Cosas de Sierra Mágina —artículo para Ideal Sierra Mágina, enero de 2026—

Alguien, uno de esos defensores de la posverdad que presume de haber estudiado un grado en demagogia y manipulación en no sé qué universidad privada, me afeó una vez con una mueca de burla mi pesimismo crónico, mi tristeza de serie. Me dijo que dejara de llorar en mis artículos y que intentara escribir algo en favor de la felicidad de las nuevas generaciones. 

Confieso que, prácticamente desde mi primer artículo en Ideal Sierra Mágina, cuando en la cabecera de esta columna aún no aparecía el nombre de El Almecinoyo mismo me dediqué a cultivar y publicitahasta el hartazgo esa imagen de cronista gris y apesadumbrado de la Sierra Mágina con la que doy a entender que me siento tan cómodo.  


¿Que, de dónde me viene esto? No sé. Me podría poner estupendo o pedante y decir que soy fiel seguidor de Schopenhauer, quien está considerado como el padre del pesimismo moderno, con lo que sería un hijo o más bien un nieto de su visión de la vida como un péndulo que oscila hasta el infinito entre el dolor por la voluntad insatisfecha y el aburrimiento. También podría ponerme a fardar de un presunto interés cultivado desde la adolescencia por el pensamiento filosófico de Nietzsche y su trágica idea de un mundo ordenado para lo peor. Incluso podría añadir que estas ideas mías un tanto oscuras me vienen de leer poemas de Leopardi, para terminar por declararme practicante del llamado pesimismo cósmico, que, más que una actitud triste ante el devenir de la vida es una profunda convicción filosófica sobre la falta de consuelo y significado en la existencia. 


Pero, por mucho que esto vista de presunta erudición e intelectualidad mi reflexión, estaría mintiendo, porque, más que pesimista, lo que soy es un tipo desconfiado. Un fiel militante de ese descreimiento un tanto malicioso que practicamos desde tiempos inmemoriales los nacidos en Sierra Mágina, cansados de tantas promesas incumplidas, de tantos cantos de sirena proferidos por políticos de todas las condiciones y colorescuyo eco siempre termina extraviándose antes de llegar rebotado contra estos riscos milenarios para perderse por sus barrancos. 





Porque lo que soy, antes de que nada o nadie desvirgara desde un púlpito o desde un libro mi pensamiento o mi conciencia, es un hijo de la Cultura de esta tierra de olivos montunos, criado en el vértigo de sus taludes, con más mataduras en mis rodillas que un burro viejopero capaz de levantarme del suelo una y otra vez, siempre, con un «sana, sana, culito de rana», a la vez que me escupo en la herida, y a otra cosa, que —como decimos en B´elmez— «es tarde y viene lloviendo por Solera». Porque lo que soy, ante todo, es un hijo de la Cultura grande y con mayúsculas de la Sierra Mágina —perfil abrupto de mi horizonte— que me ha parido y que, como buena madre, por mucho que la decepcione, siempre me acogerá.  


Y cuando escribo aquí Cultura, con una «C» mayúscula leída en voz bien alta, no me refiero solo a la filosofía, a la literatura, a la pintura, a la arquitectura, a la ciencia… que todo eso también lo esEstoy hablando de esa Cultura de Mágina que siempre intuí, porque la llevaba dentro de mí. Esa Cultura de la que me empapé y mamé en aquellos primorosos cuadernillos impresos en multicopista de la revista Neblín, que el cura Martín Fernández Hidalgojunto con unos jovencísimos Ángel López López y Manuel Amezcua Martínez, publicaron a principios de los ochentaLa misma que Francisco José Fuentes Pereira recopiló en su Vocabulario popular belmoralense. Pero también esa que cada año, al llegar diciembre, nos recuerdan nuestras enganchadas de Mágina con la memoria que encierran y nos refrescan en sus quehaceres de hilo y, por supuestoen sus decires. Esa misma Cultura que nos hace sentirnos orgullosos de ser rurales y que es tan grande, tan inmensa e inmemorial como un todo complejo de conocimientos, creencias, arte, moral, leyes y costumbres que adquirimos como miembros de esta tierra; como habitantes —presenciales o en remoto— de estos pueblos. 


, tal vez —volviendo a los oscuros nubarrones que rondan a la juventud de Sierra Mágina yo sea un coñazo y además un llorica que lo ve todo de color negro, pero esa es a grandes rasgos una manera muy de aquí de rebelarme contra este mundo de cartón piedra. Ese es mi grito contra el individualismo enfermo, la insolidaridad, la banalidad materialista que nos rodea, con la que envolvemos a los niños entre los algodones de una felicidad irreal que, llegado el momento en el que descubran la gran mentira, se tornará en frustración, en rabia. Entonces, esos niños vendrán a matar a los padres si antes no les damos de mamar de la teta de Mágina, de ese espíritu que todo lo pone en entredicho y que, por muchas tretas recibidasconsigue que nunca te rindas. Así que, prepárate tú que me reprochas mi llanto para estar triste. Tú, que tanto te ríes de mí y de mis cosas de Sierra Mágina. 




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