos— aquel terremoto.

 

Cuando tienes cinco años para seis —que es como lo decía de niño, como si así lograra adelantar mi cumpleaños— todo lo que ocurre a tu alrededor, hasta el intrascendente vuelo de una insignificante mosca, influye en tu estado de ánimo. Por eso sé que, por mucho que quienes éramos niños cuando aparecieron aquellas caras normalizáramos unos hechos tan extraordinarios, incluso tan aterradores, sus efectos secundarios nos han, en cierto modo, martirizado durante años. Y es que podía resultar complicado decidir a qué tener miedo en aquellas circunstancias: ¿a la cara de la «Pava» que nos miraba torcido desde detrás del cristal, o a los dimes y diretes que situaban a Eleuterio Sánchez, el Lute, escondido en cualquiera de las muchas y mágicas cuevas que hay en Sierra Mágina? 


Por esa capacidad de adaptación que tienen los niños, nosotros no teníamos miedo a esas extrañas figuras que se habían instalado en nuestro pueblo. Tal vez, no lo recuerdo con claridad, pero seguro que bastaron un par de días o tres para que las consideráramos parte de la familia. Sin embargo, ante el bulo extendido de la pretendida ubicuidad del preso más famoso de los años setenta en España, yo me meaba en la cama. 




Por muy inverosímil que resulte algo que ves, que tocas, que ocurre delante de tus narices, esa certeza, ese estar, ese no poder borrarlo que lo hace más o menos tangible, incluso medible disipa cualquier reacción irracional. Por el contrario, el disparate más absurdo salido de cualquier mente calenturienta te puede crear un miedo insuperable, un trauma incluso de por vida. Otro ejemplo: cuando de adolescente vi la película «Poltergeist», me divertía que el resto de la sala de cine se asombrara con aquellos ruidos y voces que venían de una dimensión desconocida —ah, sicofonías, me decía yo para mis adentros, mientras bostezaba—; sin embargo, he de confesar, que esa noche me costó conciliar el sueño por culpa de un payaso de trapo que creía tener bajo la cama y que me hizo regresar a mis miedos más profundos, como si de golpe volviera a tener casi seis años.  


Volviendo a la actualidad, a este extraño verano de 2020, y extrapolando mis reflexiones sobre los miedos: ¿acaso haber visto caer como moscas a nuestro alrededor tanta gente nos ha inmunizado contra esta terrible certeza pandémica?, ¿nos hemos vuelto tan infantiles que ya no nos afectan los brotes, los contagios, la muerte que acecha al destapar una mascarilla?, ¿tampoco quedarnos sin trabajo y sin posibles ayudas, sin la vida que conocimos antes de esta pesadilla que sustituyó a la vieja realidad nos hará sentir miedo, o incertidumbre siquiera?... 


Espero que no nos pase a todos como a este niño de las caras, que no tengamos que esperar a un ensayo, a un estudio, a una novela histórica que se publique dentro de cuarenta y muchos años para descifrar las claves de lo ocurrido y poder entonces tener permiso para morirnos en paz. Si durante el confinamiento nos hemos vuelto más reflexivos y nos hemos acostumbrado a manejar el músculo que teníamos ahí en la cabeza para discurrir; ese que estaba a punto de atrofiarse y caer por su propia levedad e inutilidad, ¿dónde está la tara?, ¿qué carajo no hemos entendido?, ¿somos imbéciles o qué?… 


Vuelvo a la fotografía, a cómo éramos hace casi cincuenta años, para comprobar lo mucho que hemos avanzado: aunque dejamos que Franco muriera en la cama tan ricamente, ya no existe aquel régimen que oprimía a los diferentes, por mucho que algunos se empeñen en reverdecer viejos laureles que se auto atribuyó una sociedad a todas luces inmoral, injusta e insana; porque hay avances que afortunadamente son irreversibles y no tienen vuelta atrás, desde el mismo momento que la luz devoró las tinieblas que los precedían.  




No dejemos pues, que ese miedo insuperable a lo desconocido, a lo que no sabes, a lo que no ves —ese terror que predican falsos profetas como una oda a la falacia, como una exaltación del bulo— nos termine acobardando y hundiendo como sociedad. Sí al miedo racional, sí a la precaución ante los peligros ciertos; no al terror nocturno infundado y conspiranoico que pretende regresarnos a la Edad Media.   

De Despedidas y otros contratiempos