El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

martes, 31 de agosto de 2021

La tierra de las fatigas —artículo publicado en Ideal Sierra Mágina, septiembre 2021—

 ¡Qué desazón que nos está dejando este tiempo, este agujero negro, este enganchón en un obituario continuo! Cinco olas con sus cinco curvas tan altas como cinco tsunamis, que nos tienen haciendo puenting en un bucle emocional: arriba y abajo; la vida y la muerte, bailándonos un ritmo infernal en el pulso. 


Hay mucha gente en Bélmez y en toda la comarca de Sierra Mágina que, sin pensárselo dos veces, diría: «Blas era mi amigo». Pero, como yo no puedo hablar por los demás, me vais a permitir que os lo diga: Blas era mi amigo; pero un amigo sin artificios ni aspavientos, una vez despojada la palabra de perifollos, banalidades y demás orquestales estridencias. Es más, no sé explicar cómo lo hacía —porque estoy seguro de que era más mérito suyo que mío—, pero lograba deconstruir nuestra amistad, hasta hacer de ella un simple pero maravilloso mecanismo de afinidad. 


Alguien me dirá entonces, que eso lo llevaba él en el oficio; que, como buen tabernero, sabía equilibrar en su bandeja la eficacia de esa psicología aprendida en la mejor universidad posible —la de la vida—, con una distendida y amable conversación, donde la confidencia quedaba elevada a secreto de confesionario aderezado con la exacta proporción de hielo, licor y refresco; porque en el arte de la atención al público, él seguirá siendo catedrático emérito por los siempre jamases 


Pero no he venido aquí a hablar de su magisterio, sino de sus devociones. Desnudar una amistad hasta dejar su significante y su significado en «pelota picá» es una cualidad que no se aprende tirando cervezas, sino ejercitándose en el oficio de la auténtica bonhomía, sin hacer trampas ni rellenar su músculo con cartones. Y es que, con una patadita y un farol, una nimiedad, un guiño, un «¡cuchah!, ¿cuándo has venío?» dicho con esa pose de «medio lao» desde detrás de la barra, lograba hacerle hueco a lo que de verdad importa: las personas y sus sueños. 


Ahora, esa persona, que era mi amigo sin alharacas ni palmaditas en la espalda, se ha truncado, ya no es, se acabó; y con ella, sus sueños… ¿o tal vez no? Tal vez, amigo mío, hayas encontrado ese mecanismo que es —como tú decías— «lo más sencillo del mundo», para que, a través de tu obra, de una u otra manera consigas perdurar en el tiempo. 


Me siento en este momento más charlatán que nunca; más saltimbanqui, que dice mi madre, teorizando desde la barrera de esta columna con arengas sobre el emprendimiento en Mágina; predicando en el desierto ante mis contados lectores, para que nunca dejemos morir a nuestros pueblos. Y mientras, tú, a la chita callando, con tus palabras sencillas y tu laboreo silencioso pero continuo, habías conseguido poner en marcha el primer proyecto emprendedor que se haya visto en Bélmez —y, además, con perspectivas de crear puestos de trabajo—, desde que el magnánimo de Amancio Ortega se llevara el negocio de los trapos a Asia y, en un arrebato de mala conciencia, repartiese por los hospitales de España sofisticados artefactos que curan lo imposible. Claro, tú me dirías que esto es solo un empezar; sí, pero es el primer empezar en décadas, te contestaría yo. 


Ese era tu sueño, el mismo con el que tu primo Jose María y tú habíais fantaseado muchas noches; un sueño con raíces profundas como las de los de los olivos de «la tierra de las fatigas» —como tú llamabas estos parajes maginenses—, que habrían de hacerlo realidad. Luego, él se fue; aunque, antes de marcharse, todavía tuvo tiempo para enredar a sus hijos en la adicción de vuestra quimera. Y entonces, cuando el sueño dejó de serlo para convertirse en una realidad palpable, te ha barrido de un zarpazo con su cola de desgracia este despropósito de tiempo.  


Amigo Blas, todavía es muy temprano para hacer conjeturas; todavía duele por lo reciente, pero también por lo profunda y por lo traicionera la dentellada que nos ha supuesto tu pérdida; y ni siquiera nos hemos hecho a la idea de no volver a verte detrás de tu barra, sonriendo con tu natural socarronería mientras vas sacando brillo a los vasos, como para tratar de adivinar si el futuro seguirá llevando tu nombre o, al menos, una ligera fragancia, una brisa, un toque que nos traiga tu recuerdo cuando menos lo esperemos. Pero me gustaría que, por una vez, mis palabras sirvieran para algo más que para prender la chimenea, alimentar mi ego o las críticas de quienes no me aguantan. Me daría por satisfecho que, aunque solo sea porque hablo de ti, tus hijos se guardaran esta columna en algún lugar —donde luego no lo olvidaran, por supuesto—, para que, cada vez que se sientan perdidos, recuerden quién eras a través de las palabras de quienes te admirábamos; y que dichas palabras los imbuyan de alguna manera en tu espíritu. ¡Esa sería, de verdad, una forma tan maravillosa de honrar tu memoria!… 





 Y, fíjate Blas, que después de preguntarme muchas veces sobre los entresijos de lo que nos enredaba y, al fin y al cabo, unía, fue escribiendo sobre ello, cuando di con la clave; porque los mecanismos de la amistad son más simples de lo que algunas veces nos empeñamos en demostrar.    

 


lunes, 2 de agosto de 2021

Relato de verano: El niño que soñó con las caras —Ideal Sierra Mágina, agosto 2021—

   Empezó a leer la novela unas noches atrás. Justo el mismo día en que la recibió, aunque apenas pasaban tres desde que su hijo la había pedido. De hecho, se quedó tan sorprendido por la prontitud de su llegada que se le agarró en las manos ese temblor tan familiar. Era como si aquel sobre amarillo acolchado contuviera un juguete ansiado desde niño. Quién le iba a decir a él que esa cosquilla en las manos se la iba a provocar un libro. A él que, si no contamos cuando se sacó el carné de conducir, en su vida había leído más de tres líneas seguidas.  

Y ahí estaba, a las dos y treinta y cinco de la madrugada de su tercera noche seguida, empezando a leer el segundo párrafo de la página doscientos dieciséis, cuando una frase le trastocó los pulsos. 


Pasado un tiempo, estando Pura, como cada tarde de lunes a viernes, trabajando en la biblioteca, recibió una visita inesperada. Se trataba de Carmen, una buena vecina de Bélmez. Parecía muy alterada, y traía de la mano al mayor de sus hijos varones…    


Ese niño era su «él mismo» el de hacía cincuenta años, asomando aquellos rizos de entonces, junto a sus ojos igual de negros, pero más grandes que los de ahora, por las páginas del libro. Allí estaba, con la mano derecha cosida a la mano izquierda de su madre, mientras un miedo insuperable le paralizaba el cuello, como si se tratara de la mordedura de una garrapata. 


Respiró con tanta profusión que casi despierta a su mujer. Pero fue la constatación de saberla cerca lo que terminó por tranquilizarlo. Estaba decidido a continuar leyendo aunque ello le trajera de vuelta los viejos fantasmas.  





Después de aquella horrible pesadilla que tuvo a los ocho años, nunca ha vuelto a pisar la casa de María, ni a soñar con la barba interminable del Rabino, ni con los ojos inquiridores de la Pava. Pero, durante años, cada vez que llegaba la noche y cerraba los ojos, todos aquellos rostros volvían a danzar en su cabeza. Una noche y otra y otra… el suelo de la cocina se abría a sus pies, para volver a oír el llanto —¿o era la risa? — de unos niños aterrados —¿eufóricos?— ante una turbadora figura masculina, que se alargaba hasta hacerse tan inmensa como la oscuridad, mientras en su cabeza esa pareja no cejaba de pelearse: «¡Quico… borracho… que nos vas a quitar la vida!». 


Intentó concentrarse para seguir leyendo, pero no pudo evitar que las ideas se le engancharan unas contra otras en una maraña de absurdos imposibles de desenredar. Porque, si es verdad lo que se cuenta en el libro, tal vez él sea el único niño de las caras que tuvo miedo de ellas. Por eso se sentía aliviado de no ser ninguno de los que aparecen en la fotografía de la portada. Esa sensación hubiera sido insoportable: «mira, este de aquí, el de la izquierda… no, el otro… el que está como mirando raro… ¡ese, sí!… ¡ese es el niño que soñó con las caras!». 


Por fortuna, pocos recuerdan aquel episodio. De hecho, desde que ha salido este libro, nadie se lo ha referido. Salvo su hijo, claro; aunque la culpa la tuvo él mismo. 


—Yo soñé con las caras. —le dijo casi sin querer; y ya no pudo parar de contarle. 





Pensaba ahora en el miedo. Pero no en el miedo así, tomado en abstracto. Pensaba en su propio miedo; el miedo que él y nadie más podía sentir. Un miedo que olía a tierra removida y que sabía a piel y a asperezas. Un miedo que tenía el color de la sangre, desde aquella fatídica noche en la que bajó por unas escaleras de caracol hasta las profundidades de las caras. Porque él había olido las ropas del Rabino, cuyo tufo nauseabundo infestó sus noches durante demasiado tiempo; porque él sabía de qué color eran los ojos de la Pava, aunque ya no lo recordara o, simplemente, no lo quería recordar. 


Página doscientos noventa y nueve y última. Probablemente, haya sido el primer y último libro que se lea en su vida. Echará de menos esa sensación de remolino en la cabeza por saberse parte de lo que alguien ha escrito. Hace un par de páginas comenzó a hacerse el remolón: quería estirar las vocales, las sílabas, las frases, los párrafos… añadirle más. Porque los libros, cuando te trastocan, debieran ser como la piel cambiante de un niño. Incluso, alcanzar para que troquelemos a capricho los recuerdos.  


Volverá a esperar impaciente la llegada de la noche. Buscará otra vez la pared más propicia donde proyectar contra un tenderete de sábanas el parpadeo de una vela. Regresará a los castillos hechos de almohadas, donde jugábamos a ser las reinas y los reyes de los sueños, mientras que, debajo de la cama, esconderá, junto a las canicas y los cromos de la Real Sociedad —Gaztelu, Boronat, Gorriti, Esnaola...—, sus secretos de niño flacucho, pelo rizado y ojos negros y grandes. Es curioso, pero todavía no ha descubierto si lo que escucha es la risa o el grito de unos niños. Habrá que empezar de nuevo a leerlo. 

De Despedidas y otros contratiempos