El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

lunes, 8 de junio de 2026

De Despedidas y otros contratiempos

 Siempre ha estado presente en el espíritu de esta columna. Puede que incluso haya flotado en el ambiente, como si hubiera perfumado con su prisa todos y cada uno de los artículos que durante estos años surgieron de la buena sombra de este almecino. Es además una premisa nada casual que, por circunstancias y devenires propios, guía mis pasos desde hace unos diez años. Me refiero a esa perentoria necesidad que todos deberíamos tener por vivir. Porque hasta que no tomamos conciencia de lo efímero de nuestra existencia, hasta que no comprendemos que los días que no disfrutamos no se pueden guardar en una alcancía para cuando nos jubilemos, pasamos por el mundo y por los sucesos como si nada fuera con nosotros, como si todo fuera de mentira y lo estuviéramos viendo en una película.  

 

Ha sido precisamente ese cartel de «tempus fugit» que desde entonces llevo en la frente el que me ha hecho que no me cogiera por sorpresa el anuncio de que este sería el último número de Ideal Sierra Mágina. Es más, sin ser muy consciente de ello, yo ya tenía mi propia composición sobre las causas que nos habían traído hasta este momento de despedidas y otros contratiempos, ya que, como escribió Julio Cortázar, «un puente no se sostiene de un solo lado» por muy loables que sean las pretensiones de esta vendita publicación que, durante los últimos diez años, mes tras mes, ha puesto en valor a nuestra tierra. 

 

Entonces, en ese preciso momento en que recordaba esa frase suya, en mi cabeza ha empezado a resonar con toda nitidez su acento porteño, su característico frenillo arrastrando erre que te erre todas las erres. Porque amismo, con su cigarrillo encendido entre los labios, se ha plantado ante mí, en cuerpo y en espíritu, el Gran Cronopio, el mismísimo Cortázar, quien, al parecer, ha venido, no solo a aliviar con sus palabras este mal trago, sino a ayudarme a ponerle el punto y seguido a este amor mío por Sierra Mágina. 

 

Como Horacio y la Maga en Rayuela, Mágina y yo siempre andamos merodeándonos en los desencuentros, «sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos», aunque sin lograr estar plenamente juntos nunca. De ahí que resulte descorazonador ver cómo este exilio mío madrileño impide que se concrete de una vez por todas el amor que le tengo a la tierra donde nací, a pesar del mucho cariño y del irrefrenable deseo por regresar de una vez por todas a ella. Además, por mucho que yo escriba sobre Mágina, que yo la haya tenido presente en todos y cada uno de los artículos que os he traído a estas páginas, no puedo hablar por ella, por lo que me temo que me moriré sin saber si esta tierra mía me quiere o no. Pero ahí está mi querer incondicional a pesar de todo esto: del dolor de la aceptación, de la inconcreción que supone y, sobre todo, a pesar de la distancia. No sé, al final puede que el destino de mi relación con Mágina sea una serena resignación por lo que no puede ser; un «no queda nada» sin dejar de mirarnos de soslayo.  


Cortázar y yo en Sierra Mágina


 

De todas maneras, como dije al principio, y aprovechando que tengo al maestro y sus palabras apuntalando las mías, el tiempo es precario, como aquel reloj que nos regalaron en nuestra primera comunión. El tiempo es un pedazo frágil de nosotros mismos, al cual estamos atados como a ese reloj que nos recuerda su paso; que en el fondo está la muerte, a la que no deberíamos tener miedo si seguimos a pie juntillas la premisa de vivirnos la vida cada día hasta el fondo del vaso. «El tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan» … ¿Qué más queremos? 

 

A este tiempo de Ideal Sierra Mágina sucederá otro de manera inmediata, a la vuelta de la página, al final del último párrafo de este último artículo. Porque mi manera de sentir y de escribir, ya sea en este o en otros periódicos, de papel o digitales, en un panfleto, en un libro, en un archivo perdido en mi portátil o en un bloc de notas olvidado en la esquina de mi mesa seguirá brotando de mí, como mi amor imposible por Sierra Mágina, por sus cosas, por sus gentes y por todo lo que esta tierra me inspira. Porque el miedo nos ata, nos paraliza, y «cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj». Porque hay que llegar hasta el final haciendo y haciéndonos sin descanso, todos y cada uno de nuestros días, a pesar de la pereza, a pesar de los contratiempos. Lo sabemos desde el mismo momento en que nacemos, y algún día tendremos que aceptarlo, que «allá en el fondo está la muerte, si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa».  

 

Fue un placer. 




lunes, 11 de mayo de 2026

Las cosas de Dios —artículo para Ideal Sierra Mágina, mayo de 2026—


Por unos instantes me quedé mudo. Quizá porque suelo ser yo quien hace este tipo de preguntas que, fuera de un contexto de amistad o al menos de cierta familiaridad, resultan cuanto menos impertinentes. Y la verdad es que me había ganado a pulso la preguntita de marras; me había hecho acreedor a ella en recompensa a mi habitual insolencia: «Juan, ¿tú crees en Dios?».


Esos dos, tres segundos que permanecí callado no se debieron a que —por primera vez en mucho tiempo— este charlatán de feria, este saltimbanqui vendedor de moralinas a modo de crecepelos para el alma, este dispensador de bálsamos milagrosos para todo y contra casi todo no supiera qué contestar. Ese breve lapso de incómodo silencio fue suficiente para que mi mente rebobinara a cuádruple velocidad la película de mi vida: un relato que, partiendo de una educación en la Iglesia católica, romana y apostólica llegó hasta el limbo de los escépticos, los agnósticos y los descreídos varios. 

 

Ya desde pequeño, en el momento en que mi curiosidad infantil despertaba en aquella Bélmez de la Moraleda recién convulsionada con la bomba de las ` caras´ aparecidas en la cocina de mis vecinos de la casa de enfrente, el mundo y sus siempre cambiantes circunstancias se empecinaba en enviarme señales contradictoriasAquella dicotomía entre Dios el maligno «``la cruz y `` la pava´», así bauticé esta contraposición en mi libro sobre la que todos discutían delante de lanarices de un niño curiosoy que entonces apenas comprendía, me dejó sin embargo un sedimento en el que se mezclaban y embarraban datos y sensacionesy al que, ya adulto, regresé a excavar con vocación paleontológica en busca de respuestas sobre la vida, sobre la muerte; es decir, sobre mí mismo yde manera indeclinable, sobre la existencia de Dios. El resultado fue mi primera novela, un libro de 300 páginas con —era de esperar— más capas que respuestas.  

 

Pienso que la duda debiera ser una consigna en la vida de cada cual. Pero no hablo de una indecisión entendida como una gota malaya que atormente nuestras noches, llenándolas de pesadillas con su continua gotera golpeando hasta el infinito el centro mismo de nuestras creencias. Me estoy refiriendo a un espíritu crítico que nos mantenga vivos, despiertos intelectual y espiritualmente, para poner en una cuarentena sine die cada paso, cada idea, cada acontecimiento, cada momento de nuestra existencia.  




 

Así es cómo todos y cada uno de los días de mi existencia, mis experiencias pasadas y mis vivencias presentes han terminado por abocarme a plantearme la fe en Dios o en el hombrepues son dos caras de la misma cuestión. Y es en esa evaluación continua donde, desde mi experiencia, Dios y su supuesta creación —el hombre y todo lo demás que se le atribuye están perdiendo la partida. Porque me pregunto dónde está Dios y dónde está el hombre que, imbuido por el halo de justicia y equidad que la serenísima divinidad de este ha de concederle, evite, o al menos denuncie, guerras y matanzas. Dónde han quedado los humanos sentimientos de solidaridad y misericordia inspirados por ese Dios omnipotente. Dónde ha quedado la capacidad de negociación y entendimiento entre aquellos que un día se dieron unas reglas mínimas de convivencia y respeto. 

 

Es complicado creer por pura fe en algo que ni se ve ni se siente, cuando la cruda realidad ha aplastado cualquier asomo de bondad entre los más poderosos, viendo la amarga contundencia con la que destruyen su buena reputación, si es que alguna vez gozaron de ella. Claro que, ese apoyo ciego en unas determinadas creencias encierra el concepto mismo de la fePero no, no solo de fe puede vivir el hombre. Mucho menos este hombre moderno, ingenuamente crédulo y casi ciego por el resplandor que irradian las pantallas, capaz de tragarse cualquier bulo y de alimentar su convicción de falacias. Este hombre desahuciado de sí mismo, capaz de creerse cualquier trola, menos su propia valía. 

 

Si Dios existiera, no nos castigaría como aquella vez según cuenta la Biblia (Génesis 11), cuando, a base de ladrillos, betún y mucha arrogancia, el hombre construyó una torre con la que pretendía llegar hasta el cielo. No tendrá que volver a enredar nuestras conversaciones, confundiendo nuestras lenguas con diferentes idiomas. Por desgracia, ya nos las hemos apañado sin él, sin sus castigos y sin sus enseñanzas, para tropezar una y otra vez en nuestra arrogancia y en nuestra falta de entendimiento. Ahí están quienes dirigen el mundo, quienes dicen representarnos en su liderazgo, con la barbilla bien arriba de petulancia y bravuconería, sin entenderse entre ellos y sin entender el mundo. 

 

Tal vez lleven razón quienes creen que estas son las cosas de Dios, por mucho que algunos nos empeñemos en descifrarlas, en comprenderlas, mientras otros se atreven a emularlas, o más bien imitarlas con resultados catastróficos siempre. De ahí que, si esa persona u otra me volviera a preguntar si creo en Dios, mi respuesta sería la misma: «no, no creo en el hombre». 




De Despedidas y otros contratiempos