El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

sábado, 29 de julio de 2017

El primero de los árboles



         Los sucesos de la infancia y de la adolescencia acaban impregnando todo a rededor con sus fragancias y olores, tiñéndonos el carácter en unas tonalidades u otras. Es el efecto conocido de la magdalena de Proust –y no me refiero al supermercado ecológico que existe con ese nombre en Madrid-, sino al escritor francés y al primer tomo de su obra, Por el camino de Swann: “...Era el mismo sabor de aquella magdalena que mi tía me daba los sábados por la mañana. Tan pronto como reconocí los sabores de aquella magdalena… apareció la casa gris y su fachada, y con la casa la ciudad, la plaza a la que se me enviaba antes del mediodía, las calles…”
Cuadrilla con Juan Cano padre, Paco Cano y Juan Cano hijo.




         Casualmente los olores, sabores, colores de mi infancia tienen que ver de largo con magdalenas y tortas de chicharrones y almendrados y alfajores y “mantecaos” pobres y manchegos… -pues soy nacido y criado en una panadería- pero también con la aceituna recién vareada, cuando a eso de la hora del ángelus el sol ya la ha calentado lo suficiente en la improvisada parrilla de los fardos y hasta las pituitarias de los aceituneros llega un efluvio vaporoso y frutado, que recuerda a higuera y a hierba y que, como si de un resorte se tratara, termina activando los jugos gástricos. Como le dice Juan Eslava Galán a su amigo chino japonés Masaru hablándole del olor de la masa –vianda- de la primera molienda: “El que lo huele una vez, ya no lo olvida nunca. Es un olor evangélico. Huele a verdad y a vida” (Las rutas del olivo. Masaru en el olivar).  
Portada del libro de Juan Eslava Galán

         Esta primavera por ejemplo, en uno de mis regresos a la madre, a la familia, a Bélmez, mientras miraba el destello de los olivos en la ventanilla del coche –del mar de olivos que tanto gusta decir por estos pagos, mientras un hilo de orgullo se nos va cayendo barbilla abajo- veía el ramón amontonado en las camadas y recordé que estábamos en tiempo de corta. Viajé unos años atrás hasta sentir de nuevo una bofetada de calor en la cara, como cuando una inoportuna ráfaga de aire cambiaba el fragor de la hoguera dispuesta para quemar todo el ramaje desmochado. Entonces, mi hermano arrastraba entre maldiciones las támaras ardiendo, mientras yo corría para echar unas cavadas de tierra en la lumbre. “¡Tío eres un inútil!” Pero en esos momentos de apuros siempre aparecía mi padre, un recio agricultor de cuarenta y pocos años por aquel entonces, que no conocía ni la fatiga ni lo imposible. Con tres toques de azada y dos patadas a la hoguera, agachaba las llamas y hasta conseguía apaciguar al mismo viento. Eran otros tiempos: mi padre era joven y fuerte, el ramón se quemaba en lugar de usarlo para abono del propio olivar, las vibradoras acababan de hacer su aparición en la recogida y eran tan pesadas… y si escarbo un poco más aparecen, como si de restos arqueológicos se trataran, las cribas, las bestias cargadas con colmo de sacos de rafia, los capachos…


Este océano verde del que tanto presumimos no era tal a principios del XIX, porque  los olivos que griegos y fenicios nos trajeron desde el Mediterráneo oriental, que los romanos nos enseñaron a mimar y los musulmanes conservaron,  fueron relegados y casi extinguidos por los colonos cristianos que llegaron del norte con sus cereales y su ganado. Fueron nuestros bisabuelos y nuestros abuelos quienes repoblaron de olivas esas Ramblas y esas Manseguillas, para que ahora alcemos la cabeza con eso tan manoseado del mar plateado. Ellos comprendieron el error, porque el olivo es la nobleza y la generosidad hecha árbol, que dice Eslava, o el primero de los árboles, que dijo el hispano romano y gaditano Columela, pues su cultivo necesita poco cuidado, aconsejando una poda cada ocho años, aunque Plinio y Catón establecieron la conveniencia de quitar las ramas secas y rotas una vez al año.

         Nuestra vida, nuestra economía gira desde entonces  alrededor de las olivas –que es como aquí se llama al árbol y no al fruto-. Y lo que a simple vista pudiera parecer en continuo cambio y evolución, no lo es tanto cuando acercamos la mirada hasta el olivarero y su parcela y su cooperativa y su pueblo, donde seguimos, como hace casi cien años, haciendo la guerra por nuestra cuenta, dándole más valor a la producción que a la comercialización, y dentro de la producción, a la cantidad que a la calidad, y dentro de la comercialización, a las pesadas y poco prácticas garrafas de cinco litros que a las manejables y comerciales de un litro, y lo de vender on line, que nos da salpullidos... Además, le seguimos teniendo miedo a que comience la nueva campaña y la bodega aún no esté vacía y entonces malvendemos a los italianos cisternas y cisternas de aceite, para quejarnos luego de que venden nuestro aceite como propio y que no hay estabilidad en los precios. Para colmo, otra amenaza se cierne sobre nuestro cielo y, casualidad, también nos llega de Italia: la silenciosa, callada y mortífera xilella fastidiosa, ¡qué fastidio!, ¿no?.

         Quizá nos toque a nosotros, como antes a nuestros bisabuelos y a nuestros abuelos, dar un paso adelante y llenar nuestras cooperativas de químicos que hagan nuestro aceite, no sobresaliente que ya lo es, sino superior. Probablemente seamos la generación llamada a poner a la cabeza de nuestras cooperativas a gerentes profesionales, a salir fuera de nuestros quehaceres de agricultor y ponernos a vender sin intermediarios, con comerciales que representen nuestra marca. Irremediablemente y ya con urgencia, estamos obligados a tener en nuestras cooperativas ingenieros agrónomos capaces de atajar plagas, de optimizar explotaciones, de enseñarnos a tratar nuestros olivos, no para que produzcan más, sino para que produzcan bien.

         Mientras tanto, y todavía rememorando ese olor de las aceitunas negras y brillantes abriendo mi apetito, aquí dejo el enlace de la página web de nuestra cooperativa, por si alguien quiere comprar aceite (https://laperlademagina.es/), cuando me vienen a la cabeza aquellos versos tan sentidos de Lorca:
Conozco tu encanto sin fin, padre olivo
al darnos la sangre que extraes de la tierra
como tú yo extraigo mi sentimiento
el olio vendito que tiene las ideas.
Un servidor, con pose poco productiva, como para un cuadro de Velázaquez.

jueves, 20 de julio de 2017

Infierno de cobardes



El adjetivo latente tiene su origen en el vocablo latino latens y describe algo que está oculto y en apariencia inactivo, pero a la espera de entrar en acción. Por poner un ejemplo, el grupo de Facebook de Bélmez de la Moraleda tiene 2236 miembros a una hora incierta del 19 de julio de 2017, de los cuales interactuamos regularmente unos 20, quizá 30 perfiles. Por el contrario, más de 2200 permanecéis en estado latente.

Desde el punto de vista de la física, “el calor puede definirse como latente cuando se necesita y aplica en modificaciones de estado sin que ello represente un aumento de la temperatura del cuerpo que lo recibe” (Julián Pérez Porto y Ana Gardey. Definicion.de). Lo que extrapolado al “lugar de encuentro entre paisanos y amigos de Bélmez”, nuestro muro permanece en apariencia tranquilo la mayor parte del tiempo; opinamos y “posteamos” los mismos pesados de siempre, interactuamos 6 o 7, la publicación en cuestión recibe 25 0 30 “megustas” y el resto no lo ve, o si lo hace, lee y calla desde su latencia. Un ejemplo real: mi entrada del 13 de julio De nombre Bélmez y apellido Moraleda, obtuvo 47 “megustas” y 5 “meencantas”, aunque lo leyeron, o al menos lo ojearon, 1456 miembros o no del grupo, sin que con ello echara fuego el “face” o haya cambiado nada en mi vida –ya engordo yo bastante de por mí, como para que también lo haga mi ego-.

Las redes sociales son tan fascinantes como inquietantes, tan beneficiosas y adelantadas como ruines y oscuras, tan cambiantes y hasta tan adictivas. Soy obviamente un incondicional de ellas, me maravilla este mundo, pero siempre procuro respirar antes de teclear, antes de dar un “intro”; de lo contrario, cuando me equivoco, me toca rectificar y pido disculpas. Pero, aunque no lo creáis, la mayoría de las ocasiones, aprieto los puños, abro los ojos como platos y observo.

Intenet es irreverente, revolucionaria y está –de momento- lejos del alcance de cualquier poder, salvo que estemos hablando de dictaduras tipo China o Corea del Norte. Pero sobre todo, internet es democrática, por lo que todos pueden opinar, tengan o no razón, lo hagan con más o menos acierto, faltando o no al respeto y a la gramática y a la ortografía. Como alguien decía hace unos días, lo malo de las redes sociales, es que las conversaciones de taberna han cogido un empaque de oficialidad que resulta grosero, sobre todo cuando habla el borracho de la esquina o el cuñado fanfarrón. Eso sí, la solución sigue siendo la misma: te das la vuelta y no le haces ni caso, al menos por salud mental.

Pues como decía, estaba yo estos días, como siempre, observando el latido poco cambiante de nuestra página, cuando un movimiento inusual desde la sombra de la latencia llamó mi atención. De pronto, miembros que llevaban meses, incluso años sin decir aquí estoy yo, pasaban a la acción y hacían subir la temperatura del muro hasta la incandescencia. El desencadenante, un enésimo apagón de luz, aunque imagino que el que fuera en plena siesta del mes de julio arreó más broza a la lumbre.

El alcalde de Bélmez –que, aunque alguien lo volvió a agregar hace unos días, es miembro de este grupo desde 2013- entró en la discusión. Y lo dicho, las redes no tienen normas, cada uno marca las suyas; unos se deciden por dar si han recibido, otros por atizar a diestro y siniestro sin más, los más por callar…

Ayer, alguien –que está en su perfecto derecho- según parece, harto de reivindicar o trasladar sus peticiones por las vías convencionales, expresó su amarga queja en este muro. Yo no voy a entrar en si tiene o no tiene razón, pues si algo hubiera querido opinar al respecto lo habría hecho ya en la mencionada publicación.  Pero sí me llamó la atención la comparación que nuestro paisano hace de Bélmez  y una película de Clint Eastwood, High plains drifter, titulada aquí Infierno de cobardes, no porque me sienta aludido, aunque no deje de ocuparme ni preocuparme, como todo lo que atañe al pueblo. 

En el film, que dirige el propio Eastwood, un forajido llega a un pueblo llamado Lago, donde nada más descabalgar mata a tres individuos que le amenazan. Visto esto, las fuerzas vivas del pueblo deciden contratarlo para defenderse de unos ex convictos que habían  jurado venganza. Mientras el enigmático vengador va elaborando una concienzuda puesta en escena para terminar con los desalmados bandidos, se van desentrañando los verdaderos motivos que le mueven a tomar parte en ello. Así descubrimos cómo estos habían matado a su hermano y anterior sheriff, ante la  abstención cobarde de todo el pueblo. La película fue bastante controvertida en su tiempo: los nombres de los directores de cine Sergio Leone, Don Siegel y Brian G. Hutton aparecen en las lápidas del cementerio de Lago, nada más cepillarse a los tres del principio de la peli, el protagonista comete una violación y se queda tan pancho –no creo que Eastwood rodara de igual forma hoy día esta escena-, hasta John Wayne protestó en una carta dirigida al director.

La película es digna de estudio: un lugar desolado habitado por personas que parecen empeñarse en comportarse de manera totalmente irracional –salvo que tienen miedo, claro-. Es un western descarnado y brutal, desprovisto de cualquier vestimenta que camufle la esencia del género, y aunque el alumno quiera enterrar al maestro, el film es puro Leone, con un ángel vengativo insólitamente terrenal, que diría Alberto Pezzota.

No veo yo a Bélmez de la Moraleda como un infierno de cobardes. Cada cual tiene su calvario particular, su historia por la que penar, pero también su instinto de supervivencia para salir adelante antes de desesperarse sin remedio, como en este caso ha sido plantear abiertamente el conflicto en el muro de nuestra página. Eso es valiente más que desesperado y puede que hasta que le dé sus frutos a nuestro paisano en particular. Por otra parte, esa misma supervivencia puede llevar a quienes permanecen al margen, en su estado latente de ni sabe ni contesta, ni chicha ni limoná, a ser cobardes o tal vez prudentes.

De lo que sí estoy seguro, es que no hace falta que a Bélmez venga ningún vagabundo del altiplano que se cobre venganza o resuelva injusticias a golpe de revólver y violación. Si sabemos usar las armas que nos da la democracia, no solo para opinar, sino también para reclamar lo que creemos justo, tendremos mucho andado. Una vez que ya se ha conseguido llamar la atención, no creo que sea difícil encontrar una solución razonada en el despacho de este alcalde. No en vano, está ahí porque ganó unas elecciones, no porque lo nombraran a dedo los próceres del lugar.  

jueves, 13 de julio de 2017

De nombre Bélmez y apellido Moraleda



“Ha llegado nuestro momento”, se decía para sí aquel modesto pueblo blanco de nombre Bélmez y apellido Moraleda, recién construido su alcantarillado, instalada su agua potable en todas las casas y con ese aire de niño con zapatos nuevos que le daba estrenar el asfalto aún fresco, donde esconder sus descarnadas y antiguas calles de empedrado. Corría el año 1962 y una borrachera blanca y resplandeciente encalaba sus fachadas con un aire postinero, que diría Guzmán Merino, que había que contar a los cuatro vientos el fin de la oscuridad, que la luz eléctrica había terminado por alumbrar la noche de la última y más humilde de sus casas apenas cinco años antes, que era el momento de poder fardarle a Huelma, a Bedmar, y hasta a Jódar, que para ello ya tenía teléfono desde 1956.



Calle Primero de mayo, años sesenta del pasado siglo.

         Se sabía pequeño, con apenas un ciento por encima de las dos mil almas, pero coqueteaba ufano de sus logros como de pueblo grande, con su fábrica de Conservas y su cooperativismo galopante. Atrás quedaban muchos malos momentos, el último además muy reciente, durante aquellas inundaciones de abril del 58 que arrastraron varias de sus casas de las Cuevas. Pero todo había pasado, ahora era un pueblo feliz desde las Eras hasta el Barrio.

         Aunque no era esa incipiente industria entonces, la misma que lo habría de convertir dos décadas después en un municipio opulento y barrigón, lo que más le enorgullecía al pequeño Bélmez. Lo que le hacía sonreír con cierto aire socarrón era mirarse en los ojos de aquellos niños que se asomaban al conocimiento y también al asombro por la vida misma, desde sus pupitres nuevos, con sus pizarras lisas y grandes llenas de quebrados y oraciones, desde su colegio amplio y acogedor desde donde decir adiós a las aulas de niñas y niños dispersas e improvisadas por doquier.

Cuento de Martita. Fuente: internet.
         Y para terminar de henchirse en su vanagloria, al año siguiente tuvo su biblioteca municipal, para que las niñas y los niños de la Moraleda se aficionaran a la lectura, aunque Pepe Rubio, su bibliotecario, tuviera la peregrina concepción de que a los nueve o diez años solo te pueden interesar  los cuentos de Martita, si eres niña o Las aventuras de Tintín, si eres niño, dando lugar sin querer queriendo a que, hoy en día, muchos de aquellos niños, sigan siendo grandes aficionados a los cómics a sus cuarenta y muchos años.

         Era la segunda mitad del siglo XX y Bélmez se lo repetía una y otra vez para los adentros de sus esquinas, para los recovecos de sus calles, para las tripas de sus recientes alcantarillas, “ha llegado nuestro momento”. Así que, tomó carrerilla y creció y prosperó hasta donde el tiempo y las autoridades lo permitieron. En el trayecto hubo esfuerzos y recompensas, errores y aciertos, envidias y también admiración. Como dicen los viejos del lugar: “éramos la envidia de toda la comarca”. Pero recordad, que la historia es cíclica. Solo hay que conocerla, observar y con las ganas y los instrumentos adecuados, todo puede volver a pasar. Y el viejo Bélmez de apellido Moraleda, parece muerto, pero no lo está. De muchas y peores se le ha visto regresar henchido y ufano, con su aire postinero, que diría Guzmán Merino. Si no, tiempo al tiempo.    
        

sábado, 1 de julio de 2017

Aquel verano



A
quel verano, con sus esquinas empapeladas de siglas, con su aire mitinero, con sus “siestas interruptus” a golpe de himnos y consignas,  yo tenía once años y una certeza: todo iba a cambiar.
         Aquel verano de hace cuarenta años, ganó Suárez, ganó su sonrisa, ganó su voz, su “puedo prometer y prometo”. Aquel verano, Mariano Rajoy acabó Derecho, y a buen seguro, que ya se veía registrador de la propiedad; ni por asomo presidente del gobierno. Aquel verano, Pedro Sánchez jugaba divertido con los clips de Famobil, ajeno por completo a los resultados que en ese momento daba la televisión. Aquel verano, Pablo Iglesias, como la Constitución, solo era un deseo, ni siquiera un proyecto. Pero tú y yo, sabíamos que todo iba a cambiar.
         Aquel verano, nosotros, que apenas teníamos once años, vimos por primera vez puños, hoces y martillos. En cambio, los yugos y flechas, las cruces carlistas, alguna vez los habíamos hojeado en los libros de texto de nuestros hermanos mayores. Porque todo se mezclaba en el aire con una inusual naturalidad; los viejos himnos con aires nuevos, las nuevas siglas y los sectores históricos, la esperanza y el recelo… pero tú y yo andábamos en otras.
         Aquel verano, apagados los focos y los micrófonos, encendí tus mejillas con un beso a traición. Aquel verano ganó Suárez, su sonrisa, su voz. Aquel verano también gané yo, o eso quisiste que creyera. Todo cambió, ya nada fue igual; tampoco tú y yo.  
Resultados de las elecciones del 15 de junio de 1977 en Bélmez de la Moraleda.

De Despedidas y otros contratiempos