De Despedidas y otros contratiempos

 Siempre ha estado presente en el espíritu de esta columna. Puede que incluso haya flotado en el ambiente, como si hubiera perfumado con su prisa todos y cada uno de los artículos que durante estos años surgieron de la buena sombra de este almecino. Es además una premisa nada casual que, por circunstancias y devenires propios, guía mis pasos desde hace unos diez años. Me refiero a esa perentoria necesidad que todos deberíamos tener por vivir. Porque hasta que no tomamos conciencia de lo efímero de nuestra existencia, hasta que no comprendemos que los días que no disfrutamos no se pueden guardar en una alcancía para cuando nos jubilemos, pasamos por el mundo y por los sucesos como si nada fuera con nosotros, como si todo fuera de mentira y lo estuviéramos viendo en una película.  

 

Ha sido precisamente ese cartel de «tempus fugit» que desde entonces llevo en la frente el que me ha hecho que no me cogiera por sorpresa el anuncio de que este sería el último número de Ideal Sierra Mágina. Es más, sin ser muy consciente de ello, yo ya tenía mi propia composición sobre las causas que nos habían traído hasta este momento de despedidas y otros contratiempos, ya que, como escribió Julio Cortázar, «un puente no se sostiene de un solo lado» por muy loables que sean las pretensiones de esta vendita publicación que, durante los últimos diez años, mes tras mes, ha puesto en valor a nuestra tierra. 

 

Entonces, en ese preciso momento en que recordaba esa frase suya, en mi cabeza ha empezado a resonar con toda nitidez su acento porteño, su característico frenillo arrastrando erre que te erre todas las erres. Porque amismo, con su cigarrillo encendido entre los labios, se ha plantado ante mí, en cuerpo y en espíritu, el Gran Cronopio, el mismísimo Cortázar, quien, al parecer, ha venido, no solo a aliviar con sus palabras este mal trago, sino a ayudarme a ponerle el punto y seguido a este amor mío por Sierra Mágina. 

 

Como Horacio y la Maga en Rayuela, Mágina y yo siempre andamos merodeándonos en los desencuentros, «sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos», aunque sin lograr estar plenamente juntos nunca. De ahí que resulte descorazonador ver cómo este exilio mío madrileño impide que se concrete de una vez por todas el amor que le tengo a la tierra donde nací, a pesar del mucho cariño y del irrefrenable deseo por regresar de una vez por todas a ella. Además, por mucho que yo escriba sobre Mágina, que yo la haya tenido presente en todos y cada uno de los artículos que os he traído a estas páginas, no puedo hablar por ella, por lo que me temo que me moriré sin saber si esta tierra mía me quiere o no. Pero ahí está mi querer incondicional a pesar de todo esto: del dolor de la aceptación, de la inconcreción que supone y, sobre todo, a pesar de la distancia. No sé, al final puede que el destino de mi relación con Mágina sea una serena resignación por lo que no puede ser; un «no queda nada» sin dejar de mirarnos de soslayo.  


Cortázar y yo en Sierra Mágina


 

De todas maneras, como dije al principio, y aprovechando que tengo al maestro y sus palabras apuntalando las mías, el tiempo es precario, como aquel reloj que nos regalaron en nuestra primera comunión. El tiempo es un pedazo frágil de nosotros mismos, al cual estamos atados como a ese reloj que nos recuerda su paso; que en el fondo está la muerte, a la que no deberíamos tener miedo si seguimos a pie juntillas la premisa de vivirnos la vida cada día hasta el fondo del vaso. «El tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan» … ¿Qué más queremos? 

 

A este tiempo de Ideal Sierra Mágina sucederá otro de manera inmediata, a la vuelta de la página, al final del último párrafo de este último artículo. Porque mi manera de sentir y de escribir, ya sea en este o en otros periódicos, de papel o digitales, en un panfleto, en un libro, en un archivo perdido en mi portátil o en un bloc de notas olvidado en la esquina de mi mesa seguirá brotando de mí, como mi amor imposible por Sierra Mágina, por sus cosas, por sus gentes y por todo lo que esta tierra me inspira. Porque el miedo nos ata, nos paraliza, y «cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj». Porque hay que llegar hasta el final haciendo y haciéndonos sin descanso, todos y cada uno de nuestros días, a pesar de la pereza, a pesar de los contratiempos. Lo sabemos desde el mismo momento en que nacemos, y algún día tendremos que aceptarlo, que «allá en el fondo está la muerte, si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa».  

 

Fue un placer. 




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