El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

lunes, 26 de junio de 2017

Con letras mayúsculas y en negrita: "MUJERES DE BÉLMEZ"


D
esde principios de los años 60 del pasado siglo, el movimiento cooperativista -con sus aciertos y sus errores- ha estado íntimamente ligado al avance económico de nuestro pueblo. Ha sido una herramienta utilizada una y otra vez en pos de la consecución de un tejido empresarial, ya sea desarrollando y modernizando el sector primario (cooperativa de esparto, aceites, etc.) o dando forma y cobertura a un cambio de modelo productivo (cooperativa textil, o de plásticos).
 
          Centrándonos en la Cooperativa de Confección Industrial Juan XXIII, recordaremos que tuvo su germen en una humilde iniciativa auspiciada por Cáritas (el taller CARBEL), pero con escasos rendimientos económicos, sin preparación técnica específica y una producción poco rentable. Así fue que, previa solicitud al Ministerio de Trabajo, a primeros de septiembre de 1968 se comunicaba la concesión de los cursos del P.P.O.(Promoción Profesional Obrera) que permitían la enseñanza y formación profesional a los adultos en busca de una cualificación, en este caso, para el sector textil. Dichos cursos comenzaron el 20 de septiembre de aquel año, en turnos de mañana y tarde, con un total de 42 alumnos -37 mujeres y 5 hombres-.
Fotografía de los primeros tiempos de la Cooperativa Juan XXIII


          El 24 de septiembre, se constituía la cooperativa, dejando de depender de Cáritas, disolviéndose así mismo el equipo directivo y nombrándose como gerente a D. José Martínez del Moral. También se promovieron dos cursos más para atender a las solicitudes pendientes -40 mujeres habían quedado en espera- que terminaron en marzo del año siguiente.

      Esta cooperativa junto a la Fábrica de Conservas LUMI constituyeron el claro ejemplo de que Bélmez de la Moraleda estaba a la cabeza de la iniciativa empresarial de la comarca, pero sobre todo, de que nuestro pueblo fue pionero en el desarrollo laboral de la mujer, que de esta manera comenzó a tener voz, autonomía y un peso económico importante en el sustento familiar, más allá de ayudar en las labores del campo y de encargarse de las tareas domésticas, que por otra parte -¡ojo!- las mujeres de Bélmez continuaron haciendo tras su jornada en el taller o la fábrica.
 
Fotografía de trabajadoras y trabajadores de la fábrica de conservas LUMI SL
          El caso es que, si me paro a pensar en nombres de mujeres que encabezaran el avance económico de nuestro pueblo en aquel entonces, no encuentro ni uno ni dos ni tres ni cien nombres, sino que me topo de frente con un cartel con letras mayúsculas y en negrita que dice: "MUJERES DE BÉLMEZ". Así de grande y sencillo a la vez, porque fue un logro de todas vosotras.

 



viernes, 23 de junio de 2017

La felicidad sobre el papel



“El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen”.
(Artículo 13 de la Constitución de 1812)

P
robablemente esta y otras muchas grandilocuencias diseminadas a lo largo del articulado de nuestra primera constitución, hayan terminado por crear una incondicional y, a veces, desmesurada devoción hacia “la Pepa”, tanto a la izquierda como a la derecha del ideario político nacional. Lo que no está nada mal, teniendo en cuenta que el mismo Rey de las Españas -por la gracia de Dios- en cuyo nombre se decreta y sanciona el texto, le dio la patada. Si a ello le añadinos, que su vigencia fue prácticamente inexistente, salvo un escaso y turbulento período de tres años, desde 1820 a 1823, durante el llamado “trienio liberal”, su permanencia en los altares constitucionales españoles es prácticamente un milagro .

         Por aquellos años de principios del XIX, Bélmez de la Moraleda, en buena lid con su devenir histórico, pertenecía en lo civil y judicial al Concejo y Reino de Granada y al partido judicial de las Villas, que se extendía a lo largo de los Montes Orientales y cuya capitalidad era Iznalloz. Precisamente, por estar situada nuestra bien amada villa en los imprecisos límites del Santo Reino de Jaén, se venáin dado estas desavenencias entre históricas y geográficas, ya que por el contrario, en el plano eclesiástico, se dependía del obispado de Jaén, y de manera más específica, del arciprestazgo de Baeza.

         Con la invasión napoleónica, esta situación se va a ver modificada. Y no precisamente por las escaramuzas de la guerrilla en el castillo de Belmez, sino por la división administrativa llevada a cabo por nuestros invasores en el año 1810, cuando la villa pasó a depender de Jaén en lo civil y del Cantón de Jódar en lo militar. De hecho, no será hasta  1837 que la villa se incorpore de manera definitiva dentro del Partido Judicial de Huelma, como así es en la actualidad.

         Pero volviendo a las Cortes de Cádiz, hubo avances que sí tuvieron una efectividad inmediata, como fue la supresión en 1811 de los “señoríos jurisdiccionales”, que hasta ese momento, y desde tiempos inmemoriales, habían permitido a los titulares de las tierras nombrar a su capricho y conveniencia los cargos de Alcaldes Ordinarios, Regidores y otros puestos administrativos de la villa, así como el poder para entender y sentenciar en primera instancia con las mismas prerrogativas de un juez.


         Por aquel entonces, era el titular del mayorazgo y señorío de Bélmez de la Moraleda don José Rafael de Silva y Palafox, duque de Hijar. y aunque este pasó a ser mero propietario de las tierras, no nos podemos hacer muchas ilusiones, pues los poderes políticos no acabaron siendo propiedad del pueblo, sino que fueron a parar a las manos de la hacendada burguesía, que a partir de entonces va a elegir de entre los suyos  y para ellos mismos los mencionados cargos.

         Así estaban las cosas a mitad de siglo. Incluso peor, pues los vecinos de Bélmez tuvieron  numerosos pleitos y roces con don Cayetano de Silva y Fernández de Córdoba, último marqués de Jódar, por lo que a nadie le extrañó que este incluyese las propiedades que mantenía en nuestra villa dentro de la venta realizada a don Ignacio Martín Díaz, comerciante de Aranda del Duero. Este individuo era lo que hoy llamaríamos “un señor de la guerra”, pues se había enriquecido durante la guerra de la Independencia y la primera carlista, al contar entre sus amistades con un famoso guerrillero llamado el Manco, y hasta con el mismísimo general Espartero.

         Definitivamente, el artículo 13 de la Constitución liberal de 1812 había trasmutado, y el objetivo del Gobierno no resultó ser la felicidad de todos, sino de quienes se adelantan en erigir como suya la nación, puesto que el fin de la sociedad política resulto ser el propio bienestar de ellos como individuos privilegiados que la dirigen, y nada ni nadie más.  

Fuentes: Bélmez de la Moraleda en sus documentos, de Martín Santiago Fernández Hidalgo, Imaginario cultural y pautas demográficas del siglo XIX, de Matilde Peinado Rodríguez.

miércoles, 7 de junio de 2017

Sierra Mágina: territorio literario



S
ierra Mágina, ese territorio literario que se abrió aquel invierno ya lejano ante un adolescente Antonio Muñoz Molina, con “sus vocales rotundas como una luz de mediodía, sus duras consonantes tan cortadas en ángulos como las piedras en las esquinas de los palacios de piedra color de arena, amarilla en el sol de la mañana, cobriza en los atardeceres, casi gris en los días de lluvia”. Ese nombre extraño y mágico -¡siempre mágico!-, que alguna vez sus labios musitaron con cierto aire de nostalgia, en el quicio de la ventana de su apartamento de Manhattan, mientras, como si de un cuadro de Hopper se tratara, la hiriente claridad de la mañana le obligaba a cerrar los ojos.

         Sierra Mágina, ese mismo territorio de “fortalezas desertadas por el tiempo” que surca serpenteando la poesía de Adelaida Porras Medrano, “en el azul del mar de Mágina”. Que es también un mar de angustia contra el que Ana Belén Gómez Bódalo rompe el llanto de sus pesadillas; esas mismas que le hacen encaminarse, como a un muerto viviente, hasta las Caras de Bélmez. ¿Y por qué no?, un tótem altanero de perfil caprichoso e insinuante, que nos atrae y nos derriba con Ángel Rodríguez Martín, ya preso de por vida del ¿magnetismo de Mágina o de una maginera? O también, el abrazo largo y cálido de las letras de Ángela Penagos Londoño, a través de su viaje de complicidad y hermanamiento desde Medellín a Jódar; desde Antioquia a Andalucía.

         Este territorio marcó a fuego con su sello inconfundible a quienes aquí nacimos, como a Antonia Martínez las historias de su calle Mirabuenos, otrora empedrada como muchas de Huelma, “que serpenteaba cuesta abajo desde El Barranco casi hasta los aledaños de La Cruz”. Pero también a quienes con unas intenciones u otras, se adentraron en sus sinuosas carreteras e hicieron parada y fonda en sus pueblos, para quedarse como García Márquez, maravillados por las historias que la tradición oral ha ido transmitiendo, generación tras generación, de madres a hijas. Y si no, que se lo pregunten a Ángeles Cantalapiedra.  

         La literatura de Sierra Mágina está, como no podía ser de otra manera, protagonizada por aquellas mujeres recias a la vez que delicadas. Por aquellas madres, hijas, esposas, queridas…con la piel curtida por el viento en contra de una sociedad intransigente y pazguata, a capricho del hombre. Pero, como Antonio Miralles nos enseña, hasta en “La vida oscura”, siempre había un resquicio por el que se colaba la luz, el amor, el deseo...todo lo que una mujer no se podía permitir, aunque alguna vez sus anhelos habitaran de manera furtiva una calle de Jimena, una esquina de Torres, o algún dibujo de Antonio Ortega Peñas.

         Esta tierra enraizada en la noche de los tiempos, esta tierra fronteriza entonces, ahora y siempre, donde Carlos Vásquez-Zawadzki hace sonar de nuevo los tambores en las razzias más nombradas de Almanzor, mientras Antonio Reyes Martínez señala con su índice, entre las adelfas y el río Cuadros, la certeza granítica de un hórreo andaluz; aquel que nunca debió salir de Galicia. Así, entre poesía y relato, entre semblanza y reflexión, hemos llegado a Bedmar. Y mientras damos buena cuenta de morcillas y butifarras, Cristobal Triguero Herrera, como buen anfitrión, nos desgrana los secretos de aquellas "matanzas" en familia, mientras su hijo, Cristobal Triguero López, el niño pintor, nos enseña sus asombrosos e inquietantes dibujos.

         Los autores de este libro reivindican a golpe de palabra esta tierra para la causa literaria. Encarna Gómez Valenzuela alborota un taller de jóvenes costureras, con la inconfundible melodía de un afilador, que ante ellas se pavonea entre el chisporroteo de las tijeras contra la piedra. Y Evaristo Cadenas Redondo viaja hasta París en uno de aquellos trenes de emigrantes, donde se hermanarán para siempre una joven de León y otra de Mágina,  que nos recordará misteriosamente a la Isabeleta que en el relato de Fermín Fernández Belloso, descubre el secreto bajo la alfombra del despacho de la abuela. Pero este, quizás sea un caso para consultar con la “Mamapaca” de Flori Tapia, aquella “mujer recia y morena como la sombra”, con su verbo meloso y sus artes adivinatorias.

Treinta y ocho autores en total, con sus distintas visiones y perspectivas de esta tierra de aristas y contrastes, que lo mismo es vista desde una nave espacial camino de Plutón –Fernando R. Ortega Vallejo-, que desde el prisma de ese investigador, ratón de biblioteca, indagando en la vida secreta del escritor Juan Valera y su “Dama griega”Gabriel Neila-. Hasta nos da para una apasionante road movie protagonizada por la escritora, fotógrafa y, sobre todo, aventurera Gloria Nistal Rosique y nuestra coordinadora –nuestra “Soco”-, Socorro Mármol Brís.

         A estas alturas de “Sierra Mágina: territorio literario” hace su aparición el entrañable testimonio de una de esas mujeres especiales y luchadoras que solo pueden existir en esta tierra.  Se trata de Isabel Expósito Fuentes, quien nos narra en primera persona una parte de su historia dedicada a un hombre de gran valía e inteligencia excepcional, que cambiaría para siempre la producción de aceite de oliva con un sistema revolucionario, desterrando de las almazaras los capachos de esparto. Ese hombre fue su padre, Miguel Expósito Caparrós. Y después, Jesús Barroso nos trae con su poesía la memoria de su Jódar natal, con los anocheceres del Aznaitín, los camareros del Bar Avenida y aquella librería que regentaba el hombre rebelde. Tampoco podía faltar su inseparable compañero, y sin embargo amigo, en la arqueología musical. Me refiero a José Nieto Serrano –cofundador junto a Barroso en 1972 del grupo de música tradicional “Andaraje”-, quien nos desgrana magistralmente las coincidencias a lo largo de las diversas culturas en las canciones de invierno, en las canciones de Navidad.

         Es una sensación muy agradable, de verdad, encontrarse con autores allende los mares, como es el caso de Juan Revelo Revelo, quien nos “revela” la vida y milagros, infortunios y amores, alegrías y desengaños de María Sánchez de Carvajal, “La Mariscala”, una “sierramaginense” en la Conquista de América. O leer a continuación las aventuras de aquellos aceituneros negros alfabetizados de Sierra Mágina, que Justo Bolekia Boleká narra como si contara cantando una vieja historia bubi de su Bioko natal–antigua Fernando Póo-.  

         Tampoco podían faltar en este libro esos seres increíbles que pueblan el imaginario de Sierra Mágina. Y así es como, de manera delicada y elegante, para que no se alboroten y enreden en las páginas del libro con sus diablurías, la pluma de Juani Jiménez Fuentes va perfilando la silueta de los Minguillos, esos seres bajitos y cascarrabias como un hurón; ágiles y escurridizos como  un conejo, que alguna vez a bien seguro, se cruzaron en el objetivo de don Arturo Cerdá y Rico, cuya pasión por la fotografía nos relata minuciosamente Laura Hernández Muñoz. Y aunque a veces es casi tan escurridizo como un Minguillo, Luis Alberto Alcalá Martos, nada tiene que ver con ellos.  Él es un alma blanca, el otro ángel del proyecto junto a Cristóbal, el niño pintor, para venir a  representar los pasajes más entrañables de nuestro libro. ¿O me equivoco?, porque creo que en este libro hay tres niños. El tercero se encuentra escondido en la casa  a medio derruir del barrio de Andaraje de Jódar, escenario de la narración de Teresa Góngora Gámez, y a quien ayuda a dibujar su relato.

Las numerosas simas, escondrijos y cuevas de Sierra Mágina, también se han dejado ver en estos textos. Por eso, María Vilalta, emulando a Alonso Quijano en la de Montesinos, hace revivir a su enamorado espeleólogo aquel pasaje cervantino, mientras que por otra parte, asistimos con Socorro Mármol Brís al momento histórico de su bautizo como Gaviola de Aznaitín, en una muy sonada expedición a la Cueva del Murallón, en la Serrezuela de Bedmar, que entre el delirio y la realidad, vivió personalmente allá por los años sesenta.
Porque Sierra Mágina es, como dice el escritor huelmense Juan de Dios Villanueva Roa en la entrevista que  para este libro le hace su paisana Maribel Marín Jiménez, “una fuente literaria inconmensurable”. Tan pronto nos encontramos con una historia de amor imposible, protagonizada por el insigne oftalmólogo Juan Martín Alguacil –Maty Vilchez Cejudo-, que nos vemos inmersos en uno de esos enredos de hermanas que no lo parecen –Ondina Zea-. Porque Sierra Mágina es capaz de aparecer redescubierta por Pedro Arturo Estrada como un pueblo escondido en “sus parajes de ariscada soledad”, donde se encuentra el acento más puro de nuestra lengua, el mismo que Ridha Mani pretende ahogar en un pozo antes de cerrar los ojos para volver a verla de nuevo.

Este libro, como bien apunta su editor Basilio Rodríguez Cañada, espera aportar un grano de arena más, para que Sierra Mágina y su entorno ya formen parte de la Historia de la Literatura. Un libro donde tampoco nos faltan las espléndidas imágenes de Francisco Vico Aguilar, “Tito” -siempre escrutando los cielos de Mágina- y que desprende, en todas y cada una de sus doscientas noventa y siete páginas, la locura que por su tierra siente esta gavina que se perdió tierra adentro y se hizo panciverde, Socorro Mármol Brís, nuestra “Soco”, nuestra esforzada coordinadora. Este paisaje literario de Mágina, donde también podréis descubrir, allí en una esquina, asomado al borde de sus pesadillas, a aquel “niño de las Caras” que algún día fui.

De Despedidas y otros contratiempos