El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

sábado, 18 de febrero de 2017

¡Viva el carnaval!



Comparsa de la Escuela de Adultos de Bélmez de la Moraleda: "Los cazafantasmas"





         Érase una vez un lugar antes de que existiera Canal Sur, érase un pueblecito tranquilo en la falda de la sierra donde aún no había llegado el UHF, ni siquiera las desconexiones regionales de TVE. Una tierra donde todo era sencillo o lo parecía, camuflado en el aire tímido de sus gentes; las parcas vestiduras incluso en las fiestas, la mesura en el saludo, con la justa emoción –ni tan alegre que pareciera artificioso, ni tan raso que le faltara resuello- y los andares decididos pero sin prisas, con la mirada más distraída que perdida por esos campos de Dios.



         Los habitantes de ahora poco o nada nos reconoceríamos en las costumbres de entonces, como aquellos carnavales con cuatro trapos cogidos del arcón de la azotea; el traje de novio de tu padre, el sombrero de tu abuelo o los zapatos de tacón de tu tía. Cualquier ropa más o menos vieja, una “cayá”, una gorra y cuatro trazos en la cara con un tizón de la chimenea o con los coloretes de tu madre, eran suficientes para camuflar la timidez entre la comitiva de la boda, que todas las tardes de carnestolendas, año tras año, recorría el pueblo al salir de la escuela.



         Era una celebración ingenua, sin apenas adultos, o esa era la apariencia. No iba mucho más allá de un poco de atrevimiento y un bastante de picardía escondidos en el anonimato del disfraz. La crítica social, la contracultura y el desahogo popular eran impensables en la dictadura franquista.



         Una madrugada, aquel señor de voz aflautada y temblorosa que todo lo prohibía, murió. Pero nada parecía haber cambiado entre las discretas gentes de la Moraleda. Seguían a su gesto templado, a su caminar tranquilo, a su atareo anodino. Andaban tan ensimismados con lo palpable y cotidiano, que de una mañana para otra se encontraron  las esquinas empapeladas con sonrisas de impostura, el silencio destrozado con estruendo de promesas y, por fin, la segunda cadena en los viejos televisores de válvulas.



         Todo continuaba siendo en blanco y negro, de momento, salvo la propaganda de los partidos políticos, que la había de todos los colores y gustos. Al mediodía, TVE hacía su desconexión regional y  las noticias ocurrían y venían de más cerca, del Telesur con moño de Begoña Achával  y bigote de Manolo Martínez Campos. Y de la mano de aquel centro regional de la avenida de la Palmera de Sevilla, una madrugada de febrero descubrimos que los carnavales no solo eran disfraces más o menos ingeniosos, sino que podían llenarse con protesta y denuncia, con crítica y desfogue, pero sobre todo con mucho cachondeo y acento gaditano a ritmo de pasodobles, tanguillos y cuplés. Aquellas retransmisiones se limitaban en un principio a la final del Falla, hasta que llegó la Radiotelevisión andaluza y Canal Sur poco a poco se quedó a vivir en Cádiz durante todo el mes de febrero.



         Mientras tanto, en nuestro querido pueblo, un animoso grupo llevaba ya unos años moviéndose por estas fechas en torno a la Escuela de Adultos. Allí, Ana Hervás –que este año será la pregonera del carnaval- era la cabeza visible de las ganas que todos demostraban por reinventar nuestro carnaval. Los desfiles se fueron superando en calidad e ingenio. La descolorida improvisación de ropas viejas fue dando paso a máscaras cada vez más elaboradas y lustrosas. Los disfraces corales se impusieron y los temas elegidos fueron complicando los atrezos.



         Por fin, ya entrados en los noventa, una buena dosis de osadía aderezada con bastante esfuerzo y cierto ingenio, hizo que la Escuela de Adultos se decidiera a dar un paso más y  se aventurase con su primera chirigota –o más bien comparsa-. Tenía presentación, pasodoble,  aunque sin música original y mucho popurrí. Su título, “Los toreros desafinaos”, y así se plantaron con el traje de faena en Bedmar y Huelma, consiguiendo en ambas plazas salir por la puerta grande, porque “para ser de Bélmez hay que ser torero, torero, torero”.



         Después vendrían “Los cazafantasmas” y el primer concurso de agrupaciones de Bélmez de la Moraleda, donde los más jóvenes llegaban pisando fuerte con “Las matanceras”, cuyo tipo, donde no faltaba ni el gato, resultó ser toda una declaración de intenciones carnavaleras, ajustándose siempre a la ortodoxia gaditana en las formas, pero sin dejar de introducir nunca un elemento diferenciador y reivindicativo belmoralense en los temas. Y para muestra un botón:



Cómo podría imaginarme

que una matanza podría durar

más de cincuenta días,

y sin poderme duchar,

con el pestazo a cebolla

y con las manos pringás.



         Ya se dejaba intuir en las letras de Ramón Díaz Sánchez, Antonio Díaz Rodríguez y demás miembros de la comparsa, su percepción carnavalesca de Bélmez de la Moraleda, donde los estratos sociales se disuelven y en su lugar se establece una convivencia entre los personajes que no sabe de prejuicios, por mucho que a algunos les moleste verse retratados ahí en la plaza, el lugar físico que lo alberga y es testigo de todo lo que pueda pasar en carnaval.



Chirigota de Bélmez: "El Parlamento"(año 2014)
Así lo desarrollaron año tras año. Con “Los hippyes” (1996) hubo numerosas incorporaciones, manteniéndose dicha formación hasta 1999. En el 97 “Este muerto está muy vivo”, con “Drag Queen sowh” (1998) fueron primer premio en Bélmez, Cabra, Bedmar y Jódar; segundo en Huelma. Tras la chirigota “Boda de guardia civil y gitana” del 99, se decidió renovar el grupo para intentar darse brío en el nuevo milenio con “Balet ruso”, incluso rayar la perfección con “Serranilla de Mágina” al año siguiente, donde de nuevo fueron primeros premios en todos los alrededores, menos en Huelma, que fueron segundos, como siempre. En el 2002 alcanzan en el pueblo vecino el mismo puesto; iban  de viejos de un geriátrico. En el 2003 presentan “Los zorros”, con un tipo de striper y deciden entonces parar unos años.

Chirigota de Bélmez: "Los escurcaorzas" (año 2015)

No volvieron a sacar chirigota hasta el año 2008, que fueron de separados que se habían quedado sin nada. Al año siguiente “Las majorettes” y nuevo parón para llegar a la época más modena con  “El Parlamento” (2014), “Los escurcaorzas” (2015) y terminar este año  la trilogía que han dado a llamar “Personajes belmoralenses” con la chirigota “No se me escapa na”, que seguramente no dejará a nadie indiferente.



En la historia reciente de Andalucía, los carnavales autóctonos de cada uno de los pueblos y ciudades de esta tierra, han terminado por ser canibalizados por la indudable brillantez del gaditano, gracias a la inestimable propaganda recibida de la televisión pública autonómica.



En el caso concreto de Bélmez –como en otros muchos pueblos pequeños- el carnaval había desaparecido casi por completo, por las cortapisas y pocas simpatías que la oficialidad franquista sentía por esta fiesta popular. De ahí la inevitable absorción de las maneras gaditanas. Por eso me parece meritorio y es de agradecer, que exista ese celo por mantener la autenticidad de lo nuestro, reivindicando con ello la más popular de las culturas.



Vaya pues mi homenaje a la Escuela de Adultos y a toda la gente que pasó por ella  plantando la semilla carnavalera, sobre todo a Ana -¡enhorabuena, pregonera!-. Mi reconocimiento a la chirigota por excelencia de Bélmez, donde Ramón, Petete, Pitufo, Pedro Mañas, Juampe, Tuno, Laparato, Kiki, Talento, Wedy, Blasete, Francisco López el Muerto, Morillas, Luismi, Tomás y tantos otros, son  como nuestros Selus, Yuyus o Carapapas. Y por último mi bienvenida a los nuevos, aunque vengan del espacio exterior, con la esperanza de que esto crezca, se reproduzca, pero nunca muera. ¡Viva el carnaval!         
         

domingo, 12 de febrero de 2017

Hay quien dice de Jaén



            La identidad colectiva –nacional- es para Ricoeur una mezcla de memoria, olvido e invención. A su formación contribuye, sobre todo, lo que nos enseñan en la escuela, lo que nos dicen los libros, y especialmente, lo que nos presentan los documentales en la televisión, que nunca va a ser inocente, objetiva ni neutral. Así, esta nos proyectará una imagen selectiva del pasado para poder cumplir con su utilidad política de reproducción de unos conocimientos obligatorios para todos los miembros de la comunidad.

            Desde su nacimiento, la Radiotelevisión andaluza ha ido forjando en el imaginario colectivo una idea de Andalucía en consonancia con el pensamiento de Blas Infante, desglosado en su obra más famosa, “Ideal andaluz”, donde defendía la compatibilidad de la identidad andaluza y española, hablando de Andalucía como una “esencia de España” y del andalucismo como un “nacionalismo antinacionalista”.

            Esta es la  única versión y visión de la historia andaluza y española que habéis conocido los nacidos a partir  de la década de los noventa del pasado siglo, salvo que vuestros profesores de ¿historia? –asignatura extinguida o reducida a la mínima expresión- hayan despertado en vosotros la capacidad para cuestionar y poner todo conocimiento bajo la cuarentena de vuestro sentido crítico.

           
Blas Infante, considerado padre de la patria andaluza
Porque ¿de verdad que los andaluces fuimos los primeros en tantas cosas?, ¿ciertamente hemos sido tan tolerantes y receptivos a todas las culturas a lo largo de la historia? Y si la idea misma de España está en Andalucía ¿qué pasa con lo que cuentan los libros de la comunidad castellano-leonesa, o los de la castellano-manchega o la asturiana?

            Creo que las personas, desde nuestra “mismidad”, desde nuestro yo, debemos mirar con relatividad la pertenencia al “nosotros”, y no como un rechazo al orgullo de sentirse identificados con una tierra, sino como palanca que nos lleve a trascender desde ese “nosotros” a un “todos”, pues esa vocación de universalidad está en el crisol de culturas que representa Andalucía a lo largo de la historia, y algo de ello también se desprende del pensamiento de Blas Infante.

Hay una vieja farruca por tientos que hizo Miguel Galindo para Luisa Linares, que seguro que alguna vez habéis cantado los más mayores:

Hay quien dice de Jaén
que no es su tierra andaluza
yo quisiera que esa gente
me viniera a decir
a qué región pertenece.
Algunos responderían
que es de Castilla la Nueva
y yo no he visto en mi vía
a un castellano que diga
menos “eses” en un día.

¿Quién de los más mayores no la ha tarareado dándole un aire entre solemne y divertido,  quién no ha enarbolado su letra para callar las bocas de quienes ponían en duda la “andalucidad” de Jaén?

La realidad es que hay tantas Andalucías como pueblos que la componen en su enormidad y diversidad, como también puede haber tantas ideas de Andalucía como andaluces somos, aunque eso ya va a depender de cada uno de nosotros.

           




                 

viernes, 3 de febrero de 2017

Los desarraigados



Emigrantes a la espera del tren en la Estación de ferrocarril de Jaén

El techo histórico de nuestra población se situó en las 2588 almas durante el año 1950. Un récord que probablemente nunca se llegue a superar, si tenemos en cuenta la paulatina desaceleración demográfica de la actualidad, sufrida incluso de forma más lacerante en núcleos rurales. Además, de cambiar la tendencia, las reducidas dimensiones del término municipal de Bélmez terminarían por imposibilitar un hipotético crecimiento más allá de los 3000 habitantes.

                 

Fue precisamente aquel año de 1950 el que marcó el inicio de la fiebre migratoria en Bélmez de la Moraleda. Dicho éxodo mantuvo su tendencia ascendente durante veinte años, hasta el punto de quedar despoblados la mayoría de los anejos del municipio –El Horno el Vidrio, Las Ramblas, Neblín, Los Alijares, El Alhorín-, mientras que los restantes –Belmez y Aulabar- subsistieron el paso de los años con un reducidísimo contingente de moradores. Lejanas quedaban ya las cifras de 1940, cuando en Belmez vivían 209 personas, en Aulabar 110, 54 en Las Ramblas, 29 en Los Alijares y 16 en El Alhorín y en El Horno el Vidrio.      



        Gran parte de aquellos emigrantes, sobre todo los que se marcharon durante los primeros años, pusieron rumbo al Levante. La ciudad preferida por nuestros paisanos fue la alicantina Alcoy, que durante la década de los 50 experimentó un gran crecimiento urbano, con la consiguiente construcción de casas para quienes llegaban desde otras zonas de la Comunidad Valenciana, Albacete, y sobre todo, desde Andalucía. Así, en el barrio del Batoy proliferaron las edificaciones subvencionadas por el Sindicato de Vivienda o por el propio Ayuntamiento, que se asignaron a familias de trabajadores.  En un primer sector situado en la zona alta del barrio se crearon cinco grupos de construcciones.



en
Construcción de 80 casas en el Barrio del Batoy de Alcoy, año 1954
La mayoría de quienes dejaron nuestro pueblo se asentaron en la parte baja del Batoy, en el lugar conocido como San José Obrero o Barrio de los domingos, donde no con poco esfuerzo, fueron invirtiendo sus ahorros en  pequeñas y modestas parcelas, donde ir construyendo su propio hogar durante los días festivos; de ahí la denominación “de los domingos”.



El psiquiatra Josep Solanes, nacido en Barcelona y exiliado tras la guerra civil, primero en Francia y más tarde en Venezuela, donde falleció, habla en su ensayo En tierra ajena de la vida y de los sentimientos de los exiliados, desterrados, desplazados, apátridas; todos migrantes en definitiva. Lo hace mirando desde dentro, desde el ahondamiento en su propia experiencia, resultando así su testimonio, poético y tierno, pero sobre todo revelador.



Reflexionando sobre las palabras de Solanes, no es difícil  imaginar entonces las sensaciones primeras de aquellos  emigrantes recién desplazados de Bélmez hasta Alcoy, Barcelona, Madrid… Los primeros días de oscuridad, de extrañeza, de borrosidad de las distancias, de la desorientación  por falta de referencias y de los tratamientos para la enfermedad de la nostalgia, de la esperanza última a la cual agarrarse, del desgarramiento del desarraigo…


Ese primer momento en el que tendrían la normal querencia a hermanarse, hasta llegar a  constituirse incluso en verdaderos guetos. Pero probablemente también surgirían desavenencias con quienes te recuerdan quién eres, de dónde vienes, y con ello lo que has perdido, el dolor de lo dejado atrás, en aquel pueblecito casi desconocido entonces de la provincia de Jaén. O en otro orden, también estarían quienes optan por el alejamiento, sobre todo, quienes tienen la suerte de alcanzar puestos de poder en la tierra de acogida y no desean que nada ni nadie les recuerde su primitiva condición de parias.



Calles de Bélmez en obras, finales de los 50, principios de los 60
Mientras tienes la añoranza de tu tierra y la íntima convicción del regreso, todo se vive con provisionalidad, por lo que lo desagradable y lo enojoso discurren sin dejar huella. Por ello, los desarraigados pueden atravesar situaciones deprimentes sin sentirse desmoralizados; aceptar trabajos humillantes y mal pagados, que en su pueblo probablemente habrían rechazado ofendidos, pero que ahora les queda ajeno y no le dan importancia, hasta que la adaptación no se haga efectiva.  

Sin embargo otros, los menos, se encaminan en las mismas circunstancias hacia otra dirección; la del abandono del deber, de la honradez, entregándose a veces a la rapiña y a la violencia en la convicción de que nada puede ocurrir a quien nadie es en aquella tierra.


Pero con el tiempo, ya despojado de una tierra propia, de la posesión de ese lugar particular en un rincón de la Sierra Mágina, el desterrado experimenta la liberadora sensación de ser parte de algo mayor, de ser parte del mundo, del universo. Entonces se apodera del planeta para ser unas veces huraño y nostálgico de aquella vida dejada en Bélmez a mitad del siglo pasado; para ser otras risueño y osado por lo logrado y vivido en la tierra adoptiva.


Y paradojas de la vida, quienes al final encuentren el camino de regreso, quienes se crean afortunados por volver a Bélmez, experimentarán  contrariados la sensación de estar en un lugar que también les resulta extraño y desconocido, porque no solo ellos han cambiado; también aquel pueblo que dejaron y tanto añoran ya no está, solo existe en lo más profundo de su memoria, junto a los recuerdos de su infancia y su primera juventud. 

Nunca hemos de tener miedo a embarcarnos en este viaje sin duda intenso e inspirador, en el que afortunadamente suele haber un puerto de llegada, una tierra de acogida. Deberíamos sentirnos unos privilegiados, en contraposición con lo que les ocurre a quienes en estos días emprenden su viaje hacia Europa desde tierras muy lejanas y no son recibidos en ningún lugar,  no encuentran su destino y son devueltos a la miseria, y en muchos casos, a la violencia de la que huyeron.

       
Fernando Pessoa en Chicago, año 1928
    
Termino mi reflexión con una dedicatoria para todos los exiliados y migrados de Bélmez de la Moraleda y del mundo entero, que cojo prestada de las palabras, siempre evocadoras de Fernando Pessoa, quien también era  un desarraigado de cuerpo, pero sobre todo del alma:

 

“¡El tiempo! ¡El pasado! Algo allí, una voz, un canto, un perfume ocasional levanta en mi alma el telón de los recuerdos… ¡Aquello que he sido y nunca más volveré a ser! ¡Aquello que he tenido y no volveré a tener! ¡Los muertos! Los muertos que me amaron en mi infancia. Cuando los evoco, toda el alma se me enfría y me siento desterrado de los corazones, solo en la noche de mí mismo, llorando como un mendigo el silencio cerrado de todas las puertas.”

De Despedidas y otros contratiempos