Le digo a Félix que no voy a pasar por mi casa, que vayamos directos
al punto de encuentro. Sé que soy un cobarde, pero seguro que mi madre lo
estropearía todo; me mandaría a hacer los deberes, o me obligaría a
merendar una rebanada de pan con aceite y azúcar, o no me dejaría irme
con los mayores por esos campos. Sobre todo, con el Rufo; con la fama que
tiene…pero lo de Félix sí que tiene mérito: es un desertor; se ha
cambiado de bando y no se esconde. Todos los días, en el recreo, tiene que aguantar los empujones de los del Barrio, que son por méritos propios
los más bestias del pueblo; bastante por encima de los del Carril, y si
me apuras, incluso a buena distancia de los de la Era, que el año pasado
nos robaron a los de la Plaza la mitad de los zarzales y haces en la mismísima noche de las Lumbres.
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| Callejón de Andrés Pardo (popularmente conocido como del Hormiga) |
Con la desbandada de las cinco de la tarde, hemos llegado, casi sin
quererlo, al campamento del callejón del Hormiga. Mi hermano y mi primo
Luis, que aún no tienen los años para ir a la escuela, guardan desde el
mediodía, horca en mano y cara de perro perfectamente ensayada, el
corral improvisado donde tenemos la leña. La misma que, tarde tras tarde, al salir
de la escuela, recoge del campo la patrulla del Rufo. Apenas nos ven
aparecer por la boca de entrada, corren hacia nosotros, arrastrando las
horcas por el empedrado; atropellándose con sus balbuceos que, al salir disparados de una a otra pared, se trenzan entre sí, en la estrechez del callejón, casi ininteligibles.
Félix posa sus manos sobre los hombros de los dos diablillos, que han
enmudecido de asombro, mientras exploran curiosos la raya divertida de
sus ojos.
—¡A ver!…mejor de uno en uno.
Entonces, mi hermano aprovecha para hablar primero, ya que Luís no puede evitar jadear por la emoción, o simplemente, no alcanza a detenerla.
—¡Vinieron los de la Era a robar los zarzales!...¡el Turco, los Rana y
dos más!…¡pero gritamos, llamamos a Pepe el Rufo, que estaba echando la
siesta...y por la ventana, de una voz, los espantó!...¡qué miedo hemos
tenío!
—¡Qué
miedo de verdad, primo!—, resuella por fin Luís, mientras, con un baile nervioso de cabeza, confirma el
relato de mi hermanillo -arriba,
abajo…arriba, abajo...arriba, abajo-.
Al fondo, de entre la pila de leña, salen como un escupitajo cinco
siluetas que aún no alcanzo a adivinar, pues al mirar, el trasluz de este sol bajo
de enero, me ha cegado por un momento. Sólo distingo una figura
desgarbada que destaca sobre las demás una cabeza y media, como si fuera un gigante cabezudo de las fiestas de agosto. Es Pepe, el Rufo; el jefe.
Debe tener unos quince años, porque ya no va a la escuela, por lo menos, desde hace
uno. Según se van acercando, voy reconociendo a los otros;
son Juan y Antonio -los inseparables hermanos Golondrinos-, el bueno de
Ramón el del Aparcero y Manolo Mazorca.
—¡Muy bien chiquitines!, ¡qué huevos le echáis!... ¡Jose, a ver si aprendes de tu
Pedrillo, ahora que vienes a buscar zarzales con nosotros!—, me suelta un Rufo risueño, mientras, con una sola mano, abraza a mi
hermano y lo encarama a sus hombros, sin que se le cambie ni una pizca el gesto de la cara; todavía
sonriendo, sin llegar a notar el esfuerzo en su brazo largo y fino, con ese nudo
que lo parte en dos, como una rama de higuera.
Da las últimas consignas a los pequeños vigías que, horca en mano, asienten con admiración, mientras estiran sus cuellos hasta donde les da, para poder mirar la cara del gigantón. Félix y yo dejamos nuestras
carteras bajo su custodia y nos unimos a la tropa. Salimos del pueblo, pertrechados de sogas, ganchos y horquillas de olivo. Algunas están
pulidas y tostadas; rematadas en la hoguera con paciencia y con oficio,
quizás por el padre del Rufo o del Golondrino. Dejamos las últimas casas
por el camino del Zurreón, silenciosos y sin romper la fila. Primero, Pepe, con su larga horca de jefe; tras él, Juan, con una soga en ristre; y su
hermano Antonio, con un doble gancho atado a un ramal de esparto que, por
su color verde intenso, parece nuevo. Después va Ramón, con otro gancho,
pero éste es simple, y el cordel es de plástico; que se lo ha cogido a su
madre del tendedero. Los últimos, Mazorca y nosotros dos; los tres
armados con horcas sencillas. La de Félix y la mía, con la corteza sin
pelar. Los dos nos miramos -nos sentimos cómplices-, y sin mediar palabra, alzamos nuestras armas, como señal no acordada de que aquí comienza
nuestra misión secreta.
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| Panorámica desde el camino del Llano, a la altura del Zurreón |
Avanzamos por el camino del Llano, entre perfectas hileras de olivos
interrumpidas, de vez en cuando, por sembrados dormidos de alfalfa, que
esperan la llegada de la primavera para volver a brotar. A menudo,
camuflados entre los olivos, se pueden ver restos desdibujados de
caballones, que delatan pequeños huertos veraniegos. Incluso, en algunos, permanece un improvisado espantapájaros, señalando el centro de su lugar exacto. Casi siempre está hecho con un viejo y raído sombrero de
paja, coronando dos cañas cruzadas y vestidas con un saco de rafia de un
blanco irreconocible, pues las aceitunas que alguna vez reposaron en su
interior, mancharon de morado sus paredes .
Conforme nos alejamos, mientras el pueblo empequeñece y sus voces y sus
ruidos se vuelven lejanos, ya no reconozco el camino debajo de mis
botas Gorila.
—¡Vamos patrulla, que todavía nos queda un rato!
Nos arenga el Rufo desde una gran piedra blanca y pulida que, entre los olivares, hace
las veces de mojón. La tarde apaga su color a cada
trecho. Miro hacia atrás para ver exprimirse los últimos rayos de sol
contra el lomo romo de Cerro Gordo. Los ojos de Félix, ahora son grises,
pero cuando lo buscas, ahí detrás, su boca se vuelve una rodaja grande de
sandía, que va contagiando alegría por toda la fila.
—¡Pepe, es ahí abajo!
Y dejando la soga en el suelo, el Golondrino grande señala con su
dedo un punto, que no encuentro en la umbría del barranco que se
abre a nuestros pies.
—¿Dónde?...no lo veo.
Pregunta el Rufo, con una voz reservada que parece salirle de las
mismas entrañas. Juan apunta de nuevo, y dispara su dedo varias veces
sobre un punto perdido en la otra orilla, donde, al cabo de un instante, aparece, clara, la silueta de un zarzal alargado y oscuro, de grandes
proporciones; una zarza imponente, arrancada y tal vez abandonada a
conciencia, muy cerca de un viejo y humilde
cortijo, a la vera del arroyo.
Cruzamos con tiento por un paso de piedras que, algo más abajo, nos señala Pepe el
Rufo. Él se queda el último, vigilando que no caigamos
al agua, sobre todo, los más novatos. Yo me resbalo en la última piedra,
pero recupero de inmediato el equilibrio; de un salto, con los dos pies
a la vez, alcanzo la otra orilla de puro milagro.
—Tenemos que planchar bien el zarzal...pa poder manejarlo mejor. Sobre to, porque hay que cruzar el barranco sin que se nos moje.
Y a la voz de Pepe, todos los que llevamos horcas -Manolo, Félix, yo, y
él mismo-, apaleamos sin piedad la maraña espinosa, hasta dejarla domada y
pequeña.
Ahora queda lo más complicado. Al subir a una loma, tras un recodo que el agua dibuja antes de caer por una pequeña cascada, Ramón el Aparcero ha encontrado el que parece ser el lugar más estrecho por donde
cruzar. Junto con los Golondrinos, poniendo mucho cuidado para no pincharse, entre los tres, apañan el ato con cierto manejo. Una vez que Juan se asegura de que no
se desate la soga, Antonio y Ramón apuntan sus gachos al centro de la
carga, para terminar lanzándolos cada uno a un lado. El resto de la patrulla empujamos nuestras horcas contra la parte trasera del zarzal.
—¡Nos vamos!...¡a la de tres!
Y tras la cuenta atrás del Rufo, comenzamos a subir por la loma, con
un aire tal vez de anticipada celebración; con un entusiasmo que a mí se
me antoja perfecto, para una tropa aguerrida y valiente.
Llegamos arriba empujando con firmeza; apretando las horquillas lo
justo, para no dejarnos ni una rama enganchada entre las piedras o en la
hierba; intentando acertar en la variación que, al tirar de los ganchos, van marcando los Golondrinos
y el Aparcero. Por eso, a la bajada, nos dejamos
llevar por ellos, sin forzar durante un par de minutos, hasta que
estamos a la altura del paso y Pepe manda detenernos.
—Ahora
yo cruzo delante, con Juan...los dos con las horcas... Atrás, Antonio y Ramón, con las otras dos... Subimos el zarzal en peso... Y los demás, a tirar a toa hostia de los ganchos desde la otra orilla... Lo hacemos con cabeza...que
no se moje.
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| Plaza de la Constitución o Plaza de la Iglesia |
Tras unos momentos de dudas, vaivenes y algún que otro pie metido en
el agua, logramos pasar sin mojar el zarzal. Yo estoy otra vez ahí arriba, en
el caballo de las patas fuertes, que ahora se han vuelto oscuras. Y
relincho y doy saltos, como el último domingo, a la salida de misa, vi hacerlo al loco del
pueblo -«estoy majareta, no estoy majareta…estoy
majareta, no estoy majareta…»-. Pienso, que sólo me falta la chaqueta
remendada y raída, y los pantalones de pana gorda desgastada, para ser
como Miguelillo el Tormenta; y que me anden buscando los loqueros por
todo el pueblo, para plantarme una camisa con correas; y que me lleven a Jaén y que me encierren en Los Prados.
Seguimos subiendo, mientras buscamos el trayecto más corto por donde alcanzar
el camino del Llano. Casi lo hemos conseguido sin deshacer el haz y sin
perder ni una pizca; yo diría que ni siquiera una espina. De repente, desde arriba, alguien nos grita con voz enfadada.
—¡Eh, los de la Plaza!...¡ya podéis soltar ese zarzal, que es nuestro!...¡nosotros lo habíamos visto antes!
Y sin que nos de tiempo a mirar quién nos habla, una turba armada con
horcas metálicas y palos acabados en punta a modo de lanzas, nos rodea:
son los del Barrio. Los cuento por encima: son unos veinte, y de todas las
edades; desde los cinco hasta los quince o dieciséis años. Me recuerdan a
las tribus que salen en las viejas películas de Tarzán -uff, uff, uff,
uff…-. No paran de aullar ni agitarse, como si les picara la sarna. A la vez , golpean las horcas y los palos contra el suelo.
De pronto, el que parece ser el cabecilla, levanta al cielo la mano y, alzando su voz con fuerza por encima del tumulto, consigue enmudecer a
su banda. Se hace un silencio grande y yo vuelvo a sentir el caballo
corriendo por mis sienes; espoleado y desbocado sin que yo lo pueda
remediar.
—¡Venga, «quitarle» vuestra soga, que este se viene pal Barrio!
Paco, el Gallo, es tan alto como el Rufo; puede que un par de dedos
más. Y de la misma edad: unos meses arriba, unos meses abajo; fueron
juntos a la escuela. Cuentan que hacían buenas migas, ahí en su esquina,
preparando trastadas desde el último pupitre del aula.
—¡Y una mierda que te comas, Gallo! Ya puedes marcharte por donde has venío.
El Rufo lo dice con una sonrisa torcida en su boca; mitad desaire,
mitad chulería. El Gallo, en cambio, desde su ceja partida, tiene el
gesto arrugado y feo, mientras lanza facas con es mirada suya de mala
jindama que da escalofríos.
De repente, se lanza a por Pepe gritando como un energúmeno. Los dos
caen enredados loma abajo, hasta el mismo borde del agua. El resto
bajamos detrás, jaleando cada bando a su jefe, mientras damos vueltas en círculo,
sin tropezarnos los unos con los otros; como si de un rito tribal se
tratase. Apenas distingo quién está ahora arriba o quién anda debajo. La
noche se ha hecho de pronto, o así nos parece. También el frío ha caído
como una inesperada palada sobre los campo; como un dolor agudo y
molesto, que hace que nos frotemos puño contra puño, a la vez que nos damos
palmadas en las orejas y no paramos de sobarnos la nariz . Todos, menos el Rufo y el Gallo, que continúan alelados en su baile de patadas y puños, hasta
que uno de los dos ha caído en el agua…
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| San Antón, año 1999 - Lumbre del Parque del Nacimiento- |
Al llegar al pueblo, ya es noche cerrada. Cuando sólo nos queda subir las escaleras del matadero, el Rufo nos manda parar.
—De aquí hasta la plaza, lo hacemos corriendo y armando jaleo, pa que to el mundo sepa quién está llegando.
Y con la manga se limpia la sangre del pómulo, mientras se le hace en el gesto esa mueca torcida, de pánfilo y chulo a la vez. Atrás, los del Barrio se han ido perdiendo en la oscuridad de los huertos. El último, el Gallo. Lleva parte de su ropa en la mano, y aún tirita, no sé si de frío o vergüenza. Y cuando ya no puede verlo nadie de los suyos, saca la mano de debajo del chaquetón del Rufo y la levanta, tímidamente, entre hundido y agradecido.
Llevamos el botín hasta el Callejón, sin poder reprimir la algarabía, todavía endemoniados por la gesta de Pepe el Rufo. Mi hermano y mi primo escuchan, entre impresionados e incrédulos, el relato confuso de los hechos, por boca de un coro desordenado y eufórico.
—Ya es hora de irnos a la casa y que haga los deberes— le digo a mi Pedro, mientras Félix y yo recogemos nuestras carteras.
Subo la cuesta de las Caras, mirando un punto fijo en el suelo. Trato de ordenar mis emociones, mientras apoyo mi mano en el hombro del Pedrillo. Antes de llegar arriba y doblar la esquina, miro hacia atrás.
—¡Eh, Félix!.
—Dime Jose.
—Hasta mañana, compañero— y nos dibuja, una vez más, su cara: con dos rayas finas debajo del flequillo y una media sandía en la boca.
—Hasta mañana.
El nuevo día se ha hecho paso entre sueños con caballos y lanzas. Tengo los ojos llenos de legañas y el estómago con punzadas de espinas. Hoy es víspera de San Antón y esta noche son las Lumbres. Ahora, sólo queda que corra esta noria que inquieta mis tripas y nos traiga deprisa su rueda de fuego y de fiesta.
Me marcho a la escuela con el sentimiento de los días de estreno. Repaso la cartera -lápiz, goma, sacapuntas…el libro de Matemáticas, el de Sociales, las Naturales…el bloc de anillas con los deberes hechos, las dos empanadillas de chocolate envueltas en papel por separado…-, y me echo a correr calle abajo, con las manos en cruz, arrojándome contra el viento.
Entro en el aula, y compruebo que aún es temprano. Sólo estamos, María Rivera y yo. Desde mi pupitre, hago el amago de saludar con la mano, pero me sale un medio bufido y un gesto convulso de cabeza; ella se ha sonrojado.
Son las nueve y cinco, cuando entra el maestro y, todos a una, nos ponemos de pie. Félix aún no ha llegado.
—¡Buenos día don Mariano!
—¡Buenos días a todos!
Acto seguido, se persigna y comenzamos a rezar lo de todos los días: un Padre Nuestro y un Ave María.
—¿Por dónde lo dejamos ayer en Sociales?
—Por la página treinta y siete, don Mariano—, responde María Rivera, levantando su mano como si la manejara con un muelle. En esto, llaman a la puerta con dos toques leves y apagados; como si quien lo hace, no quisiera que se oyeran.
—¿Se puede?…con su permiso don Mariano.
—Adelante Félix. Llegas tarde…la próxima vez te mando al director.
Félix avanza con la cabeza gacha y la mirada fija en un punto vago que, yo busco, pero no lo encuentro. Cuando llega la hora del recreo, los dos nos quedamos dentro. Abro mi cartera y, como todos los días, saco las dos empanadillas: una para mí y otra para Félix.
—Gracias Jose.
Coge su merienda y comienza a desliarla con cierta torpeza; como si estuviera amarrado a la silla por los antebrazos.
—¿Qué te pasa?—. Le hablo poniendo mi mano en su hombro, pero, con un gesto de dolor, se levanta de inmediato y me enseña su espalda magullada.
—Anoche, subiendo pa el Barrio, me estaban esperando en lo oscuro.
—¿Quiénes eran?.
—Qué más da…eran muchos y me tenían gana.
—Se lo decimos al maestro.
—Ni se te ocurra. Esto es cosa mía y de los que me lo han hecho. No se hable más…
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| San Antón, Bélmez de la Moraleda (1999) |
Llevo tanto tiempo acechando esta noche… Cuentan los viejos, que en ella quemamos nuestros miedos y ahuyentamos los demonios y que, honrando con nuestras lumbres a San Antón, protegemos al ganado de enfermedades y plagas.
Son las ocho de la noche y ya tenemos toda le leña arriba: en la calle Rodríguez Acosta. El padre del Rufo y Damián el Golondrino --padre a su vez de Juan y de Antonio-, ya andan preparando las estrébedes: que estén bien firmes; no vaya a resbalarse la sartén de las rosetas. A su vera, ya está todo preparado: la paleta, las tenazas…un enorme plato de porcelana con los granos de maíz, el tarro de la sal, una cantarilla de aceite…tocino, chorizo, morcilla, pan, vino…
La lumbre encabrita su lengua, como si pudiera alcanzar las alturas del cielo; la pureza de los corazones, la cura del miedo… Y cuando, al cabo de un rato, la leña y el ímpetu de las llamas han bajado, tras templar sus patas de caballo de fuego y acallar el chisporroteo de las zarzas, aparece la calma. Todos, grandes y chicos, cantan y saltan las brasas; todos, grandes y chicos, por un día, apagan juntos su sed con la bota. Todos menos yo, que sigo buscando la risa de Félix entre las pavesas, aún a sabiendas de que ya no vendrá.
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| Lumbres de San Antón en Bélmez de la Moraleda (1999) |
Seguro que, el año que viene, volveré a buscar zarzales con la banda del Rufo y que, probablemente, nos crucemos con los del Barrio por esos campos. Al vernos de lejos, intentarán acobardarnos, entonando sus alaridos de guerra y poniendo esos gestos ensayados de perdonavidas. Todos, menos el rubio del flequillo trasquilado que, detrás de una horca metálica, esconderá su amplia sonrisa de sandía.