El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

martes, 30 de octubre de 2018

Conversando con la tarde y con el viento -artículo publicado en Ideal Sierra Mágina, noviembre de 2018-


De un momento a otro espero tu llegada, pues de repente, un perfume mohoso y ligeramente agrio ha venido a bailar con mi alma. En la plaza, tu remolino de hojas y polvo se rebrinca hasta mi reja, mientras arriba, allá a lo lejos, en las alturas de Mágina, una capota hecha de lívidas nubes de esponja, te anuncia. Te estaba esperando, ya impaciente por tu tardanza, y me dejo hacer por eso, dándote cancha como si me hubieras sorprendido, como si ya no recordara el temblor de los besos deshaciéndose en tus labios color russian red. ¡Me alegró tanto tu regreso! ...tu resuello que casi había olvidado, con su revoloteo de pájaros: todos los pájaros de Mágina resguardados de nuevo en su chopo gordo y frondoso; su árbol guarida, bajo el que, mientras entretienen la tarde con un gusano en el pico, observan los parlamentos sin hilo, las conversaciones sin prisa de las gentes del lugar.

Al poco, cuando aún no se han acomodado las últimas avecillas renegridas, resoplas en sus alas y en mi cara, y parece que te estoy oyendo: “que estoy aquí, que tengo tantas ganas de hablar contigo...”. Y me lo dices, mientras vuelves a empujar el fuelle que todo lo mueve y alborota, primero levemente, en un murmullo que después se hace grave y grueso, traqueteándolo todo, hasta conseguir incluso, que tu canción repique en los cristales ese ritmo tuyo de bolero con el que avanzas bailando hacia el invierno.

Te observo desde la ventana, todavía cauteloso con tu juego, a sabiendas que, si me engancho a tu soniquete vespertino, me pongo ñoño y ya no hay exorcismo que me regrese a la luz de los optimistas. Así que leo lo primero que encuentro, y me topo con esta noticia: “El 30% del territorio español concentra el 90% de la población”. Vuelvo mi cara de nuevo hacia ti, que estás ahí fuera con tu cuchicheo incesante, queriendo decirme algo, precisamente hoy que solo quiero que bailemos: tú con tu fuerza; yo con mis ojos, siguiendo entretenido tu danza de hojas, polvo y chiquillos jugando a la pelota. Regreso entonces a las noticias, para comprobar que los hados, con toda clase de malas artes y argucias cicateras, se están esmerando sobremanera en desalinear al resto de planetas con la tierra. Leo el siguiente titular: “Los bancos también emigran del mundo rural”.

Ya no te miro, aunque tú me demandes desde tu parafernalia: una pasarela otoñal con la cadencia melancólica y adusta de este atardecer, donde desfilan hasta los árboles. Pero mi mirada, cansada de leer estas noticias, como en un mal sueño, se ha perdido entre los monstruos que habitan el paisaje del futuro; un paisaje nocturno, lleno de ruinas, donde solo habitan viejos y “zábilas” -sábilas o aloe veras-. Un lugar fantasma que limita al norte con una ciudad llena de luminosos que anuncian empresas y bancos, mientras, hasta las lindes del sur, llega el eco de una fiesta con sus efluvios de vino y de mar. Seguramente, este debe ser el sueño de la razón, que sigue produciendo monstruos muy parecidos a los que pintó Goya.

Me llamas entonces la atención, para que regrese a nuestra conversación, y compruebo que la realidad es solo una premonición de mi pesadilla futurista. En la tarde de Mágina, los juegos de los niños apenas son un murmullo, y no porque no solivianten ni griten, sino porque escasean; ya son seres en vía de extinción en nuestras plazas. En sus bares ya no quedan jóvenes; solo viejos y desocupados que, entre faroles y envites, se sientan en las mesas junto a sus ventanales. Y los bancos, reconvertidos y reducidos a la mínima expresión, abren en días alternos para decidirte la agenda: los lunes al sol del dinero, los martes a la sombra de las medicinas y los miércoles Dios dirá.

De pronto, llega hasta la plaza un 4x4 conducido por un joven, que aparca bajo mi ventana. Detiene el motor, se baja y enciende un cigarro, mientras se queda apoyado en el capó. Su vestimenta lo delata, pues seguro que viene del campo, y que tal vez ha estado regando, o quizá espestugando –si nuestro joven es de Albanchez, Bedmar, Bélmez, Cabra, Jimena, Jódar o Torres-, eschuponando –si es natural de Cambil, Campillo, Cárcheles, Larva o Huelma-, esvaretando -cuando viene de La Guardia o Mancha Real- o esmamonando si lo ha hecho en un olivar de Pegalajar.

Te vuelvo a ignorar, mientras pienso en él y en cómo será su vida, que seguro que mejor de lo que había esperado aquel día, cuando, echado en el capó de su todoterreno, mientras se fumaba un cigarrillo, decidió, entre las idas y venidas, conversar con la tarde y con el viento -ahora me arranco, ahora me quedo con sus arrumacos y sus envestidas-, y que tras escucharles los pros y los contras, optó, como otros muchos, por quedarse a vivir en Mágina, donde las escuelas no se cerraron y los bancos nunca se fueron.      
 



miércoles, 3 de octubre de 2018

Como el último habitante del planeta -Ideal Sierra Mágina, octubre de 2018-

Anoche tuve un sueño. Caminaba descalzo por las calles solitarias de mi pueblo. Bajo mis pies, un tacto acolchado y confortable, como si levitara varios palmos sobre el suelo o anduviera sobre unas aparatosas calzas hechas de hierba, de  una hierba tupida e invisible. Tenía la sensación extraña y familiar a la vez de sentirme el último habitante del planeta. 

 Sé que era el futuro, aunque no sabría deciros el porqué. Tal vez por la luz del mediodía y el fuerte aroma de las higueras que lo impregnaba todo. Y mientras disfrutaba en las alturas de mi ingrávido paseo, pensaba: ¿a qué esta sensación tan placentera?, ¿por qué me puede hacer feliz ser o sentirme el último ser en esta Tierra?... ¿así será el futuro que me espera?... ¿tal vez un nirvana tibio de olorosos higos dorados por el sol?... 

Entonces, me despertó sobresaltado un presentimiento, e inmediatamente di un salto de la cama para buscar en mi portátil las fotos que había tomado por el pueblo durante estas vacacionesallí estaba, calle tras calle, rincón tras rincón, el recorrido de mi sueño.  

Antes os pondré en antecedentes: cada dos años tengo la costumbre de hacerle un hueco en mi equipaje a la cámara fotográfica con el propósito, un tanto peregrino, de hacerme con un archivo histórico sobre la representación de los Moros y Cristianos que se hace en Bélmez durante las fiestas de agosto. Al menos, eso es lo que  voy contándole a todo el mundo. En realidad, no tengo muy claro que ese sea el motivo, que también. La cuestión está en que, en esta ocasión, una vez concluidas las fiestas, he seguido teniendo una inexplicable necesidad de fotografiar, no tanto a personas o a objetos concretos, sino a las calles y plazuelas; esos detalles que se esconden en sus esquinas y en sus rincones, que a simple vista no vemos, pero que terminan por aparecer una vez congelado el momento preciso en el encuadre de nuestra instantánea.  

Así que cámara en ristre me encaminé, no ya por las calles de todos los días, sino precisamente por aquellas que tanto añoro y que, tras invocar a los dioses del recuerdo y a los héroes de la memoria, terminan apareciendo reflejadas en mis escritos tras una neblina de irrealidad y fantasía, como si se trataran de una de las caras de María. Mientras disparaba mi objetivo, iba haciendo memoria a la vez que me sorprendía por la revelación misma del instante: hacía más de treinta años que no pisaba por la mayoría de ellas. 
La primera, el Callejón, laberinto que fue de mis juegos infantiles; también escenario de mis primeros e ingenuos escarceos, pero sobre todo lo recuerdo como un fuerte del Far West dondedurante las semanas anteriores a San Antón, horca en mano y cara de perro perfectamente ensayada, custodiábamos los zarzales cada tarde al salir de la escuela. 

Proseguí después por la calle María Gómez, pero en sentido contrario a la casa de las caras, no por eludir el rincón más fotografiado de este pueblo, sino por huir de sentimientos encontrados junto a mi casa natal. Doblé entonces por la calle Gargantón, tal vez la más original de las calles de Bélmez, con sus dos alturas de casas: a ras, las de la derecha, y elevadas en un montículo, las de la izquierda; como original solución a los obstáculos orográficos que se les fueron presentando a quienes decidieron asentar precisamente aquí un pueblo. 

Y llegué a las Eras, y aunque hice una foto de su plaza con el gentío del mediodía, preferí los rincones que iban descubriendo sus callejas a uno y otro lado: la de las Flores, el camino del Paso… hasta que me adentré en las Cuevas por una calle que ahora se llama Pablo Picasso, como si con ello se nos previniera de cierta cadencia cubista en las formas de sus casas. Pero sobre todo, allí estaba la casa de los pinos, a cuya sombra tantas confidencias compartí con uno de sus moradoresmi amigo Antonio.  

Precisamente delante de esta foto, mientras me lamentaba de la tala sufrida con el tiempo en el pinar circundantecomprendí la epifanía de mi sueño de la noche anterior. Vi entonces con claridad,  que tenemos que salir de los recorridos rutinarios, anodinos, casi mecánicos del bullir de nuestros pueblos. Hay que huir, abandonar lo manido y gastado, y buscar nuevas solucionesAunque es sano y hasta recomendable que sepamos de dónde venimos y quiénes fuimos, no podemos caer en la añoranza de un pasado con sus cosas malas y buenas que jamás regresarán, porque debemos mirar nuestros pueblos desde esas otras perspectivas que nos llegan desde la periferia, desde el detalle más nimio, desde  el rincón más recóndito, desde la más humilde de las calles, desde la más sencilla de las propuestas.  

Por ejemplo, propongo que nos acerquemos hasta Bedmar, no por la frondosidad del adelfal, sino bajando por el castillo viejo; sugiero una mirada nueva y diferente de Huelma dejándonos caer de la plaza Nueva por sus calles empinadas; planteo una perspectiva de Pegalajar que no se centre en su charca-corazón del pueblo, sino que se detenga minuciosamente en el recorrido de las diferentes arterias-acequias que la implementan con sus aguas cristalinas desde los numerosos pozos que conforman su geografía, hasta que encontremos el camino que nos lleve levitando hasta el futuro de Mágina, donde parece ser que siempre es mediodía y el olor de las higueras lo impregna todo, para hacernos sentir como si fuéramos ese último habitante en el planeta. 

De Despedidas y otros contratiempos