El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Su eterna sonrisa —artículo publicado en Ideal Sierra Mágina, noviembre de 2020—

             Soy un tipo casi triste que está ahí, muy cerca, pero que no termina de llegar a ningún lado. Cualquiera que casi me viera, que me analizara someramente, diría: hay que ver que poco te pareces a tu padre, siempre con su ímpetu y con su eterna sonrisa. 

Por desgracia para mí, para quienes lo queríamos, y para quienes, aun no conociéndolo mucho, lo tenían en estima, ya no podremos disfrutar de su famosa sonrisa ni sentirnos agobiados por su inagotable energía. Y aunque desde el preciso instante que empezó su agónica enfermedad me hice a la idea de ello, echo mucho de menos esa sonrisa que logró que yo solo sea un casi y no un triste del todo, y ese ímpetu que me animó a no desistir nunca en mis empeños.

 

Yo no soy padre, pero, como buen hijo sufridor y bien mandao, le doy la razón a Serrat en aquello de que a nuestros progenitores les debemos, no solo la herencia genética, sino también las cargas culturales —los dioses, el idioma…— y las taras psicológicas que se nos meten en el cuerpo y en el alma de una manera subrepticia —los rencores, las frustraciones, el porvenir…—. Todo eso que nos endiñan con la leche templada y en cada capón, nos lo llevamos puesto por montera a recorrer el mundo, o a construirnos uno propio. Pero a partir de ahí, los aciertos y los errores son solo nuestros, por mucho que nos empeñemos en buscar culpables alrededor. Esto, que parece simple, en verdad nos cuesta media vida comprobarlo, pero ya nos enseñó Sócrates que, mientras aprendemos a tocar esa flauta, tenemos todo el derecho del mundo a sentirnos inmortales. 


El niño de la foto soy yo, hacia 1966. Quien me sostiene es mi padre.

  

Sé que a mi padre le hubiera gustado que en mi flauta sonara otra musiquilla, pero él también terminó aprendiendo que, por muchos gestos suyos que viera en mi expresión, yo no era un apéndice en el que se prolongaran sus sueños, sino alguien parecido a él, pero más triste, con distintos anhelos y con diferente ambición. Sé que le costó mucho, pero lo terminó entendiendo; como yo, que algún día terminaré aceptando que él tenía razón en muchas más cuestiones de las que ahora sería capaz de reconocer.  


Lástima que no existiera otra vida, o que esta que llevamos puesta durara el doble, para poder utilizar una mitad de ella en reconocernos a nosotros mismos y a los demás todos los aciertos tenidos y todos los errores cometidos. Seguro que entonces el mundo sería más justo y llevadero, y que, hasta yo, sonreiría más. Pero si somos capaces de llegar a esta conclusión, si nos atrevemos a bajarnos de los respectivos burros y nos sinceramos en mitad de esa cancioncilla clásica, pop, rock —hasta reguetón si se me apura— que estamos aprendiendo cada uno en su flauta, con toda probabilidad podríamos terminar componiendo, no sé si una sinfonía —no voy a ser ambicioso—, pero un popurrí apañao sí que podría salirnos; lo suficiente como para ir tirando con nuestra humana y defectuosa musiquilla de feria. Porque, en estos tiempos complicados de bozal y distancia, no nos queda más remedio que seguir tocando la flauta más o menos mágica, para componer la melodía que marque nuestro camino. Cada uno tenemos nuestra parte en la pieza, nuestro solo donde lucirnos. Pero, donde en la partitura está escrito que entra toda la orquesta, debe entrar toda la orquesta; si no es así, esto va a ser un verdadero desconcierto. Es más, en las presentes circunstancias, es tan desacertado desentonar, desafinar, descompasarse… como lo es buscar el lucimiento individual con un excesivo y empalagoso virtuosismo. Esto tiene que ser como una banda de jazz, que todos los músicos saben dónde empieza y dónde acabe su solo; y que, hasta la improvisación, tiene sus normas. 


Hace un tiempo, todavía en vida de mi padre, le dediqué un relato en el que le venía a decir que, primero se perdió aquel mundo, su mundo; el mismo que yo intenté rescatar de mi recuerdo para decirle: papá, yo sé lo que hiciste, yo sé quién fuiste. Y fue entonces la primera y la última vez que lo vi leer algo que no fuera una factura de la luz, o del teléfono; o una carta en la que la que se le pidiera tal requisito faltante para ser un ciudadano cumplidor. Ahora me toca a mí meterme en esos entresijos que nada me gustan de papeles oficiales, requisitos ineludibles, facturas y obligaciones varias. Al final, mi padre fue un poco yo, como yo soy un algo mi padre: alguien con grandes proyectos y mejores fracasos que siempre está a punto de lograrlo. Pero me falta una pizca de empuje, tal vez de optimismo que endulce este cóctel de melancolía y agua de tormenta. Soy algo triste, sí. Soy como el dibujo de Quino: un hombre solitario y vestido de oscuro, esperando en el desierto a un tren en vía muerta. Soy un tipo casi triste que parece no terminar de ser ni de estar. Pero he decidido agarrarme al recuerdo de esa sonrisa tan especial de mi padre —su eterna sonrisa—, que lograba que yo solo fuera un casi y no un triste del todo; he decidido agarrarme a ese ímpetu que me animaba a no desistir jamás. 




De las mujeres fieles a sí mismas

          

Soco Mármol Brís, escritora.

            Poco, por no decir nada, os puedo descubrir a vosotros de Soco Mármol Brís. Sí os diré, para quienes no lo sepáis, que Soco es mi maestra, mi mentora, y junto a Gloria Nistal Rosique, ambas mis madrinas literarias, y tantas otras cosas de las que no hablaré. Porque la cuestión hoy no es qué pueda decir yo de Soco, sino qué nuevas nos trae este magnífico último libro suyo, llamado «Virgo Fidelis».  

Cinco generaciones de una familia sui generis con un intrincado árbol genealógico —de ahí que la autora nos lo dibuje al principio del libro, aunque ya os digo, que de nada os servirá—. Cinco generaciones, cuyos inconfesables secretos —como en toda familia que se precie— siempre suponen un peso que se siente y que atenaza a los supervivientes desde esa galería de los retratos donde ha quedado la intangible pero palpable compañía de los muertos que no encuentran el descanso.  Para más inri, el buen oficio de la escritora Soco Mármol nos lo viene a complicar aún más para el bien del libro: continuos cambios de tiempo, distintos narradores, distintos registros del idioma que nos pueden dar una pista de la laboriosidad que habrá supuesto escribir esta obra.   


Un libro viajero en el tiempo —a lo largo de dos siglos y lo que llevamos de este—, que, partiendo desde Mágina, pasa por Biarritz, sobre todo por Roma, y por Bogotá, y por Madrid, pero que siempre regresa a Mágina, y en particular a un nimio pedazo de tierra donde apenas caven un chozo, una higuera, unas cuantas malas yerbas y una oliva de cuatro pies, la «Bien plantá», constituida en narradora omnisciente —aunque siempre ayudada por otros personajes en esto del contar—.  


 ¡Ay, los personajes femeninos de Soco! Mujeres que encuentran su sitio porque lo luchan; mujeres enzarzadas por su independencia; mujeres investidas de determinación y de arrestos; mujeres que se equivocan por sí mismas; y que sufren y padecen por lo errado y por lo impuesto por la sociedad que les ha tocado vivir. De ahí su deambular en busca de una redención que habrán de darle los vivos, si es que consiguen darse alcance unos a otros a través de las distancias del tiempo que los separa.  


Portada de Virgo Fidelis, editorial Sial Pigmalión, 2020.


No hablaré mucho de los hombres de esta novela, que los hay de todos los gustos y colores, para centrarme en algo que la autora, a mi parecer, quiere recalcar, o a mí me lo parece: el peso de ese hombre del pasado que ya no cabe en nuestros días, pero que se empeña en no morir de una puñetera vez, machacando y acomplejando al hombre bueno y sensible del futuro, frustrándolo e intentando malograr su devenir.


Mientras leía «Virgo fidelis» he tenido la sensación de que la novela contenía toda la sabiduría del mundo. Más aún, si la cosa nos viene de una oliva, el árbol más viejo y más sabio del mundo. Como diría ella, la «Bien plantá», esas son las ventajas de ser oliva, que se es sabia y conocedora de lo que acontece alrededor y más allá, mientras se echa hacia abajo tanto o más de lo que por encima te emerge.  


Y para apostillar la sabiduría que rezuman las páginas de «Virgo fidelis» están las propias palabras de uno de los personajes más entrañables y más magineros que hay en la novela, la leal hasta la eternidad, Isabel: 

 «…los humanos somos igual que las olivas; si queremos ser de utilidad, todos precisamos de un buen laboreo de reja, de azada, de riego, de amocafre, de hachuela o de rastra, desde que nacemos hasta que fenecemos, para poder mantenernos en condiciones de vivir y de pensar sin demasiados extravíos. Pero si hay algo que de verdad nos enmienda, cuando, por lo que sea, se nos cuela en el alma la palomilla, barrenándonos el reposo, es meterles fuego a los malos pensamientos para que lo que rebrote no venga carcomido de miseria y de barrenillo». 


No quería dejar de pasar por alto el dominio del lenguaje de esta gran escritora nuestra, capaz de hacerle hablar a una oliva con los giros y palabras del siglo XIX, a una sirvienta con todo el gracejo y el vocabulario de Sierra Mágina que Soco ha ido recopilando a lo largo del tiempo de una manera primorosa y, se podría decir, academicista en su «Expresionario de Mágina». Y por qué no, capaz de rematar su destreza sin desentonar en el decir de esta lengua nuestra allá por tierras colombianas. 


Pues lo dicho, que esta labor, no sé si de frivolité o de filtiré que nos presenta Soco Mármol en «Virgo fidelis» tiene tanta y buena enjundia, tanto que contar, que enseñar, donde, además, la intriga va creciendo a medida que la autora va sacando todos los hilos precisos antes de meterse en primores de aguja y dedal, que si por mi fuera, como lector, me quedaría para siempre escuchando lo que se cuentan los árboles, unos a otros, a la sombra de la «Bien plantá». 


¡Ah! Y recordad una cosa siempre; que en todas las familias cuecen habas.  

De Despedidas y otros contratiempos