El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

sábado, 15 de diciembre de 2018

Tiempo de generosidad

Siempre que algo nos descoloque –por ejemplo: un hecho, un acontecimiento inesperado-, que incluso, nos aturda las entendederas, primero, hay que parar la máquina -me refiero a la de nuestra propia mismidad; no hay que buscar la llave de contacto fuera-. Después, tenemos que dejarla que respire y, mientras, la aliviamos de brozas y lastres diversos: opiniones tóxicas o tendenciosas en uno u otro sentido y los propios prejuicios. Acto seguido, habrá que quitarse la cara de «ennortaos» para podernos situar. A ver: al sur el río Guadahortuna, al este el Guadiana Menor, al norte el Guadalquivir y al oeste el Guadalbullón; ya estamos otra vez en el corazón mismo de Sierra Mágina. Pues bien, una vez que sabemos quiénes somos, de dónde venimos y dónde estamos, nos hemos situado para poder discernir hacia dónde demonios vamos. 

El primer libro que se escribió sobre las «caras de Bélmez» solo tardó unos meses en ver la luz, lo cual no debe extrañarnos, teniendo en cuenta que se trataba de un estudio sociológico. Los trabajos de campo de esta naturaleza requieren de la inmediatez, para que los datos, su veracidad, no sufran contaminación alguna. Por eso es que, a este libro («Sociología del Milagro. Las caras de Bélmez» de Manuel Martín Serrano, editado por Barral Editores en 1972) le estoy tomando un especial cariño. Puede que, tal vez por ser el único sobre el tema que, pese a lo que pudiera sugerirnos el título o precisamente por ello, le da la espalda a «las caras». Se centra entonces en la manera de encajar y afrontar los hechos – el «milagro» y toda la tolvanera que lo acompañó-, por parte de los moradores de estas tierras. 

El primer libro que se escribió sobre las caras de Bélmez fue «Sociología del milagro» de Manuel Martín Serrano

Y hablando de inmediatez: en este momento en el que estoy escribiendo el presente artículo, aún no se sabe quién o quiénes formaran el gobierno que dirija los designios de Andalucía durante los próximos cuatro años. Así pues, puede que todo lo que escriba a continuación quede en meras conjeturas o en papel mojado. Pero no os alarméis, que no hablaré de política en el sentido estricto de la palabra, tal vez la más enfangada de nuestro diccionario por obra y gracia de los profesionales que se consagran a ella -sálvese quien pueda-. Más bien, hablaré de ella tal y como la entendían los Clásicos, pues como decía Aristóteles, el hombre es un «animal político» que se diferencia del resto de los animales –entre otras muchas cosas-, por vivir organizado políticamente en sociedades, participando de los asuntos públicos en mayor o menor medida, pero afectándole estos irremediablemente. Y lo que es fundamental, haciéndolo por un objetivo concreto: el bien común, que para quien no lo sepa o se haya desorientado últimamente con tanto descoloque electoral, ese bien común es la búsqueda de la felicidad de todos los ciudadanos. 

Volviendo al libro de Martín Serrano, la historia de la mayor parte de Sierra Mágina no sabe de olivares, sino de espartos. Nuestros pueblos han entrado en el tópico de la oliva «por la fuerza que ajusta el paisaje a la propiedad, y no la propiedad al paisaje.», aunque ahora nos resulte difícil imaginarnos Mágina sin tantos olivos. Así que, agradezcamos una vez más el cambio del paisaje a nuestros bisabuelos y abuelos. De hecho, nuestros mayores, todavía expresan el esfuerzo que llega a suponer el trabajo con un «doblar el lomo», un agacharse propio del recolector de esparto y no con un «empinarse» más acorde con la postura del vareador de aceituna. 

Ya que hemos dejado respirar a la máquina, ya que nos hemos situado de nuevo y hasta hemos reflexionado acerca de quiénes somos y de dónde venimos, no estaría de más que nuestra clase política hiciera un esfuerzo y dejara de mirarse el ombligo, para volver la cabeza hacia su gente, cuyo bienestar y felicidad son el verdadero motivo de que exista su profesión, como muy bien nos sigue apuntando desde los mismos comienzos de nuestra civilización, la occidental, el gran Aristóteles.  

No solo no estaría de más, sino que sería un gran acierto, que buscaran bien dentro de ellos para reencontrarse en los orígenes del pueblo del que son representantes y, sin dejar de ser temerosos por lo que pueda venir, se armen del coraje suficiente para afrontar los problemas, y de la serenidad precisa para hablar de ellos, esforzándose sobre todo, porque sus actitudes sean comprendidas. Habrán de entender, que ahora toca doblar el lomo como lo hacían sus ancestros, aquellos braceros que rebuscaban esparto, asegurándose de arrancar el entendimiento de entre los atochares del Parlamento andaluz. Eso sí, pisando la mata con la suficiente pericia y delicadeza a la vez, para que sus señorías no se traigan con los tirones todo el raigón, y así poder cosechar futuros consensos. Tendrán que aprender además, a empinarse lo indecible, para alcanzar los copos más altos del olivo de la convivencia, apurando el diálogo todo lo que sea menester y más, que no renegree entre sus discursos el empecinado babel de no escucharse, porque este nuevo tiempo debe ser, a pesar de quienes predican lo contrario, el de la generosidad. Claro que, siempre que enfrente no surja la fría e impermeable piedra del muro de la incomprensión.   
  

lunes, 3 de diciembre de 2018

El río de la tierra -artículo publicado en Ideal Sierra Mágina, diciembre de 2018-


El geógrafo andalusí Al-Zuhrí dividió la tierra en siete partes con sus siete climas, situando a al-Andalus dentro del quinto paisaje o clima, junto con Siria y los países del imperio romano. En la concepción “arabocentrista” del mundo que desprende su Kitab al-Jaghra fiyyaLibro de geografía, nombra a nuestro río Jandulilla como Wadi-l-Ard o Río de la Tierra. Puede que para nuestros ojos maginenses del siglo XXI, resulte impactante la concepción geopolítica que del mundo conocido se tenía en el siglo XII, hasta llevarnos a exclamar: “¡Cuchah[1]el riachuelo este, que con sus aguas menores y su cortedad, pues ahí está en los libros, codeándose con Córdoba... y con Granada... y con Roma... y con Damasco...!” 

Pero ya sabéis, que no es la primera vez que os lo digo, que sois –somos- olvidadizos e injustos con nuestra historia y, sobre todo, con los lugares por donde ha transcurrido. Y así, tres siglos después, concretamente en el año 1449, el comendador baezano al servicio del príncipe Enrique de Castilla, Fernando de Villafañé, arrebató de manera definitiva a Yusuf ben Ahmad, -o Yusuf el Hamida, el digno de alabanza, como lo llamó Guzmán Merino- esta fértil vega donde se retuercen y juguetean sus aguas cristalinas en caprichosas cabriolas por entre unas piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos -que diría mi querido y admirado Gabriel García Márquez-.

Vale, os lo compro; resulta que el susodicho riachuelo al que reportan sus aguas y energías el Gualijar y el Gargantón junto a un incierto número de arroyuelos que, cuan cabritillas montaraces, bajan de la Sierra Mágina, se encontraba en el lugar adecuado –la frontera entre el reino Nazarí de Granada y el Santo Reino de Jaén- y en el momento justo –el final de la conquista de al- Andalus por parte de las tropas castellanas-.


Entonces, aquel río tan importante para la guerra, pasó a ser insignificante –o no-, cuando los guerreros castellanos cambiaron la espada por una azada, logrando con ello que su nombre de hermano pequeño del Jándula saltara de la épica a la agronomía; de las cantigas de Alfonso X el Sabio a los estudios sobre comunidades de regantes, a partir de las Leyes de Aguas de 1866 y 1879. Según Ildefonso Alcalá Moreno, el primer intento de aprovechamiento de las aguas del río para el riego se remonta al año 1902, pero no es hasta 1908 que no se pone en conocimiento por parte de la comunidad de regantes al ayuntamiento de Jódar el inicio de los trabajos de construcción de un canal que recogiera las aguas de invierno del río Jandulilla en el llamado “Caz de los Molinos”. Dos años después, se solicita al gobernador civil la ampliación del aprovechamiento en el término de Bélmez de la Moraleda, concretamente para construir la presa en “El Horno del Vidrio”, proyecto aprobado definitivamente en 1924. Pero la llegada de la II República trae consigo la pérdida de influencia de los principales impulsores del canal, lo que hace que la población se tome a cachondeo su construcción, como demuestra la letra de una comparsa de carnaval de aquellos años:

Todos sabemos que Jódar, tiene un permiso
por el gobierno que realiza el canal
que pertenece a la parte Jandulilla
y aseguramos que todo se va a secar.
Los ingenieros que tomaron este punto
no se fijaron que la bolsa estaba mal
y estos trabajos se hacen republicanos
pero el obrero que suda su frente tiene obligación
de sembrar los melones, que son de secano
bajo la esperanza que tiene con Dios.

Y no iba mal encaminado el saber popular, pues en 1934 se solicita el cambio de términos, debido a las dificultades que se presentaron en las obras por la mala naturaleza del terreno y la imposibilidad de construir allí un canal, trasladándose ahora la construcción de la acequia principal a la “Rambla de Gascón”. Tras el parón de la guerra, en el año 51 se retoma el proyecto con el impulso del general de Lamo Peris, quien logra que su construcción se incluya en el famoso “Plan Jaén”, aquel que fue como una pastilla contra el insomnio de Franco que ideó el régimen: “Jaén me quita el sueño”.

En conclusión, que nuestro Jandulilla, cuyas aguas ven la luz allá por la Cuesta de los Gallardos, y que se arrastra tímido e impreciso entre rocas carbonatadas, para vaciarse en el padre Guadalquivir cerca del paraje conocido como “Úbeda la Vieja”, ha sufrido a lo largo de su historia -ya bajaran sus aguas revueltas o calmadas; en la sangre de la guerra o en el remanso de la paz-, de la indecisión y la duda de quienes moraban su orilla. Aunque al final de todo, como nos decía Jorge Manrique, nuestras vidas son los ríos que van a parar a la mar; esa inmensidad donde desembocamos los ríos caudales, los medianos y los chicos, porque, una vez allí llegados, todos somos la misma agua.



[1](del latín ascultäre: aplicar el oído para oír). Aféresis de ¡Escuchad!, aplicada denotando extrañeza (Vocabulario popular belmoralense, Francisco José Fuentes Pereira).


martes, 30 de octubre de 2018

Conversando con la tarde y con el viento -artículo publicado en Ideal Sierra Mágina, noviembre de 2018-


De un momento a otro espero tu llegada, pues de repente, un perfume mohoso y ligeramente agrio ha venido a bailar con mi alma. En la plaza, tu remolino de hojas y polvo se rebrinca hasta mi reja, mientras arriba, allá a lo lejos, en las alturas de Mágina, una capota hecha de lívidas nubes de esponja, te anuncia. Te estaba esperando, ya impaciente por tu tardanza, y me dejo hacer por eso, dándote cancha como si me hubieras sorprendido, como si ya no recordara el temblor de los besos deshaciéndose en tus labios color russian red. ¡Me alegró tanto tu regreso! ...tu resuello que casi había olvidado, con su revoloteo de pájaros: todos los pájaros de Mágina resguardados de nuevo en su chopo gordo y frondoso; su árbol guarida, bajo el que, mientras entretienen la tarde con un gusano en el pico, observan los parlamentos sin hilo, las conversaciones sin prisa de las gentes del lugar.

Al poco, cuando aún no se han acomodado las últimas avecillas renegridas, resoplas en sus alas y en mi cara, y parece que te estoy oyendo: “que estoy aquí, que tengo tantas ganas de hablar contigo...”. Y me lo dices, mientras vuelves a empujar el fuelle que todo lo mueve y alborota, primero levemente, en un murmullo que después se hace grave y grueso, traqueteándolo todo, hasta conseguir incluso, que tu canción repique en los cristales ese ritmo tuyo de bolero con el que avanzas bailando hacia el invierno.

Te observo desde la ventana, todavía cauteloso con tu juego, a sabiendas que, si me engancho a tu soniquete vespertino, me pongo ñoño y ya no hay exorcismo que me regrese a la luz de los optimistas. Así que leo lo primero que encuentro, y me topo con esta noticia: “El 30% del territorio español concentra el 90% de la población”. Vuelvo mi cara de nuevo hacia ti, que estás ahí fuera con tu cuchicheo incesante, queriendo decirme algo, precisamente hoy que solo quiero que bailemos: tú con tu fuerza; yo con mis ojos, siguiendo entretenido tu danza de hojas, polvo y chiquillos jugando a la pelota. Regreso entonces a las noticias, para comprobar que los hados, con toda clase de malas artes y argucias cicateras, se están esmerando sobremanera en desalinear al resto de planetas con la tierra. Leo el siguiente titular: “Los bancos también emigran del mundo rural”.

Ya no te miro, aunque tú me demandes desde tu parafernalia: una pasarela otoñal con la cadencia melancólica y adusta de este atardecer, donde desfilan hasta los árboles. Pero mi mirada, cansada de leer estas noticias, como en un mal sueño, se ha perdido entre los monstruos que habitan el paisaje del futuro; un paisaje nocturno, lleno de ruinas, donde solo habitan viejos y “zábilas” -sábilas o aloe veras-. Un lugar fantasma que limita al norte con una ciudad llena de luminosos que anuncian empresas y bancos, mientras, hasta las lindes del sur, llega el eco de una fiesta con sus efluvios de vino y de mar. Seguramente, este debe ser el sueño de la razón, que sigue produciendo monstruos muy parecidos a los que pintó Goya.

Me llamas entonces la atención, para que regrese a nuestra conversación, y compruebo que la realidad es solo una premonición de mi pesadilla futurista. En la tarde de Mágina, los juegos de los niños apenas son un murmullo, y no porque no solivianten ni griten, sino porque escasean; ya son seres en vía de extinción en nuestras plazas. En sus bares ya no quedan jóvenes; solo viejos y desocupados que, entre faroles y envites, se sientan en las mesas junto a sus ventanales. Y los bancos, reconvertidos y reducidos a la mínima expresión, abren en días alternos para decidirte la agenda: los lunes al sol del dinero, los martes a la sombra de las medicinas y los miércoles Dios dirá.

De pronto, llega hasta la plaza un 4x4 conducido por un joven, que aparca bajo mi ventana. Detiene el motor, se baja y enciende un cigarro, mientras se queda apoyado en el capó. Su vestimenta lo delata, pues seguro que viene del campo, y que tal vez ha estado regando, o quizá espestugando –si nuestro joven es de Albanchez, Bedmar, Bélmez, Cabra, Jimena, Jódar o Torres-, eschuponando –si es natural de Cambil, Campillo, Cárcheles, Larva o Huelma-, esvaretando -cuando viene de La Guardia o Mancha Real- o esmamonando si lo ha hecho en un olivar de Pegalajar.

Te vuelvo a ignorar, mientras pienso en él y en cómo será su vida, que seguro que mejor de lo que había esperado aquel día, cuando, echado en el capó de su todoterreno, mientras se fumaba un cigarrillo, decidió, entre las idas y venidas, conversar con la tarde y con el viento -ahora me arranco, ahora me quedo con sus arrumacos y sus envestidas-, y que tras escucharles los pros y los contras, optó, como otros muchos, por quedarse a vivir en Mágina, donde las escuelas no se cerraron y los bancos nunca se fueron.      
 



miércoles, 3 de octubre de 2018

Como el último habitante del planeta -Ideal Sierra Mágina, octubre de 2018-

Anoche tuve un sueño. Caminaba descalzo por las calles solitarias de mi pueblo. Bajo mis pies, un tacto acolchado y confortable, como si levitara varios palmos sobre el suelo o anduviera sobre unas aparatosas calzas hechas de hierba, de  una hierba tupida e invisible. Tenía la sensación extraña y familiar a la vez de sentirme el último habitante del planeta. 

 Sé que era el futuro, aunque no sabría deciros el porqué. Tal vez por la luz del mediodía y el fuerte aroma de las higueras que lo impregnaba todo. Y mientras disfrutaba en las alturas de mi ingrávido paseo, pensaba: ¿a qué esta sensación tan placentera?, ¿por qué me puede hacer feliz ser o sentirme el último ser en esta Tierra?... ¿así será el futuro que me espera?... ¿tal vez un nirvana tibio de olorosos higos dorados por el sol?... 

Entonces, me despertó sobresaltado un presentimiento, e inmediatamente di un salto de la cama para buscar en mi portátil las fotos que había tomado por el pueblo durante estas vacacionesallí estaba, calle tras calle, rincón tras rincón, el recorrido de mi sueño.  

Antes os pondré en antecedentes: cada dos años tengo la costumbre de hacerle un hueco en mi equipaje a la cámara fotográfica con el propósito, un tanto peregrino, de hacerme con un archivo histórico sobre la representación de los Moros y Cristianos que se hace en Bélmez durante las fiestas de agosto. Al menos, eso es lo que  voy contándole a todo el mundo. En realidad, no tengo muy claro que ese sea el motivo, que también. La cuestión está en que, en esta ocasión, una vez concluidas las fiestas, he seguido teniendo una inexplicable necesidad de fotografiar, no tanto a personas o a objetos concretos, sino a las calles y plazuelas; esos detalles que se esconden en sus esquinas y en sus rincones, que a simple vista no vemos, pero que terminan por aparecer una vez congelado el momento preciso en el encuadre de nuestra instantánea.  

Así que cámara en ristre me encaminé, no ya por las calles de todos los días, sino precisamente por aquellas que tanto añoro y que, tras invocar a los dioses del recuerdo y a los héroes de la memoria, terminan apareciendo reflejadas en mis escritos tras una neblina de irrealidad y fantasía, como si se trataran de una de las caras de María. Mientras disparaba mi objetivo, iba haciendo memoria a la vez que me sorprendía por la revelación misma del instante: hacía más de treinta años que no pisaba por la mayoría de ellas. 
La primera, el Callejón, laberinto que fue de mis juegos infantiles; también escenario de mis primeros e ingenuos escarceos, pero sobre todo lo recuerdo como un fuerte del Far West dondedurante las semanas anteriores a San Antón, horca en mano y cara de perro perfectamente ensayada, custodiábamos los zarzales cada tarde al salir de la escuela. 

Proseguí después por la calle María Gómez, pero en sentido contrario a la casa de las caras, no por eludir el rincón más fotografiado de este pueblo, sino por huir de sentimientos encontrados junto a mi casa natal. Doblé entonces por la calle Gargantón, tal vez la más original de las calles de Bélmez, con sus dos alturas de casas: a ras, las de la derecha, y elevadas en un montículo, las de la izquierda; como original solución a los obstáculos orográficos que se les fueron presentando a quienes decidieron asentar precisamente aquí un pueblo. 

Y llegué a las Eras, y aunque hice una foto de su plaza con el gentío del mediodía, preferí los rincones que iban descubriendo sus callejas a uno y otro lado: la de las Flores, el camino del Paso… hasta que me adentré en las Cuevas por una calle que ahora se llama Pablo Picasso, como si con ello se nos previniera de cierta cadencia cubista en las formas de sus casas. Pero sobre todo, allí estaba la casa de los pinos, a cuya sombra tantas confidencias compartí con uno de sus moradoresmi amigo Antonio.  

Precisamente delante de esta foto, mientras me lamentaba de la tala sufrida con el tiempo en el pinar circundantecomprendí la epifanía de mi sueño de la noche anterior. Vi entonces con claridad,  que tenemos que salir de los recorridos rutinarios, anodinos, casi mecánicos del bullir de nuestros pueblos. Hay que huir, abandonar lo manido y gastado, y buscar nuevas solucionesAunque es sano y hasta recomendable que sepamos de dónde venimos y quiénes fuimos, no podemos caer en la añoranza de un pasado con sus cosas malas y buenas que jamás regresarán, porque debemos mirar nuestros pueblos desde esas otras perspectivas que nos llegan desde la periferia, desde el detalle más nimio, desde  el rincón más recóndito, desde la más humilde de las calles, desde la más sencilla de las propuestas.  

Por ejemplo, propongo que nos acerquemos hasta Bedmar, no por la frondosidad del adelfal, sino bajando por el castillo viejo; sugiero una mirada nueva y diferente de Huelma dejándonos caer de la plaza Nueva por sus calles empinadas; planteo una perspectiva de Pegalajar que no se centre en su charca-corazón del pueblo, sino que se detenga minuciosamente en el recorrido de las diferentes arterias-acequias que la implementan con sus aguas cristalinas desde los numerosos pozos que conforman su geografía, hasta que encontremos el camino que nos lleve levitando hasta el futuro de Mágina, donde parece ser que siempre es mediodía y el olor de las higueras lo impregna todo, para hacernos sentir como si fuéramos ese último habitante en el planeta. 

De Despedidas y otros contratiempos