El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

viernes, 2 de diciembre de 2022

Carta a mi yo de entonces —Artículo de Ideal Sierra Mágina, diciembre de 2022—

 Querido yo: 

Sé que no te va a sorprender mucho que te escriba esta carta desde tu futuro: ese tiempo del que te haces expectativas, que es a su vez mi presente y que no te pienso destripar —hacer spoiler lo llaman ahora, porque sí, la cultura yanqui sigue grabando su marchamo a fuego en nuestra dócil piel aborregada—. 


Mientras escribo, te imagino en aquel momento mío —este momento tuyo—. Siento cómo toda esa intensidad tuya se me mete de nuevo en mis desacostumbrados pulmones, provocándome un leve tambaleo con su cosquilla espumosa, reconfortante. Aquel color tuyo, ese color de todo lo que dices o callas, haces o eludes, era tanto o más bello que el color del cielo y tan diferente a cualquier cosa que hubiera olido hasta entonces. 


Nunca más he sentido eso mismo que ahora sientes mientras cierras los ojos y te quedas a la espera de que algo o alguien te abofetee con un poquito de ese todo de tus primeras veces. Pero por mucho que me esfuerce, que me abstraiga, nunca ha vuelto a ocurrir. Incluso en ninguna ocasión más he sentido ese impulso de meterme dentro de ti, sino que he permanecido dibujando caras tristes con la mente, a la par que un miedo irracional y apenas perceptible ahogaba mi pensamiento: «¿olvidará mi corazón aquel vuelco inundándolo todo? …» 

De momento, mientras agoto con innegable incertidumbre estos últimos días del año 2022 —cuando alcances estos instantes sabrás a qué me refiero—, se me ha ocurrido que no estaría de más mandarte unas palabras de aliento a ese tu tiempo antes mío. 


Hazme caso, no te comas tanto la cabeza con el destino. Te lleve donde te lleve, siempre te hará sentir como un pelele, jugueteando contigo en un zigzag errático por cualesquiera de los caminos que tomes. Luego sigue dejándote llevar por tu intuición: esa misma que te empuja a tomar una senda u otra, andándola para desandarla luego; porque seguirás dando bandazos durante toda tu/nuestra vida. Eso sí, no va a estar de más que establezcas unas normas mínimas de cortesía con quienes serán en algún momento tus compañeros de viaje. 





Ama a tumba abierta y sin freno como lo has venido haciendo hasta ahora. No te prives en estos menesteres del corazón por miedo al ridículo, al qué dirán; o te arrepentirás, te lo aseguro.  Sé consciente de que la aparente debilidad que supone abandonarse a los quereres es en realidad una verdadera arma de destrucción masiva de la sinsustancia y la ramplonería. No te eches a temblar cuando oigas sus pasos decididos por el pasillo; cuando sientas su reojo a tu espalda, leyendo con disimulo ese balbucir errático matinal tuyo. Así es cómo se convierte en tabú todo lo bueno que te merodea por una pretendida fragilidad que te apresuras a preservar de la intemperie.  


No tengas miedo y sigue dejándote llevar. Te lo diré una y otra vez: por mucho que lo enmascares con ese andamiaje de subtramas alrededor, por encima, por debajo y a través, tú siempre vas a reconocer el amor en el fondo de todo lo que hagas. Quién sabe —no te lo puedo adelantar, pues le quitaríamos la emoción— si tal vez mañana te atrevas a romper este techo de papel y palabras y te animes a ventilar la casa al menos, aunque siga invadiéndote la pereza con la sola idea de que después sería conveniente ordenar los trastos que has ido acumulando y, de paso, tirar el lastre que tanto cansancio te provoca al caminar y que vuelve errático tu paso; limpiarte ese barro seco de los zapatos de una vez por todas. 


Deberás hacerlo en silencio, sin darte golpes de pecho. Porque sentirás improcedente, tanto la ostentación de la alegría en público —esa autocomplacencia delante de todo el mundo te resultará vulgar y pornográfica—, como el andar arrastrando la pena por las calles, aunque no siempre puedas ocultar tu/nuestra tristeza. Es más, esa trascendencia que sientes revolotear, tanto en tus logros como en tus fracasos, es tu manera de rezar. 


Para terminar, y regresando a los caminos, aunque ahora no lo creas, algunos serán de vuelta. Ya les pasó antes a otros que también creyeron que bastarían unas piedras, unas muescas o unas cuantas señales hechas con tiza para desandar hasta quienes fuimos algún día ya lejano; como si el tiempo y la lluvia no fueran a horadar los sentidos y los recuerdos, puliendo las piedras de una memoria cada vez más escondida debajo del polvo y la maleza. A mí me ha pasado; para muestra esta carta que ahora te escribo.  


Pero descuida, llegará ese momento que te zarandee las entrañas con una repentina conmoción que te reviva, que nos reviva. Esa inconformidad que te llevará y que me llevó —como a otros muchos— a marcharme lejos, aunque siempre con la esperanza de que, al regreso, el ruido hubiera sido enterrado en alguna oscura gruta de las que tanto abundan en Sierra Mágina. Y aunque perdure la punzada golpeándote las sienes, no te quedes de brazos cruzados, pues habrá llegado el tiempo de darle sentido a los versos del poeta. En justicia, habrá llegado tu/nuestra hora.  


Sin más, en tu entonces y en mi ahora, que tengas/tengamos un feliz año. 




jueves, 3 de noviembre de 2022

Canción de muertos: artículo de Ideal Sierra Mágina, noviembre de 2022

     Algún día contaré mi experiencia en la Bienal de Parapsicología y Misterio de Bélmez de la Moraleda del año pasado. Me refiero a la celebrada con motivo del «cincuenta aniversario de las caras». Solo adelantaré que no fue precisamente agradable, aunque sí ilustrativa de lo que han supuesto estos cincuenta años para Bélmez de la Moraleda. De hecho, tuvo la suficiente sustancia como para plantearme escribir una segunda parte de Los niños de las caras que se habría titulado El agravio continúa 

Reconozco la perversidad cometida contándoos esto para dejaros después en vilo, pero este mal recuerdo de quienes se han autoerigido, no solo como próceres de la parapsicología actual y del periodismo del misterio, sino además como verdaderos y casi únicos garantes del «caso Bélmez» —y eso sin contar al gran ausente del evento y principal beneficiario de todo este asunto durante los últimos lustros—, me ha puesto delante de una evidencia histórica que, a raíz de las investigaciones a las que la aparición dio origen, me ha hecho reflexionar. Me refiero al hallazgo de huesos humanos durante las excavaciones realizadas en la casa de la familia Pereira Gómez. 


El hecho en sí no tiene una conexión con lo ilegal o lo paranormal, pero nos lleva a comprobar que hasta el año 1805 no entró en vigor en Bélmez de la Moraleda la Ley de 1787 —más vale tarde que nunca— que obligaba en España a construir los cementerios distantes del casco urbano. Desde nuestros ancestros musulmanes, los enterramientos en este pequeño pedazo de Sierra Mágina se habían venido haciendo junto a lo que había sido una mezquita, hasta que los cristianos la transformaron en iglesia entre mitades del siglo XV y principios del XVI.   Allí, ya entrados en el XIX, los restos de nuestros antepasados permanecían sepultos durante siete años en un humilde cementerio adosado a esta, a no ser que se hubiera pagado el canon correspondiente para su prolongación en el tiempo. Cuando no ocurrí así, estos eran exhumados para terminar en un osario situado en la base del campanario. Luego, al demolerse la iglesia en 1964 para construir la actual, se acomodó la mayor parte —digamos, de la manera que mejor se pudo, se supo o se entendió— en una fosa común, en el cementerio actual, quedando el resto bajo la nueva construcción y las casas colindantes a esta, incluido el domicilio sito en el famoso número 5 de la actual calle María Gómez Cámara. 


El primer cementerio que se construyó fuera del casco urbano se situó en el Haza de Pramoral, propiedad de la parroquia. Más tarde, la desamortización de Mendizábal —que en España desposeyó a la Iglesia de la inmensa mayoría de sus pertenencias, aunque algunas de ellas fueron recuperadas a la chita callando gracias al método de la «inmatriculación» con el que el gobierno de Rajoy hizo, una vez más, el Rajoy— este pasaría a depender del consistorio, que lo trasladaría a su ubicación actual en el camino de la pedanía de Belmez 

Y ahí me encontraba yo, en disquisiciones históricas acerca de los restos de mis antepasados, cuando se me ha cruzado la imagen de un revoltijo de huesos de moros con cristianos y de pobres con principales. Es más, esa visión de las calaveras y los esqueletos de todos contra todos es la representación gráfica de hasta qué punto la muerte hace tabla rasa. Como dice una sabia canción de muertos mexicana, todos estamos en su lista: tanto el indeseable usurero, abusivo, carero que chupa como garrapata; como el obrero, el chupado que a duras penas gana el pan con el sudor de su frente.  






La balanza de la vida está, no solo desnivelada, sino además trucada: hay unos pocos que ganan mucho, y muchos que ganan nada. Hasta que llega «la calaca» —la «muerte pelá» que decíamos de niños en Mágina— y a todos nos iguala. Porque los esqueletos, en su vacía desnudez, son todos casi idénticos: no tienen vísceras, no tienen corazón. Tampoco bolsillos donde llevarse los dineros al otro barrio. Así que, si te mueres mañana, procura no haberte quedado con ganas de nada.  


Tenemos metida en el cuerpo la vocación del esqueleto, que no es otra que la de continuar con nuestra danza: bailando la canción de muertos que es en sí la vida. Ese baile del espantapájaros al cual nos abandonamos, y cuya intención no es otra que la de seguir hurtándole la vida a unos hermosos, extraños y negros pájaros que han de acabar con nosotros, mientras evolucionan en altos círculos durante un último atardecer —como dice Juan Benet—, cuando a lo lejos contemplamos, quizás, ese lugar llamado «Región», o ese macizo de Mágina; esa sierra «color de elefante».   


Para ese preciso instante en que la noche nos alcance, tanto a quienes estemos prevenidos como a los que nos coja a contramano, la justicia debiera haber hecho ya acto de presencia, pues, ejercida esta cuando no corresponde, se cae en una contradicción y, por lo tanto, en una injusticia. Bueno, salvo que creamos en ese Dios redentor, cobrándonos cual mafioso una deuda que ha de generar un gran rechinar de dientes entre las filas de los injustos. Eso sí, estemos entre los creyentes o no, procuremos mientras tanto tener salud y, por nuestros muertos, disfrutar del más preciado de los bienes terrenales: la vida. 




miércoles, 5 de octubre de 2022

Cinema Paradiso —artículo para Ideal Sierra Mágina, octubre de 2022—

 Todo ocurrió antes de que aquella especie de vargueño presidiera todas las casas de nuestros pueblos. Lo de vargueño lo digo por la estructura de madera rectangular, casi cuadrada, con un par de ruedas de plástico semejantes a los mandos de una lavadora incrustadas en su parte derecha. Antes de que el centro de la carcasa de aquel artilugio iluminara nuestros salones como si se tratara de la bola de cristal de una adivina o de una «bola tesla». Antes de que los antiguos repetidores de televisión lograran sortear las dificultades orográficas para traer la segunda cadena y La clave de Balbín o el Musical express de Ángel Casas a estos valles escondidos de la Sierra Mágina. Y muchísimo antes del color, de los videoclubes y del vídeo comunitario. Antes de todo eso, fue «nuestro Cinema Paradiso». 


Habíamos cumplido por entonces la edad del asombro, y aunque solo podíamos ver las películas que sobrevivían a la censura de la Iglesia —semanalmente, el cura publicaba en el tablón de anuncios de la parroquia la clasificación de los estrenos—, aquellas sesiones de cine de verano y pipas han quedado para siempre en mi memoria. Las correrías automovilísticas de Gracita Morales en Sor Citroen, el «catetismo» exagerado de Paco Martínez Soria en Abuelo Made in Spain, la historia del maletilla Palomo Linares en Nuevo en esta plaza… y los reportajes del NO-DO (Noticiarios y Documentales) que se emitían antes de cada película para que los españolitos no nos perdiéramos las inauguraciones de Franco, los partidos del Real Madrid o las peripecias de Lola Flores. 




Pasados algunos años, en mi pueblo dejó de haber cine al aire libre, aunque continuaron proyectándose largometrajes a cinco duros la entrada en el salón de actos de la cooperativa de aceites. Aún recuerdo el día del estreno de una pintoresca versión de Ivanhoe en la que tuvieron que encender la luz en mitad de la sesión por la algarabía que se formó: durante un refrescante baño de unos interminables cinco segundos, el famoso cruzado mostraba a la cámara su níveo culo. A este filme le acompañaron otros muchos de escasa calidad y presupuesto en los que no se dejaba de dar patadas a la historia de Roma, alternados con aquellas películas japonesas de «serie Z» donde conocimos a Godzilla y al Superman japonés. 

Seguro que la cartelera de la memoria de cada uno guarda un ranking diferente de títulos. Y con toda probabilidad disertaríamos durante horas sobre el actor o la actriz de nuestras entretelas. Pero de lo que no cabe la menor duda, es de que todos sin excepción proyectamos nuestros secretos sueños e inconfesables anhelos en la superficie encalada e irregular de la pantalla de uno de aquellos humildes cines de nuestros primeros veranos. Porque, y regresando a la obra de Giuseppe Tornatore que da título a este artículo, todos éramos como Totó, y abríamos los ojos exageradamente ante lo que el paso vertiginoso del celuloide atravesado por un intenso haz de luz nos ofrecía: luchas épicas, amores apasionados y finales felices. Algunos éramos incluso más traviesos que él, pero igual de ingenuos, mientras nos creíamos poseedores de un futuro de película rodado en Technicolor.  


Justo en el tiempo en que las salas de cine empezaron a desaparecer de todos los pueblos, la voz de Alfredo, el viejo y ciego proyeccionista del Cinema Paradiso, resonó en nuestras indecisas y jóvenes conciencias como un oráculo: «La vida no es como la has visto en el cine, la vida es más difícil. ¡Márchate! (…) Eres joven, el mundo es tuyo. Yo ya soy viejo, no quiero oírte más, solo quiero oír hablar de ti.» Y como Totó, así lo hicimos muchos; tal vez demasiados. A unos nos fue mejor, a otros peor, mientras que los que permanecieron en Mágina comprobaron que, por lo general, aquí eras como un esclavo, como un burro. Siempre trabajando, incluso en las fiestas, en la Pascua, en Navidad. Solo tenías libre al año el Viernes Santo y poco más. Aunque, si a Jesucristo no lo hubieran crucificado, ten por seguro que también se trabajaría en Viernes Santo.  

Han pasado los años y, muchos de esos Totós cansados y encanecidos, triunfadores o no, hemos regresado al pueblo en infinidad de ocasiones. Unas veces de boda, otras de entierro, pero siempre con la esperanza puesta en encontrar esa vieja película de «super 8» que nos devuelva aquella primera mirada que cruzamos con nuestra particular Elena; aquel trallazo en el corazón que nos dio el primer beso; aquel asombro primigenio que nos abrió los ojos hasta la hipérbole. Pero, para nuestra desgracia, solo hemos encontrado la ruina de lo que algún día fue esplendor y juventud; los escombros de un pasado irrecuperable. 


Como en la película ganadora del Oscar a mejor película extranjera en el año 1988, y gracias a la intuición de su productor Franco Cristaldi, quien recortó cincuenta y dos minutos del metraje original para hacerla «más comercial», deberíamos dejar las cosas tal y como quedaron en aquella primera y original versión de nosotros mismos. Por mucho que la nostalgia se empeñe, segundas partes o añadidos distorsionados por el tiempo y la memoria no van a cambiar la historia. Aunque, como Aute, sigamos pensando «que toda la vida es cine y los sueños cine son». 




De Despedidas y otros contratiempos