El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

martes, 31 de octubre de 2017

El sentido de pertenencia (artículo aparecido en Ideal Sierra Mágina, noviembre 2017)

L
as redes sociales, con sus luces brillantes e hipnóticas, desembarcaron un buen día en nuestras vidas, para convertirnos en permanentes aprendices de un nuevo y cambiante orden relacional.  Fuimos adquiriendo, con mayor o menor destreza, las habilidades tecnológicas necesarias para desenvolvernos con cierta soltura  en este mundo paralelo, donde la amistad ya no se gana, sino que se pide, y la impostura triunfa con su virtual realidad. Como era de esperar, en una estructura incierta y sometida a una permanente transformación, aparecieron los encasillamientos según gustos y afinidades. No existe usuario de Facebook que no pertenezca a uno o varios de los numerosísimos y variopintos grupos que pueblan su universo, constituyendo a la postre una valiosísima información, desde nuestras preferencias musicales y deportivas, hasta nuestras convicciones ideológicas o políticas.

Hay un tipo de entre esas militancias, que pone de manifiesto la subsistencia aún en estos tiempos modernos, tiempos salvajes, de la vieja e incurable enfermedad de la nostalgia. Me refiero a esos grupos donde los sentimientos afloran para tocar con sus manos turbadoras el sentido de la pertenencia y de la fidelidad a nuestras raíces: Jaén, solo hay una, Mágina en fotografías, Huelmenses, Bélmez de la Moraleda, pueblo abierto al mundo, Bedmareños, No eres de Pegalajar si no…conciliábulos a cuyo alrededor, ni cortos ni perezosos, buscamos esa confidencialidad de los paisanos con que retroalimentar el orgullo de ser de nuestra tierra; donde una vieja fotografía nos lleva de nuevo a carrera por las calles empedradas antaño de los pueblos de Mágina, sorteando cajoneras con nuestras zapatillas Tórtola recién estrenadas, todavía con el regusto del pan con aceite y azúcar lubricando y deleitando nuestras papilas gustativas; donde nos reencontramos con antiguos compañeros de pupitre, para rememorar una y otra vez esas tropelías propias de niños de pueblo, que nunca alcanzará a comprender tu compañero en la oficina: comer allozas hasta que te duela el estómago, robar cerezas como obligada práctica deportiva, pues siempre se terminaba corriendo delante del guarda rural o coleccionar pupas en las rodillas a modo de medallas al mérito infantil.

Son además, páginas que engrosan sus filas de manera exponencial, debido sobre todo a los entusiastas hijos de la migración, ávidos por demostrar su inquebrantable lealtad, cubriendo de “megustas” y parabienes a la madre, al terruño; conjurándose desde las tierras de promisión madrileñas, valencianas, catalanas…por un ansiado regreso a Ítaca/Mágina, tantas veces pospuesto. 

Pero de repente ha llegado el problema de Cataluña, aunque en realidad siempre ha estado ahí, acechando con su crónica anunciada de desgarro y convulsión, para llenarlo todo con su ruido de  caras turbias y su desazón de ramales partidos.  Y en lo que a los de aquí nos ha parecido de un día para otro, hemos visto a nuestros hermanos, primos, hijos, amigos catalanes derramarse contra el muro de nuestro aturdimiento, incomprensión, compasión, desafectación, solidaridad, contrariedad…pues de todo hay en la viña del señor para confundirnos y entristecernos más si cabe.



Las redes, en un inquietante calco de la realidad, arden, que diría Juan Soto Ivars, en un sanantón adelantado. Los unos, sacando las banderas del fondo del arcón, donde se apolillaban en el olvido, junto a la camiseta de la selección española de fútbol. Los otros, plantando también la estelada en el Aznaitín, en la Serrezuela, en el Gargantón o en el tejado del refugio de Miramundos, mientras, en su fe ciega, repiten como un mantra el decálogo de bondades que traería el advenimiento de la república catalana. Los menos, rebatiendo desde la cordura las soflamas de los unos y los otros, para terminar acusados por todos de insensibles e irresponsables, de ser unos “pocasangre”, o como dicen ahora, equidistantes.

La cosa va de emociones, por lo que la batalla se desarrolla en la jurisdicción  de los sentimientos, donde todo resulta imprevisible e irracional, porque anda metido en el asunto el corazón. Intentar pontificar por una solución conciliadora, que acerque posturas y sane heridas, parece iluso, cuando menos osado. Y aunque la denostada clase política de una y otra parte lograran un milagro, el desgarro es ya irreparable.

Aunque quizá no todo esté perdido. Solo tenemos que encontrar el antídoto y combatir esta aflicción con parecidas armas. Habrá que moverse entre las trincheras de uno y otro bando, dejando a un lado la lógica y lo predecible, para atacar por sorpresa, en el mismo centro del corazón, por el flanco de los sentimientos y con el cuchillo de la pasión entre los dientes.

Echaremos mano a cuanto nos une, a lo que compartimos y nos identifica: ese sentido de pertenencia a Sierra Mágina que saque lo mejor de nosotros; el espíritu de lucha que se llevaron como único equipaje vuestros abuelos, vuestros padres, cuando en los años 50 y 60 se marcharon con un ojo en su camino y el otro en vuestro porvenir; el mismo ilógico sentimiento que llevó a nuestros abuelos, a nuestros padres, a permanecer aquí partiéndose el alma por el futuro de estas tierras, de estos pueblos, y por el nuestro; el mismo orgullo que nos reubique bajo el cielo, como hijos de un mismo lugar.    

     

sábado, 28 de octubre de 2017

Belmez, nuestros tocayos cordobeses

R
ecuerdo aquellos mapas geopolíticos que ilustraban los libros de Sociales de la antigua Educación General Básica. Aquellos mapas que representaban las regiones y provincias españolas, con sus Castillas, la Nueva y la Vieja, sus provincias Vascongadas, el Sahara español –una porción de desierto cuyas fronteras parecían haberse trazado con escuadra y cartabón y que perteneció a España hasta el año 1975- y sus Islas Canarias, a las que nuestra mente situaba de manera inconsciente debajo de las Baleares, pues allí las solían colocar los mapas de la época, por evidente falta de espacio. No quiero ni imaginar cómo se las hubiesen apañado las editoriales para ofrecer en un solo vistazo la visión de las Españas de Felipe II, aquel cristianísimo imperio donde nunca se ponía el sol.

En aquellos libros, para mejor pedagogía, las riquezas e industrias de cada región se dibujaban directamente; a cada provincia, a cada ciudad o pueblo, lo suyo. Así, aparecían unas fábricas con sus humeantes chimeneas en Vizcaya, unas escopetas y pistolas en Éibar –por la industria armamentística, no por ETA-; unas hermosas naranjas con hojas verdes se situaban en las huertas valencianas, un automóvil en Valladolid, unos ramos de olivo con unas aceitunas verdes y brillantes en Jaén y un todo terreno en Linares –¡dónde quedó aquella época para un Linares próspero!-; un montón de industria y factorías de todo tipo desparramados por el mapa de Cataluña, con sus paños en Tarrasa, como tiene que ser… Pero no, no voy a hablar de Cataluña ni de la diversidad que confluye en esta piel de toro nuestra, con su herida abierta en canal precisamente hoy 28 de octubre de 2017. Hoy hablaré, sin embargo, de las confluencias y coincidencias que nos hace iguales y hasta nos confunden.
En las ilustraciones que representaban a la provincia de Córdoba, recuerdo que aparecían un pico y un casco minero al lado de los nombres de Belmez, Peñarroya-Pueblonuevo. Ahí fue cuando los niños de mi generación descubrimos que había otro Belmez no muy lejano, que además era famoso, pues aparecía en los libros por sus minas de carbón, aunque el maestro nos contó no sé qué historia de su alcalde y de un programa de televisión llamado “Un millón para el mejor”.

Hasta aquí todo dentro de la normalidad de la homonimia, no solo entre pueblos y ciudades españolas, sino también entre los de aquí y los de América latina (Mérida, Córdoba, Cartagena…). Pero en lo que respecta a nuestros tocayos cordobeses y nosotros, empezaron a surgir confusiones, digamos embarazosas, en el momento que nosotros saltamos a los periódicos y televisiones de todo el mundo por “la cara”. Aquella coincidencia llevó hasta Belmez de Córdoba a mucha gente en busca de las famosas caras. Al principio, puede que les resultase cómico, pero cuando el diario Pueblo comenzó a echar carbonilla y nitrato de plata sobre las caras de la María, no les hacía ni pizca de gracia que los trataran de farsantes y cara duras, ¿os suena?

Aquí, en el Bélmez del otro lado de Sierra Morena, en el de Sierra Mágina, supimos de aquellos equívocos, cuando los confundidos en cuestión llegaban por fin a su destino y, delante de las famosas teleplastias, nos lo contaban entre asombrados y divertidos. Hay que tener en cuenta, que por aquellos entonces no se tenía el Google Maps y que raramente aparecíamos en los mapas de Carreteras –curiosamente, Solera sí-. Así por ejemplo, una Isabel Pantoja de apenas 19 años casi no llega a su actuación en la verbena de las fiestas de agosto, ya que, junto a doña Ana, su madre, se plantó en la desierta y nada festiva plaza del pueblo cordobés, en lugar del nuestro. En otra ocasión, un mitin electoral de la UCD se celebró casi a las doce de la noche, cuando el que fuera ministro de Justicia y Presidente del Parlamento español, Landelino Lavilla Alsina, llegó por fin al parque del Nacimiento, después de haber pasado a saludar a nuestros tocayos del valle del Guadiato.
Castillo de Belmez (Córdoba), cuya antigüedad se remonta al siglo XIII

A mediados y finales de los setenta, bastantes jóvenes de Bélmez nos marchamos a estudiar a Córdoba. Evidentemente, cuando nos preguntaban por nuestra procedencia, teníamos que aclarar de cuál de los Belmez/Bélmez éramos. Así fue como patentamos la fórmula con la que socarronamente explicábamos la diferencia: nosotros pertenecíamos a Bélmez de la Moraleda, de la provincia de Jaén, el que llevaba tilde en la primera “e”, que además tenía su apellido –de la Moraleda-, que había otro “Belmez” sin tilde en la primera “e” que era una pedanía de “Bélmez”, el que es una palabra llana, con tilde en la primera “e” y que, efectivamente, teníamos unas caras que salían en el suelo de una cocina y que no éramos unos estafadores, que allí estaban, que fueran, que las vieran y entonces opinaran.
Castillo de Belmez (Jaén), cuya antigüedad se remonta al siglo XIII


Después de tantos años de coincidencias y confusiones, alguien debería poner fin a esto, digo yo, con uno de esos hermanamientos que se suelen hacer entre pueblos. Sería bonito que Belmez de Córdoba y Bélmez de la Moraleda de Jaén, se intercambiaran y confluyeran para conocerse y para ser, como no, por fin hermanas. Ahí lo dejo, para quien corresponda.    

sábado, 7 de octubre de 2017

Catalunya, t´estimo

A
hora que todo parece romperse, no se me ocurre otra cosa qué hacer, qué decir. Quizá en un último intento de sentirme escuchado, comprendido por ti y también por ti –hermanos hoy irreconciliables-, si es que el ruido del pensamiento de uno deja que mi voz le llegue, si es que la adrenalina que le bulle al otro  deja que mi gesto le toque.

 Y de nada nos sirve lamentarnos de lo que hicimos o dejamos de hacer, de lo que dijimos o dejamos de decir, de lo que nos chuleamos o simplemente nos ninguneamos. Lo que importa está por venir y, salvo la muerte, todo tiene remedio. Y aunque la solución parezca un imposible, algo complicado, muy remoto, puede estar esperándonos detrás de la esquina, tras un gesto nimio, un “¿decías algo” respondido por un “me ha parecido que hablabas” y sin comerlo ni beberlo poder empezar de nuevo, porque ahora, que todo parece romperse, no se me ocurre otra cosa qué hacer, que decir: Catalunya, t´estimo.


De Despedidas y otros contratiempos