El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

lunes, 2 de diciembre de 2019

La escuela que yo tuve -Artículo Ideal Sierra Mágina, diciembre 2019-

De la escuela que yo tuve cambiaría muchas cosas. Por supuesto que borraría aquella funesta máxima, que tan a pies juntillas seguían demasiados de mis maestros, de que «la letra con sangre entra», porque a la larga queda demostrado qué poco bueno aprendimos de los palmetazos, las guantadas y los coscorrones. Pero lo que no cambiaría por nada de aquellas aulas saturadas por el baby boom, es todo el tiempo que perdimos en las Humanidades, impartidas y escritas así, con el elegante empaque de la hache mayúscula ondeando su estandarte. 

Hace unos días, a propósito del nefasto ninguneo que dichas Humanidades tienen en los actuales planes de estudios, discrepaba en las redes -siempre en buena lid y cordialidad- con una brillante arquitecta y buena escritora, por cierto, nacida también en Sierra Mágina. Escribía yo que, por desgracia, cada vez tenemos más ingenieros con un máster en lo suyo y deja de contar, pero a la vez iletrados y analfabetos funcionales en valores humanos, lo cual ella me refutaba por entender que era incierto; que ser ingeniero no está reñido con los valores humanos. 

En verdad, mi afirmación, contundente y algo excesiva, no es más que una de las conclusiones resultantes del razonamiento que ya en 1930 José Ortega y Gasset desgranó en su ensayo «La rebelión de las masas», donde alertaba de que la incultura es el ser natural del ciudadano europeo -entonces como ahora-, por carecer de un «sistema vital de ideas» acordes y actualizadas conforme a la evolución social; o lo que en román paladino viene siendo un bagaje de vida. El maestro Ortega era incluso más incisivo, espetándonos a no convertirnos en «paletos de la ciencia», aunque esta sea el verdadero motor de la Humanidad. Eso sí, siempre por detrás de la vida humana misma que la hace posible. 

Años 70: alumnos y profesores de los últimos cursos del Colegio Alonso Vega de Bélmez de la Moraleda


Con las Humanidades desterradas de la escuela, el sistema educativo actual se ha centrado en el modelaje de ciudadanos ralos en espíritu crítico. Se forman sin ningún pudor autómatas, obreros especialistas en trabajos tecnificados hasta la enésima potencia, cuyo fundamento descansa en un consumismo deshumanizado y utilitarista. Mientras, y en consonancia con ello, se pretende que palabras tales como dignidad, historia, libertad, respeto… terminen desapareciendo del diccionario o se conviertan en voces arcaicas por desuso. Para terminar de rematar la situación, las nuevas tecnologías, que combinan algo en apariencia inocuo como es lo visual con lo auditivo, parecen haber sido concebidas para atrofiar la imaginación y el pensamiento de una audiencia que detesta la reflexión crítica sobre todas las cosas. 

La escuela que yo tuve era defectuosa, pues respiraba provisionalidad y estaba apuntalada en la urgencia de unos cambios sociales que la llevaban con la lengua afuera ya que, para bien o para mal, la transición se dio en todos los ámbitos de la sociedad española. En concreto, a nosotros nos pilló con el paso cambiado de la pubertad, mientras estudiábamos el bachiller ya fuera de Mágina. Así fue como por las grietas de aquel modelo educativo en obras se colaron aires nuevos, o al menos, ideas que nunca antes nos habían sido expuestas. Por supuesto que aprendimos a resolver las incógnitas de complejas ecuaciones y hasta desentrañamos el ritmo al cual una función trigonométrica cambia respecto de una variable independiente. También nos sorprendimos con las leyes de la genética mendeliana e incluso celebramos comprender la ley general de los gases con los postulados de Charles, Boyle y Gay. Pero además, leíamos mucho, poco o lo suficiente, a Martín Santos, a los Goytisolo, a Machado, a Hernández, a Cernuda… en cuyos escritos descubrimos una España bien distinta a la Puebla Nueva del Rey Sancho de las «Crónicas de un pueblo»Hasta llegaron nuevas lecturas del otro lado del charco: García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Allende… y con ellas una América latina que para nada coincidía con lo descrito en los viejos libros de Historia; los mismos libros que nuestros profesores nos hicieron aparcar a un lado, para que tomáramos apuntes, donde aprendimos a escribir «Al Ándalus». Y descubrimos que su frontera norte se situaba en Roncesvalles y que el punto álgido de su cultura estaba en Córdoba, una ciudad plural y diversa, donde un filósofo judío, Maimónides, y otro musulmán, Averroes, dilucidaban sobre la dicotomía de la fe y la razón en la filosofía griega clásica, la de Platón y Aristóteles, que pronto íbamos a descubrir, para llevarnos junto a San Agustín, Hegel, Marx, Nietzsche y Ortega -otra vez Ortega-, por todo el pensamiento occidental. 


Por desgracia, ya no queda nada de todo esto en el sistema educativo actual; como si la ingeniería no necesitara de una pizca de poesía que apuntale su precisión con el más férreo de los pilares, el de la humanidad; como si no se precisaran planteamientos filosóficos ni presupuestos éticos para llevar a la programación informática hasta eso que llaman el responsive designcomo si conocer la historia fuera tema baladí, para no terminar siempre repitiendo los mismos errores, por parte de teóricos y prácticos de la economía y las finanzas. En cambio, y gracias al desembarco de la empresa en escuelas y universidades, se ha terminado por mercantilizar la enseñanza, para fabricarse a medida obreros sin conciencia ni causas, ciudadanos sin ideas ni criterio y alienados consumistas de la tecnología, enchufados a una realidad virtual que termine por desengancharlos de su propia condición humana.    

lunes, 4 de noviembre de 2019

La romana -artículo para Ideal Sierra Mágina, noviembre 2019-

Nacemos con un legado genético evidente en el que caben tanto las semejanzas físicas con nuestra ascendencia, como la propensión a ciertas enfermedades y hasta las maneras al andar. Estas cuestiones, unas veces las sobrellevamos encantados; otras en cambio, con verdadera resignación. Todo depende de que salgamos mejor o peor parados en el reparto, pero en cualquiera de los casos, sin que podamos disimular cierto orgullo por nuestra heredada imperfección, pues ello forma parte de la propia aceptación personal. Y luego está «la herencia emocional», el debe psicológico para con nuestros ancestros: una huella invisible o, más bien, una herida ambiental cuya localización precisa que nos escarbemos bien los adentros. Se habla incluso del concepto como una «novela familiar» construida a partir de las vivencias de cada uno de sus miembros o capítulos, y que terminan cosiendo a los de una misma sangre. Como bien dice la socióloga y periodista colombiana Edith Sánchez, esta situación fue hermosamente retratada por Gabriel García Márquez, cuando nos mostró el temor al incesto y a sus consecuencias –niños con cola de cerdo- que, generación tras generación, sufrieron los Buendía, durante ese tiempo mítico, más que cronológico, de «Cien años de soledad».

Toda esta cavilación sobre la indeleble –y la mayoría de ocasiones invisible- huella familiar, me surgió mientras pensaba acerca de una historia vivida por mi abuelo paterno. Juan Cano López, que así se llamaba, nacido en Alcalá la Real, decidió, una vez terminada la guerra civil, tomar en arriendo unas tierras situadas en el Campo del Moral, en el término municipal de Huelma, donde fijó su residencia junto a su mujer e hijos en los años cuarenta del pasado siglo. No fue ni el único de la familia Cano ni el único alcalaíno que vino hasta Sierra Mágina en busca de una mejor vida, como aparece reflejado en el pormenorizado trabajo del huelmense Francisco Ruíz Sánchez, «Los alcalaínos de Huelma» (http://www.huelma.org/).

Como decía, mi abuelo terminó rentando unas tierras de labor en el cortijo de Enmedio con el propósito de hacerse poco a poco con su propiedad. Corría su primer año en esta tierra maginense de promisión y el bueno de Juan estaba eufórico: había sembrado trigo, el tiempo acompañó y la cosecha fue abundante. Unos años antes, en plena contienda, en 1937, los sublevados habían creado el llamado Servicio Nacional del Trigo, organismo que se mantuvo activo una vez concluida la guerra, y cuya misión era comprar las cosechas, para asegurar tanto el abastecimiento de la población como la prosperidad de los agricultores. Sobre el papel, en el plan autárquico que el general Franco y su régimen habían trazado para la producción cerealista española, parecía tener una justa razón de ser: permitía cobrar su cuantía en el acto, meses antes de efectuarse la venta a los industriales harineros, actuando de paso como organismo de crédito para los agricultores. Pero en la práctica, la banca privada, principal avalista del sistema en caso de descubiertos o malas cosechas, se llevaba el gato al agua –o el dinero al bolsillo-. Además, una de las principales razones por las que se creó este servicio fue la necesidad de regular el consumo, estableciéndose una ración de 300 gramos por cabeza, cantidad a todas luces insuficiente para restituir el desgaste energético de un trabajador manual. Y aquí entraba en juego un defecto tan endémicamente español como es la picaresca: un mal que algunos funcionarios encargados del SNT sufrían sin remedio y que los empujaba a emplear su maestría y disimulo para restar de la báscula una cantidad considerable por agricultor, con la que sacarse un sustancioso extra en el mercado negro –estraperlo-.


No iba a ser menos el abuelo Juan Cano, que también se las vio con los fulleros del SNT. Aquella primera vez no dijo nada, pero al año siguiente se hizo con una romana que, por si nos lee algún milenial despistado, se trata de un sencillo instrumento ideado para pesar, gracias a una palanca de brazos desiguales con el fiel sobre el punto de apoyo. Así, en lugar de llevar el grano directamente hasta el silo sobre el cajón del camión, decidió envasarlo en sacos a los que, tras ser introducidos 50 kilos exactos en cada uno, les añadió un puñado extra como margen de error, o más bien de honestidad. Una vez en la báscula, cuando el funcionario cantó el peso del camión, mi abuelo, con voz serena, le instó a corregir la pesada, mientras le decía la cantidad exacta que portaba su carga.

Fueron muchas las cosechas venideras y varios los diferentes empleados del SNT con los que le tocó lidiar, pero nunca volvió a tener problemas con el pesaje. Es más, jamás volvió una carga suya a pasar por la báscula, sino que año tras año, el encargado en cuestión se limitaba a anotar lo que Juan Cano López le indicaba.


Es cierto que todos arrastramos la huella de nuestros ancestros. Una herencia con sus taras que puede lastrar nuestro camino sin que logremos explicarnos el porqué, aunque la vida sea en sí una búsqueda de los mecanismos que nos ayuden a contrarrestar esos defectos de fábrica. Por otra parte, esa marca familiar, nos ha de servir para identificar instrumentos y enseñanzas que añadir a nuestro equilibrio personal en el camino del bien y la convivencia; porque todos deberíamos tener nuestra propia romana cuyo fiel marcase siempre lo más justo: el centro exacto.    






jueves, 3 de octubre de 2019

Cuatro funerales y una boda -Artículo de Ideal Sierra Mágina e Ideal Jaén, octubre de 2019-

A pesar de haber sido muchas veces derrotado –que no vencido-, uno se siente un tipo con fortuna, y todo ello no obstante las heridas recibidas que, junto a la desazón que ocasionaron, conforman el mapa de la experiencia. Porque la vida, maestra en el racionamiento, también nos provee de nuestra pequeña dosis de felicidad, cuyo éxtasis suele coincidir –en la mayoría de casos- con ese preciso instante en el que te percatas de haber encontrado a alguien con quien estás dispuesto a pasar el resto de tu vida, como decía la canción de Javier Krahe, ocupándoos de un mar pequeñito y particular, pero no por ello menos revuelto y azaroso.  

Y así, entretenidos en dichos menesteres, procurando delimitarlos y definirlos, para no andaros pisando los papeles y estorbándoos en las tareas, el resultado ideal debiera ser el equilibrio. Lo mismo da que sea una parte la que se ocupe  con su ímpetu y energía de las idas y venidas de las olas o que sea la otra quien vigile la hora de la pleamar. Siempre además, con el trabajo repartido, donde la una habrá de  cuidar los troncos, frutos y flores y la otra regar lo escondido o al revés. Por supuesto, eso es difícil y cansado, por lo que al llegar la noche, para poder mantener el equilibrio de las cargas y contrapesos, descansaréis una parte en la otra o viceversa-
  


Ese es en esencia el compromiso de una pareja, obren de por medio contratos civiles, uniones de hecho o ceremonias eclesiásticas (en las que, por cierto, nuestra provincia suele encabezar la clasificación nacional): el reparto de lo bueno y lo menos bueno; del placer y del trabajo, ya se conformen con una simple rúbrica, un pacto de sangre o una solemne misa, sucedidos de un largo y maravilloso beso o un fastuoso banquete. 

¡Ay, el banquete!, ¡llegamos a la cuestión del banquete! Porque en verdad, qué lejos quedan de los bodorrios de hoy en día aquellos convites de antaño despachados con cuatro dulces y unas botellas de anís, mientras un viejo acordeón o un par de bandurrias desafinadas amenizaban un baile preñado de ilusiones y expectativas, pues «de una boda salían ciento». Aunque, si se estiraba un poco el padrino y se rascaba el bolsillo, se podía terminar danzando al son de una orquesta como la «Oasis», afincada en Bélmez de la Moraleda, pero conocida en toda la zona sur de la comarca de Sierra Mágina. Estaba formada por el joven trompeta Sebastián Valero –natural de Huelma y que con el tiempo sería un reconocido compositor y maestro nacional de música-, junto a Bernardo Robles a las maracas, Juanito Valero a la batería, Cristóbal López al saxofón y Antonio Fuentes al clarinete. Ellos hacían bailar a los invitados al ritmo de los éxitos del momento, como el famoso «Begin the beguine» de Cole Porter o aquel otro hit patrio que popularizó la Radio Topolino Orquesta, «Mi casita de papel» , sin dejar de lado los valses, los pasodobles e incluso los corridos como el conocidísimo por entonces «Vuela, vuela palomita». 
Orquesta «Oasis»: Sebastián Valero a la trompeta, Bernardo Robles a las maracas, Juanito Valero a la batería y Antonio Fuentes al clarinete.


Dichas celebraciones nupciales eran en realidad la excepción, pues cuando tu único patrimonio consistía en un par de manos curtidas en el campo, te «llevabas a la novia» o «te ibas con el novio», que tanto montaba que montaba tanto. Sin embargo, tras la Guerra Civil, esta práctica emancipatoria por la vía rápida fue perseguida con verdadero ahínco por parte de la iglesia católica. Así, en 1944, el recién nombrado obispo de la diócesis de Jaén, don Rafael García y García de Castro, insistía en que las diferentes parroquias procuraran «apartar a los concubinarios de tan mala costumbre», teoría que llevada a la práctica constituía un ominoso escarnio para los amancebados; lo más probablees que el varón terminara dando uno o dos días con sus huesos en la cárcel del pueblo. Una vez cumplido el castigo, se procedía a casar de tapadillo a la pareja, utilizando para ello la sacristía, mediando una liturgia impartida no sin cierto desdén, que no los eximía de pasar la vergüenza de una buena bronca disfrazada de sermón.  

En la actualidad, la vida social de nuestros pueblos no se puede resumir con el título de la famosa película «Cuatro bodas y un funeral»; ni siquiera con una secuela que se titulara «Dos bodas, dos arrejuntamientos y un funeral». Por desgracia, la continua erosión de la economía rural, el inevitable envejecimiento de la población, así como la falta de alternativas viables que logren un porvenir atractivo para la gente joven en nuestra comarca y en toda esa infinidad de comarcas de esta España desvencijada y a medio desmantelar, hace más acertado para nuestra versión de la película de marras, el título de «Cuatro funerales y una boda».  

Solo nos queda una última esperanza, y es que, esa solitaria boda, ese único momento de celebración, contagie nuestros pueblos con su luz; que el eco alegre de su música nos ofrezca el brío suficiente para poder mantener encendido por mucho, muchísimo tiempo, el latido del corazón de Mágina. Yo al menos, así lo procuro: apurar todas las dosis de felicidad que la doctora vida me recete, por muy rácanas y escasas que parezcan. 





Dedicado a Patricia y Antonio: que la vida os dé muy buenas dosis de felicidad, pareja. 

lunes, 2 de septiembre de 2019

Matarilerilerile -Artículo de Ideal Sierra Mágina, septiembre de 2019-


Aquí andamos, atrapados en un bucle preapocalíptico donde el mar amenaza con vomitarnos un tsunami de plástico con toda la porquería que nuestra inconsciencia e inhumana irresponsabilidad arrojó a su fondo, al lado justo de las llaves «matarilerilerile». El último zarandeo medioambiental nos lo ha dado la ONU, instándonos a reducir el consumo de carne para frenar el cambio climático. Mientras tanto, nosotros, como dice la canción de Jose Ignacio Lapido, marcamos prefijos equivocados en nuestra necesidad por hablar con Dios.

De momento, el moribundo no reacciona y apenas si se da por aludido, inmerso en ‘su mundo feliz’, como ya nos anticipó en su novela Huxley. Todo el entramado resulta un engranaje en apariencia bien lubricado, donde la producción va rodada de la mano de unos individuos que permanecen embriagados por una falsa e ilusoria felicidad; ciegos en su hedonismo, donde no cabe la verdad, ni tampoco la belleza.

Dirigiéndolo todo, un poder cada vez más globalizado, se las va componiendo para poner al frente de los diferentes Estados a los más patanes, a los más grotescos, pero también los más temerarios e inconscientes, dispuestos a ejecutar al ‘planeta azul’ sin tan siquiera pestañear; y esto ya no es una distopía imaginada por la mente calenturienta de un novelista, sino la cruda realidad, pues como dice Pérez Reverte, primero nos mandaron los ricos, después los resentidos, por último los estúpidos, aunque sospecho que, a estos, como a los anteriores, siempre los han manejado los primeros: los poderosos.


Continuando con estos juegos distópicos, podríamos situar la acción de nuestro no tiempo justo antes de que todo nos estalle alrededor: en el momento en que los más precavidos habrían decidido huir de la saturación de las ciudades ya clasificadas por anillos de contaminación y se encaminarían hacia nuestros pueblos de Sierra Mágina envueltos en la dialéctica del discurso ecologista.

Primero lo harían los pobres, cada vez más numerosos, al no poder vivir en las ciudades con dignidad, sin posibilidad siquiera de pagarse el alquiler de una vivienda. Emprenderían su camino bajo el disfraz de neo-rurales, de concienciados por la supervivencia de los pueblos de nuestra comarca, con la misión de repoblarlos, jactándose de la vida tranquila en el campo, sin parar de subir a las redes las fotos de sus plantas de tomates. Aunque a nosotros, a los de pueblo de toda la vida, a los -a mucha honra- paletos, no nos podrían engañar, porque, como dice Alberto Olmos, si eres pobre, si no puedes vivir en la ciudad dignamente y te vas a vivir cerca de la naturaleza, eres un neo-rural. Vamos, lo que toda la vida se ha dicho un forastero, aunque el individuo en cuestión lleve treinta años empadronado en el pueblo.

Y así, en un tiempo venidero no muy lejano, Sierra Mágina llegaría a repoblarse, no solo por neo-rurales e inadaptados de escasos recursos que el sistema habría terminado por expulsar de la ciudad, sino también por la mayoría de paletos que nos fuimos a estudiar o a trabajar a la ciudad y que pasamos con ello a ser de manera automática madrileños, catalanes, valencianos, alcoyanos… y que ahora regresaríamos a reclamar nuestra condición de paletos, que, en el fondo, siempre habría estado ahí, porque nunca la habríamos llegado a perder del todo. Incluso, los hijos de los señoritos, aquellos que solo venían por el pueblo los veranos, restaurarían sus rancias haciendas y encalarían sus cortijos, tras desempolvar en el Registro viejas escrituras de propiedad con las que apostillar las triquiñuelas legales que terminaran desahuciando a los antiguos colonos de sus abuelos y bisabuelos.

«Al final, se harían incluso con los montes, con los paisajes que vemos, hasta con el aire que respiramos»


Por último, las grandes corporaciones y los fondos buitres se encaminarían hacia la vieja Mágina y hacia todos los otros lugares que antes ningunearon hasta casi su extinción, con el fin de explotar al máximo y sacar los mayores réditos posibles a ‘la vida sana’. Nos ofrecerían el oro y el moro para que abandonáramos nuestras casas, nuestras tierras. Si no les vendiéramos en un primer momento, se las arreglarían para cambiar las leyes y terminar por despojarnos de todo lo nuestro. Al final, se harían incluso con los montes, con los paisajes que vemos; hasta con el aire que respiramos. 

 Lo más triste es que todo este desvarío, este desatino de despropósitos por el que nos lleva la imaginación, puede que esté más cerca de la realidad de lo que parece a simple vista. Estrategias mercantiles, previsiones económicas, exploración de nuevos mercados… sus conclusiones podrían ser perfectamente la sinopsis de una novela o de un ensayo al más puro estilo huxleyano o tal vez orwelliano, según si los consejeros de las grandes compañías globales –dicen que los verdaderos jefes de los políticos- se decidan por mantenernos a raya a través de la distracción y el entretenimiento o, por el contrario, den un paso atrás de mano de la represión violenta o la supresión de la información. Al fin y al cabo, ellos, como buenos jugadores de ajedrez, ya saben cómo va a terminar la partida, a lo que poco podemos hacer nosotros, simples peones del juego y los primeros sacrificados para recibir el «matarilerilerón, chinpón», ¿o es que acaso hay otro final?

De Despedidas y otros contratiempos