El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

domingo, 28 de abril de 2019

Eufrasio de Viedma

    Continúa la leyenda con el hombre que se encontró aquel cuadro al que los cristianos le atribuían milagros. Su nombre era Eufrasio de Viedma, un humilde pastor que se decía emisario del Señor de la Vida para arengar a las tropas castellanas en su lucha contra los sarracenos. A la representación de dicha historia corresponden «las Relaciones» o parlamentos de Moros y Cristianos que se escenifican en la romería de Belmez el primer domingo de mayo, en la primorosa recreación que el poeta Guzmán Merino hizo de la tradición oral que había sido trasmitida en el tiempo de padres a hijos.

    Así fue cómo, guiadas por el pastor Eufrasio, las tropas de Fernando III se enfrentan a las del primer rey nazarí, Muhammad ibn Yusuf ibn Nasr, más conocido como Ibn Al-Ahmar, Alhamar, «el hijo del Rojo».

Yo soy el pastor Eufrasio,
el Rey de Cielos y Tierra,
 al que todos adoramos;
 el que puede hacer, si quiere,
una estrella de un gusano,
 y por eso hace de mí,
 pobre pastor, su emisario,
me envía a pedirte ayuda
 para recatar un cuadro
 el Salvador de los hombres,
 -Ecce homo-, flagelado
 por la ebria soldadesca
 en la casa de Pilatos;
 cada azote en aquel cuerpo
 es como un lirio morado;
 y cada llaga una rosa
 florecida en su costado.

Santos de devocionario

Entregados como ofrenda

 donde hay certeza interior, 

como suave mansedumbre 

otorgan su bendición.

 -Germán Coppini-    


    Cuenta la leyenda, que por tiempos de la primera conquista de la plaza de Belmez por las tropas de Fernando III el Santo, cuando el hoy derruido castillo era una maciza y casi inexpugnable fortaleza árabe sin las ampliaciones que en siglos posteriores hicieron los cristianos, tal vez en una de sus mazmorras o tras un muro construido con este propósito, se ocultaba un cuadro que representaba a Cristo atado a la columna y que las huestes musulmanas habían arrebatado en una de sus numerosas contiendas a los soldados cristianos. 


    Aquel Cristo, que los colonos cristianos llamaron con el nombre de Señor de la Vida y por el que el pueblo de Bélmez de la Moraleda siente desde entonces una fervorosa devoción, desafortunadamente fue destruido durante el aciago verano de 1936. En la actualidad existen dos copias del original: una, la que se procesiona durante estos días en la pedanía de Belmez, cuyo autor es desconocido; otra, la que a mediados de los años sesenta del siglo pasado, los belmoralenses encargaron al escultor Tamayo, cuyo precio rondó las 400.000 pesetas de entonces, cantidad que se satisfizo por una colecta popular y que es la que permanece en la Iglesia de Nuestra Señora de la Paz de Bélmez de la Moraleda.

martes, 2 de abril de 2019

Tierra de hombres sin tierra -Ideal Sierra Mágina, abril de 2019-


Ya han pasado unos días desde tu partida. Es más, en este preciso instante en el que alguien lee esta columna, ya ha pasado un mes. El caso es que, como te prometí, he cambiado mi tristeza por una sonrisa, así de medio lado, con chulería, como tú lo hacías siempre.

No fui alumno tuyo, pero a mí también me hubiera encantado que me enseñaras a doblar el periódico -nunca he tenido la paciencia suficiente para hacerlo bien-, porque, si la información es poder, para obtenerla en las condiciones más idóneas, no es una perogrullada manejar el periódico con soltura, sino un lugar por donde empezar, ¿no? Recuerdo que, allá por los setenta, cuando mi prima de Huelma me contó que ese fue el comienzo de una de tus clases de Sociales –Conocimiento del Medio creo que se llama ahora-, sentí mucha curiosidad a la vez que envidia por no haber estado allí; aquello sonaba diferente y nada convencional, o así me lo pareció, teniendo en cuenta que mis clases de Ciencias Sociales se reducían a ir subrayando en el libro lo que el profesor entendía por importante, que inexplicablemente terminaba siendo casi todo el texto.

Siempre se le ha atribuido a Sir Francis Bacon la famosa frase acerca del valor de la información, pero lo que exactamente dijo el político y filósofo inglés fue que el conocimiento se obtiene leyendo la letra pequeña del contrato, mientras la experiencia se adquiere no leyéndola. Llegados a este punto, seguro que tú habrías echado mano -cómo no- de la dialéctica hegeliana, y habrías puesto a debatir a la clase: ¿conocimiento o experiencia?

Manuel Miguel Caparrós Fuentes, aparte de alguna que otra anécdota que al recordarla ahora me hace sonreír y de que mi primer artículo en un periódico –hace más de treinta años- se publicó gracias a tu insistencia, tú y yo no éramos íntimos ni compartimos muchas experiencias dignas de nombrar en tu recuerdo, pero sí que tuvimos siempre esa complicidad de quienes se sorprenden rebuscando entre los mismos libros esa frase, esa idea con la que reforzar nuestros empecinamientos. Y cuando nos encontrábamos, surgía sin más la charla enriquecedora de quienes se saben dándole vueltas una y otra vez a las mismas cosas. Cada vez que me rebatías un escrito o un artículo, lo hacías reafirmando tanto convicciones como métodos –tesis, antítesis, síntesis-, provocando en mí una argumentación cada vez más sólida, no sé si imbatible, pero sí que más convincente.


Reconozco que, al principio, esa manera tuya de actuar -eso sí, siempre de cara-, con esa sonrisa picarona que todo lo cuestionaba, resultaba molesta e irritante. Sin embargo, con el tiempo, tu comentario se me hizo imprescindible y era lo primero que buscaba tras cada publicación. Podías no estar de acuerdo conmigo, pero tu disentir no hacía sino reafirmarme en los motivos que me empujan a escribir: una búsqueda, un rastreo continuo de mí mismo a través de las cosas que me mueven y me conmueven, tal vez para nunca llegar a ninguna parte, pero estando siempre en ello mientras la vida me alcance. Llegado a este punto, sé que tú te habrías sonreído de nuevo para decirme: «¡eso mismo, Juan!»

Este era nuestro momento: cuando tú y yo nos encontrábamos en esta «tierra de hombres sin tierra» que nombrabas en el que fue tu último artículo. Esta accidentada tierra de Mágina, este lugar donde Jaén se refleja con todos sus defectos y todas sus virtudes, como en los espejos cóncavos y convexos del Callejón del Gato que inspiraron a Valle Inclán la sempiterna España puesta en entredicho por los siglos de los siglos, amén. Entonces, sentados el uno junto al otro, mientras la tarde se hacía hueco borrando el reflejo del sol en el panzudo lomo de Cerro Gordo, te lamentabas de estos tiempos inciertos donde lo humano se difumina en el postureo virtual y la ética sufre el tamizado de un selfi «super-cool». Pero luego te rebelabas y apelabas al optimismo –«el cardo y la flor»-, porque mientras hay fe en este hombre hay esperanza en sus acciones, y seguro que algún día terminamos por hacer buenos los versos de Miguel Hernández y nos levantamos bravos sobre esta tierra lunares, recién atracados por fin en Ítaca, tras los incontables naufragios sufridos en el inmenso mar de olivos que nos vio nacer.

Si hay un tema con el que tenías una especial sensibilidad, ese era el de la memoria histórica, y en particular, la memoria histórica de nuestros pueblos de Sierra Mágina. Un día, uno de mis escritos surgido de una de nuestras conversaciones al respecto, suscitó tal polémica, que se me amenazaba con denunciarme si no efectuaba una rectificación o lo retiraba. Obviamente, antes de publicarlo había contrastado su veracidad, aparte de haberlo escrito con toda la imparcialidad que me era posible pese a la crueldad e injusticia de los hechos relatados, por lo que no me amedrenté. Confieso que hubo un momento que aquellos ataques furibundos empezaron a darme miedo, pero de repente, en mitad de la tormenta, surgió tu voz alentándome a no achicarme y continuar por ese camino: el mismo, Manuel Miguel, donde tú y yo nos solíamos encontrar en esta tierra de hombres sin tierra.

De Despedidas y otros contratiempos