El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

domingo, 24 de diciembre de 2017

Hermano

Q
ué difícil me resulta, hermano –que así te llamaba, porque así te sentía- distinguir tu figura en mitad de esta terrible tormenta, que tanto duele, pero también alivia. Quizá en este preciso instante, todo se retuerza y se deforme en mis ojos anegados por el llanto, aunque no haya dejado de palpar ni percibir esa esencia tuya que se me pegó al músculo, al hueso, a los sentidos: tus palabras, tus consejos, tu ejemplo, tu aliento… ¡Ay, tu aliento!
         Suelo decirlo, que la vida es como una canción a medio hacer; siempre le andamos dando vueltas  al estribillo o al final de esa estrofa y de repente, ya sea de forma evidente o inesperada, la música se apaga. Y entonces me pregunto: ¿cómo seguía aquella canción tuya?, ¿aquella composición  que tanto nos recordaba a Serrat?, ¿aquella que te daba cierto pudor cantar aunque te lo pidiera tu hermana?
         Limpio mis lágrimas para vernos de nuevo, frente a frente, por primera vez. ¿Recuerdas? Tu hermana y yo habíamos comenzado a salir apenas unas semanas antes de agosto. Todo era reciente, oficioso y semiclandestino, hasta que una madrugada de las Fiestas me encontraste esperándola para ir a la vaquilla, sentado en las escaleras del pasillo de casa de tus padres. No sé lo que hablarías con Amparo, pero ahora tengo la certeza absoluta, que en aquel preciso instante comenzamos a ser hermanos. Porque tú, Jose, eras así; era tan fácil llegar a ti, era tan fácil encontrarte: tú siempre estabas. Para mí, que la mayor parte de mi tiempo he sido un tipo triste y gris, fue toda una revelación descubrir la grandeza de las cosas sencillas y todo un reto aprender de ti a desenredar mis oscuridades. Y aunque te hayas ido sin que te lo dijera, quiero gritarle al mundo, que si ahora soy más humano, más cercano, tú –como toda tu/mi familia- tienes gran parte de culpa.

         También, como no, estuvo la música, que siempre ha sido la muleta imprescindible para este lisiado en relaciones sociales. Fue una guitarra lo primero que tu hermana y yo nos tuvimos entre manos; fue un “¡maestro, toque Amparito Roca!”, las primeras palabras que me atreví a decirle a tu padre durante un concierto de la banda de música, en una romería de Belmez; fue quizá, una interpretación tuya de “Andaluces de Jaén” cuando yo tenía doce años, la que me metió la fiebre por aprender a tocar la guitarra. Por eso sé con certeza que no fue la providencia ni la casualidad, sino la música, la que de alguna manera cruzó nuestras vidas. Pero me lo dice tu padre siempre, que no todo es música en la vida. De hecho –quién me iba a decir- no he vuelto a coger una guitarra desde que caíste enfermo, aunque siempre llevaré en mi corazón la última vez que cantamos juntos –cómo no- por Serrat.
         Es curioso, pero lo que me parecía difícil al principio, con tan solo pensar en ti, se vuelve sencillo y natural, como tú; todo se vuelve como tú, porque todo se impregna de ti en estos aciagos días de tormenta. Y lo que comenzó en la oscuridad de mi alma retorcida y dolorida, consigues, hermano –repito, que así te llamaba, porque así te sentía- que termine en una celebración: la de tu recuerdo, la de tu memoria, que siempre estará en nuestros corazones y en los de quienes te conocieron; pero también, gracias a todo lo aprendido junto a ti, en la memoria de quienes no te conocían y se acerquen hoy un poco a ti a través de mis palabras.   
        
        
          
                
          

         

martes, 31 de octubre de 2017

El sentido de pertenencia (artículo aparecido en Ideal Sierra Mágina, noviembre 2017)

L
as redes sociales, con sus luces brillantes e hipnóticas, desembarcaron un buen día en nuestras vidas, para convertirnos en permanentes aprendices de un nuevo y cambiante orden relacional.  Fuimos adquiriendo, con mayor o menor destreza, las habilidades tecnológicas necesarias para desenvolvernos con cierta soltura  en este mundo paralelo, donde la amistad ya no se gana, sino que se pide, y la impostura triunfa con su virtual realidad. Como era de esperar, en una estructura incierta y sometida a una permanente transformación, aparecieron los encasillamientos según gustos y afinidades. No existe usuario de Facebook que no pertenezca a uno o varios de los numerosísimos y variopintos grupos que pueblan su universo, constituyendo a la postre una valiosísima información, desde nuestras preferencias musicales y deportivas, hasta nuestras convicciones ideológicas o políticas.

Hay un tipo de entre esas militancias, que pone de manifiesto la subsistencia aún en estos tiempos modernos, tiempos salvajes, de la vieja e incurable enfermedad de la nostalgia. Me refiero a esos grupos donde los sentimientos afloran para tocar con sus manos turbadoras el sentido de la pertenencia y de la fidelidad a nuestras raíces: Jaén, solo hay una, Mágina en fotografías, Huelmenses, Bélmez de la Moraleda, pueblo abierto al mundo, Bedmareños, No eres de Pegalajar si no…conciliábulos a cuyo alrededor, ni cortos ni perezosos, buscamos esa confidencialidad de los paisanos con que retroalimentar el orgullo de ser de nuestra tierra; donde una vieja fotografía nos lleva de nuevo a carrera por las calles empedradas antaño de los pueblos de Mágina, sorteando cajoneras con nuestras zapatillas Tórtola recién estrenadas, todavía con el regusto del pan con aceite y azúcar lubricando y deleitando nuestras papilas gustativas; donde nos reencontramos con antiguos compañeros de pupitre, para rememorar una y otra vez esas tropelías propias de niños de pueblo, que nunca alcanzará a comprender tu compañero en la oficina: comer allozas hasta que te duela el estómago, robar cerezas como obligada práctica deportiva, pues siempre se terminaba corriendo delante del guarda rural o coleccionar pupas en las rodillas a modo de medallas al mérito infantil.

Son además, páginas que engrosan sus filas de manera exponencial, debido sobre todo a los entusiastas hijos de la migración, ávidos por demostrar su inquebrantable lealtad, cubriendo de “megustas” y parabienes a la madre, al terruño; conjurándose desde las tierras de promisión madrileñas, valencianas, catalanas…por un ansiado regreso a Ítaca/Mágina, tantas veces pospuesto. 

Pero de repente ha llegado el problema de Cataluña, aunque en realidad siempre ha estado ahí, acechando con su crónica anunciada de desgarro y convulsión, para llenarlo todo con su ruido de  caras turbias y su desazón de ramales partidos.  Y en lo que a los de aquí nos ha parecido de un día para otro, hemos visto a nuestros hermanos, primos, hijos, amigos catalanes derramarse contra el muro de nuestro aturdimiento, incomprensión, compasión, desafectación, solidaridad, contrariedad…pues de todo hay en la viña del señor para confundirnos y entristecernos más si cabe.



Las redes, en un inquietante calco de la realidad, arden, que diría Juan Soto Ivars, en un sanantón adelantado. Los unos, sacando las banderas del fondo del arcón, donde se apolillaban en el olvido, junto a la camiseta de la selección española de fútbol. Los otros, plantando también la estelada en el Aznaitín, en la Serrezuela, en el Gargantón o en el tejado del refugio de Miramundos, mientras, en su fe ciega, repiten como un mantra el decálogo de bondades que traería el advenimiento de la república catalana. Los menos, rebatiendo desde la cordura las soflamas de los unos y los otros, para terminar acusados por todos de insensibles e irresponsables, de ser unos “pocasangre”, o como dicen ahora, equidistantes.

La cosa va de emociones, por lo que la batalla se desarrolla en la jurisdicción  de los sentimientos, donde todo resulta imprevisible e irracional, porque anda metido en el asunto el corazón. Intentar pontificar por una solución conciliadora, que acerque posturas y sane heridas, parece iluso, cuando menos osado. Y aunque la denostada clase política de una y otra parte lograran un milagro, el desgarro es ya irreparable.

Aunque quizá no todo esté perdido. Solo tenemos que encontrar el antídoto y combatir esta aflicción con parecidas armas. Habrá que moverse entre las trincheras de uno y otro bando, dejando a un lado la lógica y lo predecible, para atacar por sorpresa, en el mismo centro del corazón, por el flanco de los sentimientos y con el cuchillo de la pasión entre los dientes.

Echaremos mano a cuanto nos une, a lo que compartimos y nos identifica: ese sentido de pertenencia a Sierra Mágina que saque lo mejor de nosotros; el espíritu de lucha que se llevaron como único equipaje vuestros abuelos, vuestros padres, cuando en los años 50 y 60 se marcharon con un ojo en su camino y el otro en vuestro porvenir; el mismo ilógico sentimiento que llevó a nuestros abuelos, a nuestros padres, a permanecer aquí partiéndose el alma por el futuro de estas tierras, de estos pueblos, y por el nuestro; el mismo orgullo que nos reubique bajo el cielo, como hijos de un mismo lugar.    

     

sábado, 28 de octubre de 2017

Belmez, nuestros tocayos cordobeses

R
ecuerdo aquellos mapas geopolíticos que ilustraban los libros de Sociales de la antigua Educación General Básica. Aquellos mapas que representaban las regiones y provincias españolas, con sus Castillas, la Nueva y la Vieja, sus provincias Vascongadas, el Sahara español –una porción de desierto cuyas fronteras parecían haberse trazado con escuadra y cartabón y que perteneció a España hasta el año 1975- y sus Islas Canarias, a las que nuestra mente situaba de manera inconsciente debajo de las Baleares, pues allí las solían colocar los mapas de la época, por evidente falta de espacio. No quiero ni imaginar cómo se las hubiesen apañado las editoriales para ofrecer en un solo vistazo la visión de las Españas de Felipe II, aquel cristianísimo imperio donde nunca se ponía el sol.

En aquellos libros, para mejor pedagogía, las riquezas e industrias de cada región se dibujaban directamente; a cada provincia, a cada ciudad o pueblo, lo suyo. Así, aparecían unas fábricas con sus humeantes chimeneas en Vizcaya, unas escopetas y pistolas en Éibar –por la industria armamentística, no por ETA-; unas hermosas naranjas con hojas verdes se situaban en las huertas valencianas, un automóvil en Valladolid, unos ramos de olivo con unas aceitunas verdes y brillantes en Jaén y un todo terreno en Linares –¡dónde quedó aquella época para un Linares próspero!-; un montón de industria y factorías de todo tipo desparramados por el mapa de Cataluña, con sus paños en Tarrasa, como tiene que ser… Pero no, no voy a hablar de Cataluña ni de la diversidad que confluye en esta piel de toro nuestra, con su herida abierta en canal precisamente hoy 28 de octubre de 2017. Hoy hablaré, sin embargo, de las confluencias y coincidencias que nos hace iguales y hasta nos confunden.
En las ilustraciones que representaban a la provincia de Córdoba, recuerdo que aparecían un pico y un casco minero al lado de los nombres de Belmez, Peñarroya-Pueblonuevo. Ahí fue cuando los niños de mi generación descubrimos que había otro Belmez no muy lejano, que además era famoso, pues aparecía en los libros por sus minas de carbón, aunque el maestro nos contó no sé qué historia de su alcalde y de un programa de televisión llamado “Un millón para el mejor”.

Hasta aquí todo dentro de la normalidad de la homonimia, no solo entre pueblos y ciudades españolas, sino también entre los de aquí y los de América latina (Mérida, Córdoba, Cartagena…). Pero en lo que respecta a nuestros tocayos cordobeses y nosotros, empezaron a surgir confusiones, digamos embarazosas, en el momento que nosotros saltamos a los periódicos y televisiones de todo el mundo por “la cara”. Aquella coincidencia llevó hasta Belmez de Córdoba a mucha gente en busca de las famosas caras. Al principio, puede que les resultase cómico, pero cuando el diario Pueblo comenzó a echar carbonilla y nitrato de plata sobre las caras de la María, no les hacía ni pizca de gracia que los trataran de farsantes y cara duras, ¿os suena?

Aquí, en el Bélmez del otro lado de Sierra Morena, en el de Sierra Mágina, supimos de aquellos equívocos, cuando los confundidos en cuestión llegaban por fin a su destino y, delante de las famosas teleplastias, nos lo contaban entre asombrados y divertidos. Hay que tener en cuenta, que por aquellos entonces no se tenía el Google Maps y que raramente aparecíamos en los mapas de Carreteras –curiosamente, Solera sí-. Así por ejemplo, una Isabel Pantoja de apenas 19 años casi no llega a su actuación en la verbena de las fiestas de agosto, ya que, junto a doña Ana, su madre, se plantó en la desierta y nada festiva plaza del pueblo cordobés, en lugar del nuestro. En otra ocasión, un mitin electoral de la UCD se celebró casi a las doce de la noche, cuando el que fuera ministro de Justicia y Presidente del Parlamento español, Landelino Lavilla Alsina, llegó por fin al parque del Nacimiento, después de haber pasado a saludar a nuestros tocayos del valle del Guadiato.
Castillo de Belmez (Córdoba), cuya antigüedad se remonta al siglo XIII

A mediados y finales de los setenta, bastantes jóvenes de Bélmez nos marchamos a estudiar a Córdoba. Evidentemente, cuando nos preguntaban por nuestra procedencia, teníamos que aclarar de cuál de los Belmez/Bélmez éramos. Así fue como patentamos la fórmula con la que socarronamente explicábamos la diferencia: nosotros pertenecíamos a Bélmez de la Moraleda, de la provincia de Jaén, el que llevaba tilde en la primera “e”, que además tenía su apellido –de la Moraleda-, que había otro “Belmez” sin tilde en la primera “e” que era una pedanía de “Bélmez”, el que es una palabra llana, con tilde en la primera “e” y que, efectivamente, teníamos unas caras que salían en el suelo de una cocina y que no éramos unos estafadores, que allí estaban, que fueran, que las vieran y entonces opinaran.
Castillo de Belmez (Jaén), cuya antigüedad se remonta al siglo XIII


Después de tantos años de coincidencias y confusiones, alguien debería poner fin a esto, digo yo, con uno de esos hermanamientos que se suelen hacer entre pueblos. Sería bonito que Belmez de Córdoba y Bélmez de la Moraleda de Jaén, se intercambiaran y confluyeran para conocerse y para ser, como no, por fin hermanas. Ahí lo dejo, para quien corresponda.    

sábado, 7 de octubre de 2017

Catalunya, t´estimo

A
hora que todo parece romperse, no se me ocurre otra cosa qué hacer, qué decir. Quizá en un último intento de sentirme escuchado, comprendido por ti y también por ti –hermanos hoy irreconciliables-, si es que el ruido del pensamiento de uno deja que mi voz le llegue, si es que la adrenalina que le bulle al otro  deja que mi gesto le toque.

 Y de nada nos sirve lamentarnos de lo que hicimos o dejamos de hacer, de lo que dijimos o dejamos de decir, de lo que nos chuleamos o simplemente nos ninguneamos. Lo que importa está por venir y, salvo la muerte, todo tiene remedio. Y aunque la solución parezca un imposible, algo complicado, muy remoto, puede estar esperándonos detrás de la esquina, tras un gesto nimio, un “¿decías algo” respondido por un “me ha parecido que hablabas” y sin comerlo ni beberlo poder empezar de nuevo, porque ahora, que todo parece romperse, no se me ocurre otra cosa qué hacer, que decir: Catalunya, t´estimo.


viernes, 29 de septiembre de 2017

Trapos al viento

E
stos días de trapos al viento y sentimientos agitados, de banderas aireadas desde el recóndito y oscuro escondrijo de las entrañas -esa siniestra oquedad de donde sale lo mejor y lo peor del ser humano-, me han hecho recordar de pronto a una situación vivida el Día de los Quintos del año 1983 en Bélmez de la Moraleda.

Pondré sobre antecedentes a las nuevas generaciones: en España, prestar el servicio militar, la popularmente llamada mili, fue obligatorio para los hombres mayores de 18 años, hasta que en el año 2001, el gobierno del PP, con José María Aznar a su cabeza, la suprimió. Con este motivo, en los pueblos se solía celebrar la fiesta de los Quintos, llamada así desde que el rey castellano Juan II, bajo cuyo mandato se expulsó a los musulmanes definitivamente de Belmez, impuso la obligación de servir en el ejército a uno de cada cinco varones de entre quienes tenían la suerte o la desgracia de ser sus súbditos. Luego, aunque el alcohol presidía dicha celebración, lo de quintos no viene de los susodichos botellines de cerveza.
 
 La Quinta del 65. De esta foto ya no están entre nosotros Diego Sánchez -Tarzanillo- y mi amigo Diego López- el Zocato-. Vaya también como homenaje para ellos.
Aquel año pues, entrábamos en quintas los nacidos en el año 1965, pero a la celebración solo asistimos quienes estamos en la fotografía, lo cual no quiere decir que todos sirviéramos en el ejército, pues existía la Ley de Objeción de Conciencia, mediante la cual se te permitía sustituir el fusil por servicios a la comunidad. Aparte, hay que tener en cuenta quienes se libraban por enfermedad, mala vista, poca talla y miles de artimañas, ya que la picaresca estaba al orden del día para no trabajar un año gratis al servicio de la Patria, tiempo que por cierto, cuenta como cotizado a la Seguridad Social.

La cosa es que, durante una semana, los quintos tenían licencia para hacer casi todo lo que les viniera en gana, como por ejemplo: ir bailando y cantando por las calles del pueblo a cualquier hora de la madrugada, al son del acordeón de Pedro Blas López, en este caso concreto. También se solía alquilar una casa como cuartel general de las tropelías, y los servicios de un cocinero, pues había que dormir las borracheras encadenadas y darle una mínima consistencia a las paredes de los maltrechos estómagos.

El primer y único día que estuve, era domingo. La fiesta comenzó con una misa oficiada en nuestro honor, pienso yo que para pedir por nuestras descarriadas almas, por si algún día más o menos remoto, nos viésemos en la tesitura de usar nuestras armas en una guerra de verdad, que nada tiene que ver con ese absurdo juego en el que malgastamos un año de nuestra vida. Acto seguido, enfilamos el camino del Ayuntamiento para “medirnos”, es decir, para que se nos tomara la talla y proceder a una primera criba en cuanto a las aptitudes militares.

Por aquel entonces, el Ayuntamiento se encontraba en obras, por lo que sus dependencias se habían trasladado provisionalmente a lo que hoy constituyen las instalaciones del Centro de día. Un policía municipal nos hizo entrar hasta una habitación amplia y desordenada que, debido a la falta de espacio, hacía las veces un poco de todo: dependencias policiales, administrativas, despacho del alcalde… un todo en uno destartalado, provisional y cambiante por días, muy al estilo de aquella vida de colorines de polaroid que constituyeron para España los años ochenta.

 Y allí, al otro lado de una mesa alargada y metálica, estaban el señor alcalde, el teniente de alcalde y algún que otro concejal. Otro miembro de la policía local nos invitaba uno por uno a pasar por el tallímetro, mientras el administrativo iba tomando nota de nuestra estatura. Hasta ese momento, todo entraba dentro de la normalidad: las mofas con los más bajitos, las pillerías de quienes pretendían falsear el dato de su medición para poder así librarse… Todo era previsible, jovial y festivo, hasta que llegó el momento de la gran broma final, cuando el señor alcalde, engolando su voz, se puso trascendente y dijo: Tenéis que jurar bandera.

En el extremo izquierdo de aquella mesa que presidía la liturgia de los quintos, había una bandera española y constitucional de mediana altura, anclada en un soporte, para así poder permanecer erguida y digna –si es que una bandera puede tener la cualidad de la dignidad-. Junto a esta se encontraba otra andaluza de igual tamaño.

La mayoría de mis coetáneos procedieron a besarla sin más, entre risas y algazaras; otros optaron por rendirle pleitesía a la de Andalucía, pues ese era su sentimiento. Yo me negué en un primer momento, por lo que se me reprendió por los miembros del Concejo allí reunidos al otro lado de la mesa, y especialmente por el alcalde presidente. Al final, tras una absurda discusión, terminé rozando mi cara con el pendón nacional.

Pero me fui fastidiado, por no decir otra cosa, y dolido. Dolido por haber sufrido una burla absurda por parte de los máximos representantes de la autoridad y de la democracia recién estrenada. Vejado y obligado a realizar una acción que no procedía allí, a la que solo me obligaba, tiempo después, la legalidad proveniente del Reglamento militar al que estuve sujeto en su momento, como igualmente les ocurrió a los compañeros de mili vascos y catalanes que me rodeaban, durante mi jura de bandera.

Estos días de trapos al viento, he vuelto a recordar aquella historia del Día de los Quintos. He vuelto a rememorar aquella sensación de atropello, porque esa era mi sensación entonces y ahora. Tan respetable como la de quienes agitan en estos días sus sentimientos más profundos y personales vistiéndolos con unos u otros colores o formas. Para ellos las banderas y las patrias son sagradas; como una religión, pero sin el como. Para mí, son solo trapos al viento con los que algunos agitan sus sentimientos.




viernes, 22 de septiembre de 2017

De domingos y ocasos


L
a misa de ocho olía a colonia de viejas: efluvios de retestín para el ocaso del domingo. Imposible escapar al reojo de las beatas, que parecieran bizquear por destaparte las vergüenzas delante de todos. Mientras, se relamen el cuerpo de Cristo amén entre la lengua y el paladar. Después, bisbiseo de rezos y armonio con sordina, que santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo.

Fuera, la noche linda con el frío que todo lo palpa y convierte en cartón piedra. Al salir, la Bodega es la primera estación tras la penitencia: pastillas de burro, altramuces y regaliz. Me han salido Zoco y Rechax, te cambio a Keita por Planelles. Pero me guardo los cromos, que María y sus amigas ya bajan del coro. Alguien que me diga cómo disimular el rubor, mientras me pongo a su vera en la cola del cine del salón parroquial.


Cuando el cura abre la puerta, corro escaleras arriba para cogerle sitio, pero se sienta justo dos filas más atrás. Pienso que para no levantar sospecha. Se apaga la luz y se encienden las risas: Stan Laurel empuja a Oliver Hardy a una bañera gigante que está llena hasta el borde de un agua gris y turbia. Después, Dios llena de colores la pantalla y el paraíso, donde, Adán y Eva imploran su clemencia que nunca llega, desde un rincón de tonos carmesís tirando a cereza. Para cuando Moisés se arrodilla ante la zarza, ya dormito entre la melancolía para oboe del Lago de los Cisnes y un “hola” mudo, pero en perfecto castellano, que el papa Pablo VI lanza al tomavistas súper 8 de don Martín, aquel soleado domingo de mayo en la Plaza de San Pedro. De repente, la luz se enciende. Miro detrás, pero María ya está camino del Barrio. Mientras, yo sigo soñando un rato más, pero esta vez, despierto. 

sábado, 16 de septiembre de 2017

Igual pa un roto que pa un descosío



H
oy el día se levantó en Madrid desganado y mustio, como si le sorprendiera un año más la evidente inminencia del otoño. Me he asomado a la luz emborronada de esta mañana de septiembre y me he dicho: “Juan, ¿de qué demonios vas a escribir hoy?”.

Una sensación entre fastidio y pereza me ha recordado que no tengo ninguna obligación con este blog, que ponerme a la sombra de El Almecino es una elección, más que personal, íntima, que me sale de lo más hondo de mi mismidad y por la que no tengo que rendir cuentas a nadie. Bueno, salvo a mí mismo, claro está.

De manera automática me han venido a la mente todas las veces que me he equivocado en la vida, todas las ocasiones que le he fallado a quienes me quieren, todos los compromisos que no cumplí, todas las expectativas destrozadas…pero inmediatamente me he sacudido la cabeza y he pensado, que esas cuentas las he de saldar en otro lugar y en otro momento, sobre todo, aquello que me debo a mí mismo. Pero hay otros asuntos algo turbios aquí dentro, cierta materia oscura a la que, por higiene mental, debería arrojar hacia la luz de una vez por todas y dejar de vivir este continuo polstergate que a veces emponzoña mi cabeza con esas cosillas del otro lado.

Para poder explicarlo con más o menos coherencia, me remontaré al año 2013, cuando, en uno de esos fines de semana que me dejo caer por Bélmez, Antonio Díaz Rodríguez, teniente de alcalde de nuestro queridísimo pueblo, me preguntó que si quería dar el pregón de aquel año, por el 20 aniversario del Botellín. No entraré en detalles que ahora no vienen a cuento y que ya reflejé aquella noche del 19 de agosto con el pozo de la Moralea por testigo:

La aceptación de aquella responsabilidad, la consiguiente elaboración del pregón y todo lo que me trajo de sensaciones, interacciones y, sobre todo, de rebusca en las profundidades de ese pozo que tapié el día que me vine a Madrid y al que me había jurado y perjurado no volver a bajar, conllevó un choque, un punto de inflexión que, desde entonces me ha traído, en mi relación íntima y personal con Bélmez de la Moraleda, muchas alegrías. Creo que por fin nos hemos cogido el punto, que del amor al odio y viceversa hay muy poco recorrido, pero ese camino hay que hacerlo para comprender y valorar todas esas pequeñas cosas que nos unen a la tierra que nos vio nacer.

En serio, podéis pensar lo que os venga en gana, pero cuando ahora colaboro escribiendo en un programa de fiestas –aunque parezca que me sabotean los textos-, cuando comparto mis reflexiones o las de otros sobre Bélmez, lo hago por pura convicción personal, porque creo que me lo debo a mí mismo. Aunque sé que muchos no lo creeréis, no busco ni reconocimientos ni halagos; solo mi propia satisfacción personal, como si de una cura o una terapia se tratara.

Aquí compartiendo cartel con Donato en aquellas fiestas de marras.
De verdad que se fueron los malos rollos. Como cuando nos dejaron de pagar, a mi hermano Paco y a mí, 5000 pesetas prometidas a cada uno por pintar el primer castillo que se montó en la puerta de la Iglesia para representar los Moros y Cristianos, allá por los tiempos de la UCD en la alcaldía. O cuando, ya afincado en Madrid, volvía para las fiestas y, como valía igual pa un roto que pa un descosío, me aprendí en un par de días el papel de rey moro para representarlo junto con Donato, alcalde entonces, pues aquel año hubo a última hora desbandada de actores en las Relaciones. De verdad, todo un honor, pese que al año siguiente, cuando se estrenaron trajes nuevos y todos querían ser otra vez moros o cristianos, nadie reparó en quienes habíamos estado en las duras, que lo mismo nos hubiera gustado ayudar igualmente en los buenos tiempos. O también, cuando al regreso en otras fiestas, se me pide que presente los premios a los belmoralenses del año, ya que al presentador oficial le había surgido un compromiso ineludible. Y cuál fue mi sorpresa, que cuando levanto  la cabeza de los papeles, me encuentro que muy inexcusable no debía ser la cuestión, pues estaba delante de mí, preparado para darle paso al pregonero de aquel año. El hecho es que fue todo un placer formar parte de aquellos premios que estaban dirigidos, sobre todo, a gente de a pie, del pueblo, gente que se había destacado durante aquel invierno en la lucha contra el ninguneo al que nos estaba sometiendo la Administración autonómica, con la callada complicidad de la anterior Corporación Municipal, la misma a la que le habíamos  dado las fiestas el año del Botellín.

Pero que lo dicho, que no me puede quedar mal rollo por estas minucias, sobre todo, teniendo en cuenta que nadie me obligó con una pistola a hacerlo. Como unos días después, en aquel mismo año, cuando se cae del cartel el paisano que tenía que hablar en nombre de los emigrantes y ¿quién lo sustituye?, pues el menda. Claro, que esta vez me sirvió de escarmiento, cuando después de dedicar unas emotivas palabras a quienes vivimos fuera del pueblo, pero siempre lo llevamos en el corazón y tal y tal, me encuentro con que mi padre había pasado un mal rato con unos energúmenos que no estaban de acuerdo con mi elección para el acto y habían decidido boicotearlo.

Y vosotros diréis, si tan superado está, ¿por qué sacarlo ahora? Precisamente por eso, porque el pozo, aparte de cegado, ha de quedar limpio y seco. Decir que no me arrepiento de nada de lo que, de buena fe y con todo el cariño del mundo, hice, me lo pidiera quien fuera y de la ideología que fuera, porque donde otros veían un partido u otro, yo solo veía –ingenuo de mí-  un nombre y un apellido, y no precisamente el mío, sino el de mi pueblo: Bélmez de la Moraleda.

Sé que alguien por ahí piensa que algo busco con todo esto, que algo ganaré. Os diré que sí, que lleva razón, pues nunca llegué a pensar que recibiría tanto cariño de mis paisanos como recibo últimamente, porque no todas las recompensas que ansía un hombre han de ser materiales y que, probablemente, los premios que más te reconforten hasta llegar a hacerte feliz, nada tengan que ver con lo terrenal, sino con lo espiritual. Pare empezar, de tanto valer igual pa un rato que pa un descosío, hemos terminado por aprender a hilar fino.


lunes, 11 de septiembre de 2017

Vientos revueltos



V
ienen días de vientos revueltos: por una parte, los meteorológicos, los provocados por los devastadores huracanes del demonio, aunque imputables a la ceguera y a la sinrazón humana, en un maltrato sistemático hacia este planeta único, que nos estamos merendando a pasos agigantados; por otra parte, los ideológicos, venidos –porque nos atañen a todos los españoles- desde la deriva independentista catalana, achacables al desencuentro, a la incomunicación y –seguro que también- a la ignorancia, o cuando menos, a la falta de verdad.

Y es que no hay mayor desazón que comprobar cómo a pesar del saber que proporciona la experiencia y la historia, el hombre ignora, o simplemente desoye, sus propios avances y conclusiones, para terminar metiendo la pata hasta el corvejón; de nada parecen valer todas las señales y advertencias que sobre el cambio climático, un día sí y otro también, los científicos lanzan al común de la humanidad; de nada parecen valer todas las enseñanzas y señales que la historia ha ido escribiendo y repitiendo –erre que erre- una y otra vez, para seguir tropezándonos en la misma piedra.

Aunque quizá, el origen de nuestra equivocación tenga diferentes connotaciones en unas ventoleras y en otras: que los huracanes Irma, José y todos sus hermanos, primos e hijos, sean más bien fruto de la dejadez y de la pereza humana que de la ignorancia en las consecuencias de ciertos actos, alimentado también por un grado de egoísmo superlativo, pues total, que los que vengan detrás se las compongan. Sin embargo, los vientos fríos y secos de la tramontana que rachean por toda España, son la desagradable consecuencia  de un cercenamiento sistemático y repetido en el tiempo -40 años- de la verdad del origen de lo catalán,  para sustituir la rigurosidad histórica por el cuento, la leyenda del dragón español al que ha de combatir el Sant Jordi nacionalista.

Por eso, llegados a este punto en el asunto catalán, ¿solo nos queda, como a los habitantes de la península de Florida, cerrar bien nuestras casas, tapar con maderas las ventanas y huir lejos del ojo del huracán…?
Yo creo que no, que tenemos que sentarnos a hablar y escuchar, tanto a los unos como a los otros. No es la mejor solución tomar la calle de en medio: ni romper con las reglas democráticas –españolas y catalanas- ni apelar por encima de todas las cosas a la coerción del Estado.

Escuchar voces de jiennenses que viven en Cataluña que se sienten independentistas, que no renuncian a su origen, pero que consideran que lo mejor para su futuro y el de su descendencia es la ruptura con España, a mí no me produce rabia ni asco, tampoco me lleva a la burla o al escarnio. Oír su convencida identidad con la república catalana, me lleva a la reflexión, a intentar ver dónde se produjo la fisura con lo español, para así tenerlo en cuenta para futuras aventuras de otros territorios. Por lo demás, creo que ya poco se puede hacer con quienes tienen tal certeza y convicción, que aunque se base en apreciaciones parciales e inciertas de la historia, se han convertido en una realidad profundamente arraigada. Eso sí, no sigamos cometiendo más errores y entendámonos por encima de todas las cosas, por encima de todo lo revueltos que vengan los vientos.  

(El documental "La fuerza del Sí" da voz a personas que han pasado de ser contrarios a la independencia a partidarios del sí).

lunes, 28 de agosto de 2017

Por fin la lluvia



E
sta tarde habrá tormenta; de repente, un perfume mohoso ha venido a bailar con mi alma. En la plaza, un remolino de hojas y polvo se rebrinca a mi reja, mientras a lo lejos, una carraca de truenos anuncia tu inminencia.

Te estaba esperando, y me dejo hacer por eso, como si me hubieras sorprendido, como si ya no recordara aquel temblor de tu beso mojado y deshecho. La tierra agrietada demanda con fervor tu húmedo consuelo, pero apenas le alivia este baldeo de tejados, este leve espurreo por  las flores de mi macetero.  

Poco duró tu resuello, que casi ni nos dio el tufo fresco de tu hálito, pues todos los pájaros de Mágina se volvieron de nuevo hasta su álamo gordo y frondoso, hasta su árbol guarida, donde las gentes del pueblo cobijan cada día sus parlamentos sin hilo, sus conversaciones sin prisa.

Al poco, cuando aún no se han acomodado las últimas avecillas renegridas, el megáfono de un trueno los vuelve a espantar, y una lluvia de pequeñas cagadas lo enzanaga todo. “Que todavía no me he ido, que aún tenemos que conversar”, me dices, mientras te vas regresando, primero en un murmullo, que después se hace grave y grueso, repiqueteando en los cristales tu canción que anunciara lo bueno de nuevo.      
Lugar en Bélmez llamado "El Parlamento"

De Despedidas y otros contratiempos