El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

viernes, 30 de julio de 2021

Las caras de Bélmez quisieron cantar

 Hubo un tiempo en el que los niños de las caras renegábamos de ellas. Bueno, de ellas y de todo, como parecía ser preceptivo que nos ocurriera durante aquella época en la que estaba por decidir la vida misma, y cuyas dudas, sueños y desengaños arrastraremos como una condena hasta el mismo día de nuestra muerte. Y así vinieron a darse los acontecimientos que, mientras nos revolcábamos en una adolescente e insufrible autocompasión, España, el mundo y la humanidad entera eran testigos de cómo los contornos de las famosas efigies terminaban por diluirse en el batiburrillo del acervo popular. Al final, casi nadie las recordaba ya, porque, sin que tomáramos conciencia de ello, habían dejado de ser algo palpable y propio, para pasar a ser una vaga idea, una mancha imprecisa en el imaginario colectivo; habían dejado de ser «nuestras caras» para convertirse en «las caras». 

 

A pesar de los contratiempos y —hemos de confesar— de los celos que esto nos produjo, continuamos, sin embargo, con el reojo puesto en ellas: siempre atentos al más mínimo detalle que apareciera, ahora que ya no nos pertenecían; ahora que eran de todos y de nadie. Hacíamos como que no iba con nosotros; pero, era escuchar un chiste, o la estrofa de una canción en la que las nombraran, y se nos erizaba el vello de inmediato. Al final, todas esas noticias y curiosidades que de vez en cuando aparecían sobre las caras conformaron un sedimento, una capa hecha de polvo y de ruido, que cubrió nuestro dolor; el Betadine que fue curando y relativizó nuestra herida.  

 

Lo más prodigioso de esta necesaria cicatrización lo trajeron las canciones. No en vano, la música es, no sé si una terapia o una medicina, en cuyo prospecto invisible dice: especialmente indicada para las enfermedades del alma y para todos aquellos que padecen preocupantes síntomas de desmemoria.  




 

Corría el año 1984.  Ese fue el año de Deseo carnal, con toda probabilidad el disco de la llamada «Movida madrileña» que más se escuchó en emisoras, discotecas y pubs españoles durante los dos o tres siguientes años, aunque bastó una estrofa del segundo corte de su cara «A» para que se produjera nuestra redención. Una sola estrofa de aquella canción que cantábamos «a grito pelao» alcanzó, como si se tratara de un conjuro, para curarnos del reniego y que se aliviara nuestro resentimiento.  

 

Las caras de Bélmez 

quisieron hablar, 

la prensa amarilla 

las hizo callar; 

sin más, quisieron hablar. 

 

Los antiguos Pegamoides, ya convertidos en los Dinarama -con, «a» de Alaska-, habían sacado el disco más exitoso de su carrera, donde «Isis»no solo fue la primera canción que hablaba de las caras de Bélmez, sino que constituyó una vindicación de todas las injusticias que una década antes se habían cometido contra el fenómeno. La letra de Nacho Canut y de Carlos Berlanga, además de recordarle al mundo entero el oprobio sufrido, se ponía de nuestra parte; o de parte de las caras, que no era lo mismo; pero para nosotros era igual. 




 

Desde entonces hasta aquí, han surgido numerosos grupos musicales llamados Bélmez o Belmez. Y ha sucedido en España, Estados Unidos, Alemania… con composiciones que comprenden un amplio abanico de estilos: gótico, punk, pop, rock, rap, dance… Pero, sobre todo, ha habido una infinidad de canciones que hablan, sabiendo o sin saber, de un lugar mágico en el imaginario colectivo, sobre el que construir metáforas y descansar melodías, cuya lista de reproducción hoy ameniza nuestra travesía de vuelta a Bélmez.  

 

Poco a poco, canción a canción, hemos aprendido a reírnos de nosotros y de todo lo que nos rodea. Ya no queremos mandar a la hoguera a quien se toma el nombre de las caras en vano, sino que celebramos abiertamente sus ocurrencias. Y es que, en su «Salvad a las ballenas»Ángel Stanich tiene más razón que un santo: si te hacen una foto en el mayor festival de música reggae de Europa, lo más seguro es que, aunque solo sea por el ambiente que se respira allí, se te ponga «cara de Bélmez», ¿o acaso es que solo yo le saco el parecido a Bob Marley con la Pava? Incluso, a veces, sin llegar a comulgar con ruedas de molino, nos hemos dejado llevar por la música, hasta el punto de tragarnos algún que otro sapo. Porque los raperos no se andan con remilgos, y siempre dicen estar llamando a las cosas por su nombre, como cuando Violadores del Verso aseguran que las caras son tan pufo como el «ligre» —cruce de tigresa y león—. Claro que la inmediatez de reflejos que exige el rap les ha impedido caer en la cuenta de que ser algo raro o inusual no es sinónimo de ser un timo. Aparear una tigresa con un león —Asia y África— es raro; pero,  al menos, se conocen veinte casos en el mundo. Y sobre lo de las caras y sus rarezas, ¡qué os voy a contar que no sepáis! 



 

 

La inmensa mayoría de quienes siguen hablando de las caras en sus canciones nacieron después de 1971. Por lo general, tendrían serias dificultades para situar a Bélmez en el mapa y, mucho menos, nos sabrían dar una explicación precisa sobre lo ocurrido aquí bastante antes de que ellos nacieran. Pero eso sí; aseguran ser los novios de Bélmez que, sin compasión ni Dios, entre humedades con las caras y vasos de plástico rotos, van a vivir su amor en un verano posnuclear —Maronda—; o juran y perjuran que, miren donde miren, por los cuatro rincones, están viendo las caras de Bélmez -Verano Tassoti-; o, para variar, se dejan de remilgos y lamentaciones, como han hecho este mismo año Los Summers, marcándose todo un himno pop punk, con el que invitan al personal a veranear en Bélmez. 




 

Y escuché que me querías 

que ibas a venir a verme  

cada tarde si volvía 

a veranear a Bélmez. 

 

Cuando un lugar, unos hechos, un sentimiento… se hacen canción, de alguna manera burlan el olvido, proyectándose en un juego de sombras chinas que dibujan ese lugar y a quienes formaron parte de él en la pared de la eternidad. 

 

Juan Cano Pereira, 

  autor de la novela «Los niños de las caras» 

 

Todas las canciones mencionadas se pueden escuchar en el siguiente enlace de Spotify:  https://n9.cl/hy48m


martes, 6 de julio de 2021

Nuestro lugar en el universo —artículo para Ideal Sierra Mágina, julio de 2021—


 Volver a encontrarnos con Mágina y volver a encontrarnos en Mágina. En este momento, para nosotros —desterrados, huidos y demás especímenes del éxodo rural—, ambos planteamientos se han convertido en una cuestión de salud mental. Demasiado tiempo sin meternos unas buenas rayas de sus gérmenes, así, a nariz destapada: con las aletas nasales abiertas, redondeándose receptivas, como pozos sin fin ante la insalubridad maginense; con mono de un chute de Mágina que nos coloque de nuevo con precisión milimétrica en nuestro lugar del universo: 37°43′36″ Norte; 3°25′55″ Oeste. El mismo tiempo que llevamos sin emborracharnos con la musiquilla de las ges roncadas y los cuchá de los nuestros, mientras nos van poniendo al día de los chirgueteos del pueblo. 


Debajo de la frialdad y del desapego de este tedioso reinado de las distancias, tras hibernar como víboras y hasta cambiar varias veces la piel, ha quedado un pequeño rescoldo que nos ha hecho regresar mentalmente al vientre y a la teta de la madre que nos parió, allá en la Sierra Mágina. Ha sido ese regusto de nuestra infancia, esa emoción regresada de los mamones que un día fuimos, la que nos ha llevado a encontrar de nuevo el asentamiento en el que, casi milagrosamente, aún permanecen nuestros valores —de pertenencia, de ser, llámense como se quiera— sobre los que reconstruir el armazón de nuestras convicciones, ahora que todo se mueve bajo efímeros y cambiantes eslóganes populistas. Ya lo dice la frase atribuida a Marx —a Groucho, que no a Carlos—: «estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros».  


Nosotros los desterrados, huidos y demás especímenes del éxodo rural, una vez completada la travesía del reniego —porque, confesemos, todos, tanto los de dentro como los de fuera, hemos maldecido en algún momento esta tierra que nos vio nacer—, no podemos borrar esa impronta maginense que llevamos tatuada en la piel. Porque hemos terminado siendo como el burro aquel del dicho. Y a pesar de que durante los confinamientos y los estados de alarma la hierba creció hasta hacer irreconocible la vereda, nuestro empecinamiento nos ha guiado de nuevo hasta esta manera tan sencilla y tan de pueblo de entender la vida, a la familia y a los amigos; hasta estos valores catetos de la periferia que nos mantienen cuerdos en mitad de la vorágine urbanita, donde llegamos hipnotizados por el parpadeo de sus neones y la promesa de prosperidad de sus empresas, antes de que, como bien apunta Sergio del Molino en Contra la España vacía, estas dejaran de tener como objeto la creación de valor y su cometido pasara a ser la especulación financiera, de cuya mano llegó la deslocalización y la automatización industrial. O lo que es lo mismo, el traslado de las empresas hasta el más allá: en el todo a cien chino, donde la mano de obra es más sumisa y barata. 


Conforme avanza el siglo XXI, incluido el paréntesis de la pandemia, la precariedad de los más muchos y la opulencia de los menos pocos han ido creciendo de manera paralela, con una progresión exponencial que se antoja infinita. Las ciudades, además, no han dejado por ello, ni de crecer, ni de seguir recibiendo un sustancioso contingente de jóvenes de pueblo, abocados in aeternum a compartir piso, mientras sus condiciones sigan siendo mileuristas.  





El alma de las urbes ha desaparecido. Una tolvanera —o como escribiría García Márquez—, una hojarasca revuelta, alborotada, formada por desperdicios humanos y materiales, ha terminado por arrastrar los valores y los principios que algún día ya lejano gobernaban a ritmo de ordenanza municipal las luces de sus semáforos, los paseos de sus viandantes o los horarios de sus comercios. En su lugar, tres, cuatro premisas improvisadas a golpe de ocurrencia del populista de turno, y que, a buen seguro, caducarán mañana, dirigen a las ciudades —y con ellas al mundo conocido hasta ahora— hacia su inminente ocaso. 


De pronto, me acuerdo de aquel joven del 4x4 sobre el que una vez escribí un artículo. Aquel que llegó a la plaza del pueblo y encendió un cigarro mientras se apoyaba en el capó, y cuya vestimenta delataba que venía del campo. He vuelto a pensar en él muchas veces durante este tiempo: en cómo habría sido su vida durante la pandemia, que seguro que bastante peor de lo que hubiera esperado aquel día, cuando, echado en el capó de su todoterreno, mientras se fumaba un cigarrillo, decidió, entre las idas y venidas, conversar con la tarde y con el viento —ahora me arranco, ahora me quedo con sus arrumacos y sus envestidas—, y que, tras escucharle a ambos los pros y los contras, optó, como casi nadie, por quedarse a vivir en Mágina, donde los bancos siguen cerrando, mientras las escuelas sobreviven en precario. 


Tanto a él como a todos los demás solo nos quedan esas cuatro sencillas premisas que nos enseñó esta tierra. Por desgracia, para los perdedores, para la mayoría dominante, tan embrutecida como desesperada, «esas cosas» solo le producen desconfianza y dolor de cabeza. No sé, tal vez si con esos valores, con esos principios nos hiciéramos unos memes, puede que resultara. 

De Despedidas y otros contratiempos