El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

martes, 31 de mayo de 2022

La mirada en el espejo —artículo para Ideal Sierra Mágina, junio de 2022—

 Alguna vez, me han preguntado el porqué de llamar a mi columna «El Almecino». O, lo que es lo mismo: el porqué de bautizar así al blog que ha terminado dando nombre a esta columna. 

Como todo en la vida, nunca hay un solo motivo, sino el cúmulo de diversas razones, aderezadas estas por las circunstancias cambiantes del devenir de los acontecimientos. Aunque luego yo, fiel a mi natural querencia a la fabulación, a la exageración y a —lo confieso— cierta grandilocuencia, lo disfrace, lo distraiga, lo termine despistando con mi palabrería. Así, puede que la idea me surgiera al ver plantada delante del portón del Zurreón —nombre de un olivar perteneciente a mi familia— la frondosa presencia de un almez que allí dispuso mi padre. O, —chi lo sa?— si no me haya inspirado en ese otro almecino —este centenario— que aún sobrevive con todo su esplendor y majestuosidad en Las Tres Cruces, justo donde comienza la subida al nacimiento del río Gargantón desde Bélmez de la Moraleda. 


 Pero, al final, en mi empeño por hacer creíble lo inverosímil mientras siembro la duda sobre la veracidad de lo irrefutable, voy y me invento un cuento digno de ser recopilado por don Saturnino Calleja, donde el tronco del almez será la columna que sujete las ramas de las que brota la ambivalencia de mis opiniones. Porque estas, al igual que las almecinas, pueden ser dulces como un dátil cuando me convierto en un fervoroso cronista de las bondades de nuestra tierra; o, por el contrario, dolorosas como una pedrada, si, a tiro de cerbatana de caña, hago impactar sus huesos contra la misma cabeza de los problemas que aquejan a Sierra Mágina. 


Confieso que yo mismo conjeturo sobre la permanente dualidad de mis opiniones: ese ángel y ese diablo que me suelen hablar al oído —a veces, a coro— mientras escribo mis artículos. Incluso, hasta creo haber encontrado en un defecto de fábrica las posibles causas que provocan esta tendencia mía a la dispersión de los asuntos y al desenfoque de las conclusiones. Porque no sería muy descabellado pensar que, mi córnea achatada por los polos —como nuestro querido planeta azul—, y la defectuosa —diferente, dirían ahora los gendarmes de la corrección lingüística— incidencia de la luz en mis ojos, convergiendo de manera incorrecta —o sin el adecuado progreso— justo detrás de mi retina, provoquen las peculiaridades de mi mirada sobre los asuntos de Mágina. De esta manera, y debido a mi astigmático e hipermétrope punto de vista, mis artículos os llevarán: unas veces, a exclamar ese «dichosos los ojos» cuando, después de preguntarme junto a Eloy Tizón «¿qué me falta a mí por ver?», todavía encuentre la técnica de iluminación que logre abrir un resquicio para el asombro en un atardecer maginense; otras veces, a gritarme un quejumbroso «demonios tus ojos» cuando la mirada se me engancha a un mal sueño, mientras desgarro la voz como un Javier Corcobado enfurecido, y despotrico sin medida contra nuestra tierra. 





Estoy con la escritora argentina María Gainza en que, restringir la peculiaridad de la pintura de el Greco a la sola consecuencia de su astigmatismo agudo, «es un reduccionismo que no termina de explicar su cosmogonía, como la epilepsia no explica a Dostoievski ni la tuberculosis a Keats». No quiero decir con ello, que esté comparando mi errático aprendizaje periodístico con la genialidad de las figuras de el Greco —que parecieran estilizarse en un intento de alcanzar la gloria—; o con la magistral complejidad de la escritura de Dostoievski —y su recorrido milimétrico por la sociedad, la política, la psicología y la moral de la rusia zarista—; tampoco con la perdurabilidad de la poesía de John Keats —emblema por los siglos del movimiento romántico—.  


Creo que mi búsqueda de Mágina, o mi búsqueda en Mágina, se asemeja a ese viaje de Italo Calvino por «sus ciudades invisibles». Mis pasos en estos artículos «no persiguen lo que se encuentra fuera de los ojos sino adentro, sepulto y borrado». Hay recuerdos —que no añoranzas— y hay reposo —o eso procuro— en mi mirada. Como cuando de pequeño me encerraba en aquella nave con armazón de viejo galeón que mi padre construyó junto al Zurreón, y rebuscaba mi melodía —como el sentido de mis palabras ahora— entre los aperos de labranza esparcidos por todos los rincones con esas maneras tan ordenadamente descuidadas que nos gastamos en casa. Confieso que, más de una vez, el eco contra las azadas herrumbrosas y los fardos polvorientos me devolvió una semblanza melancólica, y hasta un juicio apresurado, que he guardado en mi memoria sin que jamás lo haya escrito ni contado. 


Porque, por mucho que —como dice, una vez más, Sergio del Molino— nos dé por añorar una vida más rural, ahora que el mundo tal y como lo conocíamos parece desmoronarse, que esto ocurra de una manera drástica —revirtiéndose la predominante concentración de la población en las ciudades por una vuelta generalizada a los pueblos—, el alegrarse de ello sería como «montar una fiesta en un cementerio». Ahora bien, sea cual sea mi mirada en el espejo, que nunca la invada el espanto —como a un sorprendido «Angelus novus»— ante tanta desolación. 

sábado, 7 de mayo de 2022

Nuestra «basura blanca» —artículo para Ideal Sierra Mágina, mayo de 2022—

 Sostenía el escritor abolicionista Frederick Augustus Washington Bailey que, para tener contento a un esclavo, es imprescindible que no piense, ya que «es necesario oscurecer su visión moral y mental y, siempre que sea posible, aniquilar el poder de la [su] razón», como luego apostilló Carl Sagan. Porque la cultura es el principal instrumento del que se han valido a lo largo de la historia todas las formas de poder. Los ejércitos amedrentan y someten mientras están presentes en la plaza con sus respectivas armas en ristre. Sin embargo, no es hasta que se imponen las diversas manifestaciones de la cultura —lengua, usos y costumbres, la manera de concebir las relaciones personales y sociales, las formas artísticas y del conocimiento…— del dominador, que no se puede dar por sometido a un pueblo o a un grupo social. 

Durante gran parte de la mitad del siglo XX se tuvo la creencia de que esa cultura —ese acceso al poder— se había democratizado. Desde el mismo momento en que los hijos de los obreros —los esclavos modernos— tuvieron acceso a una universidad pública y gratuita mediante un sistema de becas, se entendía que cualquiera podía lograr ser lo que su propio esfuerzo y mérito le permitiera, aunque en la práctica esto era algo a todas luces improbable; no hay más que ver el contraste existente entre las facilidades con las que se manejaban y manejan los vástagos de la clase alta, frente a las trabas que se les ponen a los individuos provenientes de la base de la pirámide. 


A pesar de todo, se dio como buena esa pretendida democratización de la enseñanza y, por consiguiente, la cultura como arma de poder. Pero, a los obstáculos propios de la ascendencia social, hay que añadir otros accidentes —geopolíticos— que venían a dificultar aún más el acceso a los estudios universitarios. Tenemos un ejemplo muy cercano: obviando los antecedentes históricos que se remontan al siglo XVII con la Universidad de Baeza, todo aquel individuo que haya pretendido realizar estudios universitarios en Jaén antes de la creación de su propia universidad —la UJA— veía sus posibilidades seriamente mermadas. Hasta entonces, Jaén solo era Colegio Universitario integrado en la Universidad de Granada y, salvo que te hubieras decidido por los estudios de Magisterio, Ingeniería Industrial, Empresariales o Enfermería, si querías cursar cualquier otra carrera, tenías que marcharte a Granada.  


Desde aquellos primeros pasos de su comisión gestora del 93 hasta ahora, la Universidad de Jaén ha ido creciendo, adaptándose a su entorno y convirtiéndose en un importante instrumento de dinamización y transformación de nuestra sociedad, alcanzando incluso una gran proyección internacional. Hasta podríamos afirmar que, pese a las dificultades y la histórica discriminación sufrida por nuestra provincia, la UJA ha formado a jienenses que a su vez han hecho una Jaén más próspera y moderna.  





Y así, hasta este preciso momento en que los negros nubarrones del nuevo modelo de financiación de la Junta de Andalucía amenazan con descargar su tormenta de cortapisas y restricciones, incidiendo con especial intensidad en el campus de Las Lagunillas. Según la propia universidad jienense, lo propuesto por la Junta supondría la cantidad de 34 euros menos por estudiante con respecto a la media del resto de universitarios andaluces. Además, la vigencia de dicho modelo durante varios años pondría en peligro el futuro de la institución, abocándola a no crecer o incluso a perder financiación. De esta forma, proyectos como la implantación del Grado de Medicina serían a todas luces inviables.  

  

Si esta deriva de la Junta de Andalucía se perpetúa durante una década, no mucho más, su repercusión en la universidad pública andaluza en general, y la jienense en particular, sería irreversible; porque sabido es que avanzar nos cuesta un mundo, pero retroceder ocurre a toda velocidad. Primero, retrocederíamos en saber, en formación. Después, en la prosperidad que genera el conocimiento para una tierra, mermando nuestra capacidad de desarrollo social e industrial. Y, por último, ocasionando una vez más la migración de parte de la población hacia tierras más venturosas, mientras la frustración y el descontento haría mella entre esos desposeídos de una posibilidad legítima de prosperidad.  


La actual deriva neoconservadora mundial y el resurgir de la extrema derecha en Europa se basan en el manejo de ese descontento. Dichas corrientes ideológicas se están centrando en el encauzamiento de esos desencantados sin acceso a la educación y a la cultura hacia sus postulados simplistas; hacia el populismo. Las viejas premisas de los estados esclavistas ya no van dirigidas a controlar la ignorancia de la población afroamericana, sino a los analfabetos funcionales y desempleados blancos de la América profunda y rural. Es decir, a la llamada «basura blanca»; ellos son la base del «trumpismo».  


Volviendo a nosotros; que existan partidos como Jaén Merece Más o Levanta Jaén es bueno para la provincia, siempre que su presencia espolee a su vez a las bellas durmientes que yacen acomodadas en los colchones de los partidos tradicionales. Porque lo verdaderamente peligroso para esta tierra es una atrofia tal de la universidad —del saber, de la cultura— que lugar al crecimiento de nuestra propia «basura blanca», dispuesta a darle el poder al Trump, al Bolsonaro, a la Le Pen, al Putin de turno.    

De Despedidas y otros contratiempos