El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

martes, 25 de abril de 2017

El patrón de los charcos

     
Reformando el parque del Nacimiento. Foto de los años 60 (Juan López Sánchez)


           Hoy 25 de abril es el día de San Marcos, santo muy relacionado con el agua, que es la vida, cosa que habría que recordarle a quienes creen que les nace por generación espontánea en los grifos o sólo la beben en botella. Hay muchos pueblos de la comarca y resto de la provincia que celebran al "Patrón de los charcos" que protege nuestras fuentes para que no se sequen en verano. Históricamente en Bélmez se hacía la procesión del perrillo de San Marcos que iba por todos los pilares hasta el Nacimiento. Una vez allí los que procesionaban tiraban al pozo el perro que llevaba la imagen a sus pies - aunque según investigaciones de Manuel Amezcua orginariamente pudiera tratarse de un toro deforme- . A continuación todos bañaban en el pozo sus perros, pues se les consideraba del santo.

(Fuente de la información: Bélmez de la Moraleda: tradición y misterio de Jose Manuel Troyano Viedma).

Parque del Nacimiento, años 60 (fotografía de Juan López Sánchez)
 

viernes, 21 de abril de 2017

El Jandulilla


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Nacimiento del Jandulilla (F. Serrano García, septiembre 2009)


"Hasta la adolescencia, la memoria tiene más interés en el futuro que en el pasado, así que mis recuerdos del pueblo no estaban todavía idealizados por la nostalgia. Lo recordaba como era: un lugar para vivir, donde se conocía todo el mundo, a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos."
Vivir para contarla, Gabriel García Márquez.

         Nuestro Jandulilla, cuyas aguas ven la luz allá por la Cuesta de los Gallardos, se arrastra tímido e impreciso entre rocas carbonatadas hasta vaciarse en el padre Guadalquivir, cerca  del paraje conocido como Úbeda la Vieja.

         El geógrafo andalusí Al-Zuhrí, que dividió la tierra en siete partes con sus siete climas, consideró a al-Andalus dentro del quinto paisaje o clima, junto con Siria y los países del imperio romano, en la concepción arabocentrista del mundo que desprende su Libro de geografía, donde nombra a nuestro río como Wadi-l-Ard o Río de la Tierra.

         Es quizá el más enclenque y escaso de los hijos del Guadalquivir, cuyo margen izquierdo alcanza de la mano del Gualijar, el Gargantón y un número incierto de arroyuelos.

    
     Yo recuerdo nuestro río ligeramente teñido de verdín entre un reflejo  ferroso de piedras.  Cuando la primavera estiraba sus tardes, bajábamos hasta él en procesión, un domingo sí y otro también, por el camino del Llano. Una vez en  el Salto, cruzábamos cuan furtivos la carretera, como si aquel sigilo aprendido en alguna película de guerra nos volviera invisibles. Ya en la otra orilla, tras vadearlo por un recodo de apenas una cuarta de profundidad,  tosíamos las primeras caladas de ducados o  estampábamos un beso kamikaze en sus labios esquivos, en aquel tiempo de estreno, bajo el perenne camuflaje de los olivos.

viernes, 7 de abril de 2017

Un lamparón como una medalla de grande en la camisa de estreno



        
      

         Un lamparón como una medalla de grande en la camisa de estreno, bien porque tu hermano te empuja mientras coméis los buñuelos gomosos como chicles, o porque te la salpicas troceando en un tazón de café con leche unas flores nevadas en azúcar.


Un farol, un canastillo o una piña colgando del espejo retrovisor de la furgoneta de tu padre, o un lagarto que atrapa tu dedo y que se resiste y no lo suelta a pesar de los tirones, o un simple trepasimón para el que te bastan dos hojas de palma.

Los pies a remojo en la vieja zafa de porcelana y una tercera olla con agua calentando en el fogón. Tu madre frota que te frota los talones con estropajo de esparto y una pompa viscosa de jabón que inunda la cocina con un intenso olor a sosa. Cortar después las uñas a conciencia y otro apóstol listo para la misa de Jueves Santo. 

Sotanas de monaguillo, unas blancas  y ceñidas al cuerpo con cíngulo rojo; otras negras o rojas, acompañadas de bonetes a juego coronando las cabezas de sus portadores. Largas e interminables filas y quemaduras de cera, pero no hay estruendos, ni tambores, ni cornetas; solo el crujir de los pasos y la  cruz desnuda en estación de penitencia, mientras corre un viento de incienso.

Transcurre la mañana del viernes entre el quiero y no puedo del ayuno, pero al mediodía devoras la tortilla de patatas, el bacalao con tomate y la tarta de galletas. Haces la digestión mientras pasan una de romanos. Después, un último atraco a la olla de las flores y a coger la carraca, que toca anunciar la procesión.

Llega el sábado, que se despierta con aire de gloria. Por la mañana, un último ensayo a la misa. Sobremesa quizá con Los diez mandamientos, tal vez con Ben Hur. Espera ansiosa, entretanto se apaga el día, que ya toca encender la hoguera para que la luz de Cristo recorra la noche en la desabrigada voz del sacerdote, que con un punzón va trazando el alfa y el omega; el principio y el final. 

Por último, un redoble de campanas rompe con brío la medianoche, mientras se acerca un domingo nuevo, resucitado.      

martes, 4 de abril de 2017

El corazón de Bélmez de la Moraleda -artículo publicado en el Ideal Sierra Mágina, abril de 2017-



Relaciones de Moros y Cristianos, agosto de 1995.

A Bélmez de la Moraleda no se llega por casualidad, no está camino a ningún lugar. Quienes  toman el desvío que se encarama culebreando entre olivos hasta el pueblo, han de hacerlo adrede. Los belmoralenses, o “moraleos”, hemos de tomar conciencia de ello.
Por descartado sabemos que, conocer nuestras “queridísimamente odiadas Caras”, será la inmensa mayoría de las veces el propósito de la visita. Sin embargo, mal estaríamos si no aprovecháramos la inercia que ha traído hasta nuestras calles a ese turista de lo desconocido, sin que le hagamos levantar la mirada del suelo, para mostrarle esos otros tesoros no menos enigmáticos que esconde este pequeño rincón de la Sierra Mágina.
         El primero de ellos duerme el sueño de los siglos en las piedras de la fortificación árabe de Belmez , que junto al castillo de Chincoya - citado por Alfonso X el Sabio en la cantiga 185 -, el de Neblín y los torreones del Lucero y el Sol, conforman uno de los conjuntos defensivos más importantes de todos los existentes a lo largo de la frontera Nazarí.
         Nuestros orígenes, plagados de confrontaciones las menos, escaramuzas las más, entre musulmanes y cristianos,  se ven reflejados en las celebraciones, ya que hemos conservado en nuestras fiestas de “Moros y Cristianos”  el vestigio de aquellos juegos  de soldados, que con cañas y espadas de madera, recreaban sus disputas. No existen en todo el Levante y Andalucía oriental unos textos que se equiparen a los de Bélmez de la Moraleda, gracias a la reconstrucción llevada a cabo por el poeta Guzmán Merino en sus dos “Relaciones”. La primera se representa en la romería de Belmez, el primer domingo de mayo, mientras que  la segunda, continuación de la trama anterior, se desarrolla en dos actos durante las fiestas de agosto en honor al Señor de la Vida.
         Conscientes ya de nuestra sangre mora y cristiana, de nuestra dualidad granadina y jiennense -que no se decantó hacia el Santo Reino hasta la invasión napoleónica-, solo nos queda un detalle para terminar de conquistar al forastero. Así que, con nuestras maneras sencillas y la mesura aprendida de la cuna, acompañaremos los gestos de la justa emoción que contienen las cosas auténticas. Y con los andares decididos, pero sin prisas, le mostraremos a nuestro visitante el camino que parte desde la barriada de San Ramón y que transcurre por los parajes del río Gargantón, hasta las mismas entrañas del Parque Natural de Sierra Mágina.
         Avanzará fascinado entre majoletos y cornetales, cruzando varias veces el lecho del río, para ganar  altura por estrechas veredas y simas, bajo lapiaces esculpidos por la erosión. Allí, será testigo privilegiado de cómo el tiempo ha dibujado un mosaico pedregoso, mientras el intenso aroma de los pinos laricios impregna el ambiente con su paz. Y al regresar, conforme se vaya acercando de nuevo al pueblo, ya rendido por completo ante la hermosura del entorno, contemplará una mancha blanca de casas que se asemeja a un corazón: el corazón de Bélmez de la Moraleda.

Artículo de la contraportada del Ideal Sierra Mágina, abril de 2017, retitulado como 'Bélmez de la Moraleda, algo más que caras.

domingo, 2 de abril de 2017

"La tierra de las fatigas"



        

          A ver, que levante la mano quien no haya renegado alguna vez de haber nacido aquí… Sed sinceros…todos nos hemos sentido en alguna ocasión enfadados con el mundo, porque el destino dio con nuestros huesos en este recóndito paraje en el valle de una sierra de crestas agudas, que parece afrentarnos desde la desnudez de su cima.

         Y no es algo que deba avergonzarnos, en absoluto. Solo basta con que abandonemos por un momento la tertulia del Parlamento y dirijamos nuestra atención hacia las conversaciones que nuestros jóvenes mantienen en un banco del Nacimiento o en la barra de algún bar, para vernos reflejados en su abominación hacia lo que alguna vez oí nombrar por un mayor como “la tierra de las fatigas”.

         Como el niño que acaba de descubrir que su padre no es perfecto, cuando destapamos las carencias de este pueblo nuestro, estamos dando un salto hacia adelante, porque el cariño y el amor -y hasta la devoción y la pasión- no están reñidos para nada con la razón y la verdad.

         Querer lo nuestro, lo que somos, de lo que formamos parte, no es ceguera ni desdeño de la evidencia. Al contrario, el ser críticos, el sabernos el “culo del mundo” en casi todo, nos da la perspectiva suficiente para poder ver el camino que va faldeando esta Sierra Mágina hacia el futuro de una Bélmez de la Moraleda próspera.

         Oteando desde este cariño no conforme, nos vamos a sentir más despejados y estaremos más despiertos, incluso ojo avizor, porque si por algo se caracteriza la gente de esta tierra, es por ser espabilada.

De Despedidas y otros contratiempos