El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

miércoles, 2 de diciembre de 2020

Nos han salido arrugas en el alma —Artículo de Ideal Sierra Mágina. Diciembre de 2020—

         Me temo que, cuando lleguen las doce de la noche del 31 de diciembre de 2020 en una triste y desierta Puerta del Sol, este annus horribilis no habrá terminado aún. Por desgracia, para ese último segundo que dé paso al resto de nuestras vidas, la bruja pandémica nos tendrá preparada una última treta. Será toda una crueldad, un conjuro definitivo que estire como un chicle esos 9.192.631.770 períodos de radiación que transcurrirán entre los dos hiperfinos niveles del estado fundamental del isótopo 133 de un átomo de cesio, para transformar lo que tenía que ser el postrero instante de un año, en toda una eternidad. 

Nada cambiará, al menos de repente, por mucho cuidado que hayamos tenido en tomarnos la última de las uvas antes de que sonara la duodécima campanada. Tampoco romperá la maldición de este maléfico hechizo el color rojo de nuestra ropa interior de estreno. Ni siquiera lo lograrán nuestros bien intencionados propósitos para ese hipotético ¿año nuevo? que habrá de llegar. Y es que, a estas alturas de la película, aún no hemos aprendido que esto no va de propósitos, sino de acciones. 





Personalmente, me pasé eso que llaman la «primera ola», buscándole la parte buena al confinamiento que la acompañó. Fueron noventa y ocho reflexiones; una por cada día que no pisé la calle. Noventa y ocho momentos que, incluso en lo más álgido de mi connatural pesimismo, rezumaban esperanza; tanta como ingenuidad.  


Por eso mismo, recibí la llamada «nueva realidad» como si en verdad se tratara de un gran acontecimiento: el momento álgido del año, en el que la mayor parte de la humanidad —escrito así con minúscula, pues muchos méritos habremos de hacer para recuperar el lustre y la magnanimidad perdida como conjunto— iba a aplicar por fin en la práctica toda la sabiduría adquirida durante el encierro. 


Por eso que, entonces, me hice la misma pregunta que el conejo de la suerte: wha´s up, doc?… ¿qué hay de nuevo, viejo?… ¿qué hay de nuevo en la nueva realidad, viejo?… Pero solo un eco enorme y ensordecedor respondió a mi pregunta, como si se intuyera el largo y complicado camino que nos quedaba por delante para llegar quién sabe dónde, mientras la voz de Jim Morrison sonaba de fondo: let it roll, baby, roll…       

Durante otros ochenta días con sus ochenta noches —tiempo más que suficiente para que Julio Verne le hiciera dar la vuelta al mundo a Phileas Fogg— me hice esas preguntas, mientras escuchaba a políticos, expertos y opinantes varios llegar a ninguna conclusión, a la vez que, como Porky, se encogían de hombros diciendo: Th-th-that's all folks!… ¡Eso es to... eso es to... e-eeesto es todo amigos! 


Cuando nos alcanzó la «segunda ola», nada de lo que dijimos haber aprendido obtuvo su aplicación práctica —no obstante, tenemos el dudoso honor de pertenecer a la única especie animal capaz de tropezar dos veces en la misma piedra—. Es normal que entonces cundiera el desaliento. Sí, este era un momento muy complicado para tener responsabilidades políticas. No era además, un trabajo muy agradable para estos tiempos, ya que había que hilar muy fino.  


Pero los pisoteados, ninguneados y ultrajados siempre terminan siendo los mismos. Por eso que, cuando ocurren estas cosas, me avergüenzo del género humano, aunque tal vez debería puntualizar mi apreciación, ya que solo me avergüenzo de una parte de esa inhumanidad, o como mucho de dos partes: la de los poderosos y la de sus cómplices necesarios, convertidos en sus manos con qué golpear y sus pies con qué machacar a todos los demás. 





Entonces, mi familia y yo —como otras muchas— contrajimos el virus. Por fortuna logramos superarlo, pero la ciudad donde vivo, la ciudad abierta que todo te ofrecía se había convertido en un agujero inmundo. Alguien estaba destruyendo el lugar a donde vine desde Mágina cargado de sueños y de esperanzas hace veintisiete años, por lo que sentía unas ganas tremendas de coger carretera y manta y no volver la vista atrás; ni siquiera para echar una leve ojeada por el retrovisor. Para qué, si ya sentíamos la flama de las llamas en la espalda.  


Tener al alienígena dentro te hace cambiar la perspectiva y, sobre todo, te lleva a dudar y a cuestionarte todo: ¿en qué fase estamos ahora?… ¿temporada de patos?… ¿temporada de conejos?… ¿la curva aún crece?… ¿la curva decrece?… ¿se ha estabilizado?… 


Y sí, puede que al principio estuviéramos muy asustados. Tanto, que ni siquiera nos atrevíamos a sacar las narices más allá del alféizar de la ventana; nada más que el ratito de los aplausos, y luego para adentro. Ahora, sin embargo, que parecemos estar bien, o eso se desprende de la serenidad de nuestro gesto cuando nos saludamos —a una distancia prudente— con nuestros amigos, vecinos y conocidos, seríamos capaces de permanecer horas y horas contemplando este precioso paisaje maginense con vistas al fin de la humanidad, mientras nos palpamos las arrugas que nos han salido en el alma. 


Tal vez nos hayamos rendido, que hayamos aceptado nuestra sobrevenida decrepitud, pero sigo pensando que estas arrugas no le sientan nada bien al inconformismo que se nos presupone como los imperfectos miembros del género homo sapiens que somos. 

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Su eterna sonrisa —artículo publicado en Ideal Sierra Mágina, noviembre de 2020—

             Soy un tipo casi triste que está ahí, muy cerca, pero que no termina de llegar a ningún lado. Cualquiera que casi me viera, que me analizara someramente, diría: hay que ver que poco te pareces a tu padre, siempre con su ímpetu y con su eterna sonrisa. 

Por desgracia para mí, para quienes lo queríamos, y para quienes, aun no conociéndolo mucho, lo tenían en estima, ya no podremos disfrutar de su famosa sonrisa ni sentirnos agobiados por su inagotable energía. Y aunque desde el preciso instante que empezó su agónica enfermedad me hice a la idea de ello, echo mucho de menos esa sonrisa que logró que yo solo sea un casi y no un triste del todo, y ese ímpetu que me animó a no desistir nunca en mis empeños.

 

Yo no soy padre, pero, como buen hijo sufridor y bien mandao, le doy la razón a Serrat en aquello de que a nuestros progenitores les debemos, no solo la herencia genética, sino también las cargas culturales —los dioses, el idioma…— y las taras psicológicas que se nos meten en el cuerpo y en el alma de una manera subrepticia —los rencores, las frustraciones, el porvenir…—. Todo eso que nos endiñan con la leche templada y en cada capón, nos lo llevamos puesto por montera a recorrer el mundo, o a construirnos uno propio. Pero a partir de ahí, los aciertos y los errores son solo nuestros, por mucho que nos empeñemos en buscar culpables alrededor. Esto, que parece simple, en verdad nos cuesta media vida comprobarlo, pero ya nos enseñó Sócrates que, mientras aprendemos a tocar esa flauta, tenemos todo el derecho del mundo a sentirnos inmortales. 


El niño de la foto soy yo, hacia 1966. Quien me sostiene es mi padre.

  

Sé que a mi padre le hubiera gustado que en mi flauta sonara otra musiquilla, pero él también terminó aprendiendo que, por muchos gestos suyos que viera en mi expresión, yo no era un apéndice en el que se prolongaran sus sueños, sino alguien parecido a él, pero más triste, con distintos anhelos y con diferente ambición. Sé que le costó mucho, pero lo terminó entendiendo; como yo, que algún día terminaré aceptando que él tenía razón en muchas más cuestiones de las que ahora sería capaz de reconocer.  


Lástima que no existiera otra vida, o que esta que llevamos puesta durara el doble, para poder utilizar una mitad de ella en reconocernos a nosotros mismos y a los demás todos los aciertos tenidos y todos los errores cometidos. Seguro que entonces el mundo sería más justo y llevadero, y que, hasta yo, sonreiría más. Pero si somos capaces de llegar a esta conclusión, si nos atrevemos a bajarnos de los respectivos burros y nos sinceramos en mitad de esa cancioncilla clásica, pop, rock —hasta reguetón si se me apura— que estamos aprendiendo cada uno en su flauta, con toda probabilidad podríamos terminar componiendo, no sé si una sinfonía —no voy a ser ambicioso—, pero un popurrí apañao sí que podría salirnos; lo suficiente como para ir tirando con nuestra humana y defectuosa musiquilla de feria. Porque, en estos tiempos complicados de bozal y distancia, no nos queda más remedio que seguir tocando la flauta más o menos mágica, para componer la melodía que marque nuestro camino. Cada uno tenemos nuestra parte en la pieza, nuestro solo donde lucirnos. Pero, donde en la partitura está escrito que entra toda la orquesta, debe entrar toda la orquesta; si no es así, esto va a ser un verdadero desconcierto. Es más, en las presentes circunstancias, es tan desacertado desentonar, desafinar, descompasarse… como lo es buscar el lucimiento individual con un excesivo y empalagoso virtuosismo. Esto tiene que ser como una banda de jazz, que todos los músicos saben dónde empieza y dónde acabe su solo; y que, hasta la improvisación, tiene sus normas. 


Hace un tiempo, todavía en vida de mi padre, le dediqué un relato en el que le venía a decir que, primero se perdió aquel mundo, su mundo; el mismo que yo intenté rescatar de mi recuerdo para decirle: papá, yo sé lo que hiciste, yo sé quién fuiste. Y fue entonces la primera y la última vez que lo vi leer algo que no fuera una factura de la luz, o del teléfono; o una carta en la que la que se le pidiera tal requisito faltante para ser un ciudadano cumplidor. Ahora me toca a mí meterme en esos entresijos que nada me gustan de papeles oficiales, requisitos ineludibles, facturas y obligaciones varias. Al final, mi padre fue un poco yo, como yo soy un algo mi padre: alguien con grandes proyectos y mejores fracasos que siempre está a punto de lograrlo. Pero me falta una pizca de empuje, tal vez de optimismo que endulce este cóctel de melancolía y agua de tormenta. Soy algo triste, sí. Soy como el dibujo de Quino: un hombre solitario y vestido de oscuro, esperando en el desierto a un tren en vía muerta. Soy un tipo casi triste que parece no terminar de ser ni de estar. Pero he decidido agarrarme al recuerdo de esa sonrisa tan especial de mi padre —su eterna sonrisa—, que lograba que yo solo fuera un casi y no un triste del todo; he decidido agarrarme a ese ímpetu que me animaba a no desistir jamás. 




De Despedidas y otros contratiempos