El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

viernes, 23 de junio de 2023

Desenredando la madeja —artículo para Ideal Sierra Mágina, julio de 2023—

        Hace justo un mes, un lector de este periódico se quejaba, eso sí, de manera respetuosa, por no haber logrado entender mi columna titulada «Tarados». Intuía que en ella yo estaba intentando argumentar algo que debía ser «muy profundo», pero que su «comprensión lectora», la cual situaba en el «suelo de los mortales», no le permitía alcanzar un hipotético «cielo de los dioses» en el que, por su cuenta y riesgo, me establecía a mí como un asiduo morador. Así que, por deferencia al tiempo y al esfuerzo empleado por esta persona en leerme, le daré unas vueltas al artículo de marras, en un intento de desenmarañar el enredo de la dichosa madeja que le cogí prestada a Ariadna, o lo que es lo mismo, a la tradición mitológica griega, y a la que tanto le deben —¡claro que sí!— todas esas fábulas, cuentos y chascarrillos que contaban las abuelas de Mágina a un joven auditorio de nietecillos que, sentados en sus sillitas de enea, dispuestas en semicírculo alrededor de la lumbre, escuchaban sus relatos con el ascua de la emoción encendida en los ojos y el pulso a latido y medio de desbocárseles por el tambor del pecho.  


Y es que aquel Pulgarcito o Garbancito, cuyas desventuras con un final feliz y moralizante nos contaban nuestras abuelas, es un héroe oriundo de la mismísima Odisea de Homero, un trasiego de Teseo que, con los siglos y la acción del boca a boca, junto a las plumas de Charles Perrault primero y los hermanos Grimm después, cambió la efectividad del hilo de una madeja por las migas de un mendrugo de pan en busca del camino de vuelta de ese laberinto, de ese bosque. 


Porque entre esos tarados capaces de leer y escribir entre líneas de los que hablaba en mi artículo del pasado mes, están Homero, Perrault, los hermanos Grimm y, por encima de todos ellos, nuestras abuelas y sus cuentos, cuyas moralejas hemos ido desechando por el camino de no se sabe a dónde, y cuyas enseñanzas ya muy desdibujadas, apenas vislumbramos desde el interior de este laberinto preapocalíptico  en el que nos encontramos inmersos, delante del monstruo, del ogro, del lobo, del minotauro: «¡en la barriga del buey!», gritaba Garbancito. 


Si tenemos claro cuáles deben ser nuestros referentes, tarde o temprano, a través de ellos, del hilo que aún nos ata a la moralidad, del rastro de valores esparcidos entre las migajas supervivientes de sus consignas, puntualizaciones y enseñanzas, deberíamos encontrar el camino de regreso. Y digo deberíamos, porque el siguiente obstáculo que se nos aparece en este cuento de pan y pimiento de la vida moderna está en un comportamiento ingenuo, infantiloide tal vez, que parece imposibilitarnos para distinguir el bien del mal, al minotauro de Teseo, al lobo del cordero, a la bruja del hada, tal vez porque nos estemos tragando doblados otros cuentos con tramas falsas y desenlaces erróneos, los cuales nos estamos creyendo a pie juntillas a fuerza de repetírsenos una y otra vez, o con subtramas que simplemente hemos olvidado, ¿o es que acaso la enamorada Ariadna, después de traicionar a Creta por amor al ateniense Teseo, no fue al final repudiada y abandonada por este? 


Claman en la contracorriente del desierto las voces de los tarados, trasnochados, traspapelados. Se desgañitan infructuosamente, avisándonos del acecho de lobos con piel de cordero o disfrazados de abuelita, ogros, brujas, minotauros resucitados que mugen consignas individualistas, insolidarias, antisociales que creíamos desterradas tras el buen cuento del estado del bienestar, cuyo final, aquel maravilloso «y comieron perdices y fueron felices», pretenden dinamitar, junto a las bases sobre las que se erige nuestro ordenamiento jurídico, sus mismos cimientos, asentados sobre el Derecho Romano y su concepción de la res pública, la cosa común de los puentes, las carreteras, las calles, y que después implementamos con la educación, la sanidad y la justicia social.  


La fotografía pertenece a una de las pinturas participantes durante la primera edición de Balcon&Arte en Sierra Mágina, organizada por la ADR en 2021. El título es «La rubia del músico» y la autora es Noemi Arias Justicia. Se trata de una representación de su abuela: una abuela de Bélmez, una abuela de Mágina. 


En este mundo del «tanto tienes, tanto vales», de la glotonería del «quiero más y más y mucho más», del ombliguismo, no caben los raros y agoreros que, como los buenos jugadores de ajedrez, tienen su mente a diez, quince, veinte jugadas por delante, en un horizonte en el que ya no estaremos ni ellos ni el resto, en un paisaje que no nos pertenece y que debe ser lo más parecido al infierno que nos podamos imaginar. Un panorama provocado por las malas decisiones que la «inhumanidad» ha ido tomando década tras década durante el siglo pasado y lo que llevamos de este.  


Desgraciadamente, si no los escuchamos y ponemos remedio, para cuando ese tiempo oscuro alcance a nuestros descendientes, ya no quedará ningún hilo que los traiga de vuelta; ningún rastro de pan por el que desandar malas decisiones; ningún relato homérico, ningún cuento de Perrault o de los Grimm con el que resetear el Google Maps del apocalipsis. Ninguna abuela que, tras haberla dejado aparcada en una de esas residencias donde prima la viabilidad económica sobre las atenciones y el bienestar de nuestros mayores, tenga aún aliento para recordarnos quiénes somos y de dónde venimos.       

jueves, 1 de junio de 2023

Tarados —artículo para Ideal Sierra Mágina, junio de 2023—

            Son fáciles de detectar. Suelen ir como esos salmones nadando a contracorriente de los que hablaba en su poema mi amiga Flori Tapia: tropezándose con la mayoría que se dirige al mar, mientras ellos remontan las aguas dulces; y, al contrario: cuando esa misma mayoría pelea por alcanzar la cabecera del río, ellos se hacen el muerto en mitad del océano. Se les ve a leguas, por ese chirriar molesto de la mercancía defectuosa, de los traspapelados de la vida que diría Vila-Matas; de los tarados, que les digo yo.  

A simple vista no suponen peligro alguno, pero dan grima. Vaya que lo suyo sea contagioso: esa mirada perdida, ese «estar pero no», significándose, aunque sin querer. Los echan para atrás por el desencaje en el puzle, por el momentáneo desorden en el lineal, por el inesperado contrapunto en el previsible ritmo de la cotidianeidad, por el desagradable desentonoque no desafine que provoca en los demás su nota en una clave distinta e inusual. Porque, a la vista de la mayoría, su aparente ociosidad es una grosería imperdonable, un insulto al ser y al estar dentro de un orden que, claro, siempre es el de los ganadores. 


  Una vez identificados, y tras arrojarlos del paraíso de las mentirijillas, del barrio alto de las vanidades, han convertido su exilio en el extrarradio en un privilegiado mirador desde donde otear la chispa justo en el instante anterior a prenderse la llama. Y nos observan silenciosos, atentos en su lugar en el sótano de los apestados, donde el piso es irregular y frío, pero firme, hasta el punto de anticiparles la percepción del vaivén antes de que los cataclismos se produzcan. Es esa incomodidad, ese fastidio que genera su mera presencia descabalada lo que nos impide escuchar sus advertencias más que propuestas; lo que provoca que los miremos sin mirarlos, como si temiéramos a ser sorprendidos mientras vomitan su perorata a un auditorio vacío, o tal vez invisible, o que hace oídos sordos a sus apocalípticos anuncios. Es el miedo que nos da vernos desde su orilla dentro de unos ropajes raídos, oliendo al perfume rancio de la intemperie, arrastrando un carrito de homeless lo que nos lleva a saltarnos sus publicaciones, sus artículos, sus vídeos, sus propuestas políticas, su manida lucha social… porque no necesariamente se trata de desahuciados ni de pedigüeños, aunque están a su lado y de su lado, poniéndole cara y voz a la necesidad, a la desigualdad, a la injusticia.  


Ver, escuchar, leer, analizar los actos y recapacitar sobre las puntualizaciones y propuestas de «esos tarados» me ha llevado hoy a reflexionar sobre el cometido, el fin que yo, desde aquí, bajo este almecino, pretendo alcanzar con mi columna y, sobre todo, si llego a conseguir mi propósito.  


Mágina es un laberinto. En la foto, una vista de Solera desde un mirador de Bélmez de la Moraleda.
Mágina es un laberinto. En la foto, una vista de Solera desde un mirador de Bélmez de la Moraleda.
Mágina es un laberinto. En la foto, una vista de Solera desde un mirador de Bélmez de la Moraleda.
Mágina es un laberinto. En la foto unas vistas de Solera desde un mirador en Bélmez de la Moraleda


Al principio, como por otra parte resulta lógico en un recién llegado a estos menesteres de la prensa, me preocupaba más el lograr alcanzar las ochocientas y pico palabras que había de ocupar mi artículo que el contenido en sí de este. Bueno, sé que exagero un poco, y que siempre me las he ingeniado para terminar encontrándole salida al laberinto de palabras que emprendo en cada ocasión, gracias al hilo que Ariadna/Mágina me ofrece para que regrese victorioso al hogar que nos vio nacer y que da sentido a la existencia de este periódico. Ni siquiera en esos primeros momentos de novato, atrapado por el pánico a la página en blanco, dejaba de tener presente la localización geográfica de la cabecera de esta publicación: Sierra Mágina. 


Hasta el mismo Proust, quien logró un hito de egoísmo creativo al ser capaz de reconstruir todo su mundo interior, incluidas vivencias y recuerdos de la infancia, a partir del bocado dado a una magdalena, escribió en su carta a Lionel Hauser que «todo el bien que artistas, escritores, científicos han hecho sobre la tierra lo han hecho, si no de un modo propiamente egoísta (porque su objetivo no era la satisfacción de unos deseos personales, sino el esclarecimiento de una verdad interior entrevista), sin ocuparse de los demás». Porque el altruismo del creador, del artista, del articulista no consiste en interrumpir su solitario trabajo para ocuparse de obras de beneficencia. Estos tarados de la vida «han producido su miel como las abejas, y de esa miel se han aprovechado los demás… pero solo han podido producirla a condición de no pensar en las obras mientras estaban pendientes de la obra». De ahí la contradicción, cuando esos «demás» somos cada vez más ignorantes, o carecemos de comprensión lectora, o preferimos alimentar nuestro espíritu con noticias falsas que confirmen las bobadas que estamos dispuestos a creernos y a tragarnos. 


Si esto está ocurriendo con lo que opinan mentes preclaras a las que admiro y considero mis referentes, no quiero ni imaginar a cuántos de quienes leen este periódico termina por llegarle algo de lo que yo, un juntaletras que ha empezado en esto a una edad (cincuenta años) más bien tardía, intenta transmitir con esta columna. Eso sí, desde el minuto uno, un servidor decidió coger al minotauro de nuestro laberinto maginense por los cuernos yn, después de cinco años y más de setenta artículos, no me he bajado de este propósito de locos, de estas cosas de tarados.  





De Despedidas y otros contratiempos