Las cosas de Dios —artículo para Ideal Sierra Mágina, mayo de 2026—


Por unos instantes me quedé mudo. Quizá porque suele ser yo quien hace este tipo de preguntas que, fuera de un contexto de amistad o al menos de cierta familiaridad, resultan cuanto menos impertinentes. Y la verdad es que me había ganado a pulso la preguntita de marras; me había hecho acreedor a ella en recompensa a mi habitual insolencia: «Juan, ¿tú crees en Dios?».


Esos dos, tres segundos que permanecí callado no se debieron a que —por primera vez en mucho tiempo— este charlatán de feria, este saltimbanqui vendedor de moralinas a modo de crecepelos para el alma, este dispensador de bálsamos milagrosos para todo y contra casi todo no supiera qué contestar. Ese breve lapso de incómodo silencio fue suficiente para que mi mente rebobinara a cuádruple velocidad la película de mi vida: un relato que, partiendo de una educación en la Iglesia católica, romana y apostólica llegó hasta el limbo de los escépticos, los agnósticos y los descreídos varios. 

 

Ya desde pequeño, en el momento en que mi curiosidad infantil despertaba en aquella Bélmez de la Moraleda recién convulsionada con la bomba de las ` caras´ aparecidas en la cocina de mis vecinos de la casa de enfrente, el mundo y sus siempre cambiantes circunstancias se empecinaba en enviarme señales contradictoriasAquella dicotomía entre Dios el maligno «``la cruz y `` la pava´», así bauticé esta contraposición en mi libro sobre la que todos discutían delante de lanarices de un niño curiosoy que entonces apenas comprendía, me dejó sin embargo un sedimento en el que se mezclaban y embarraban datos y sensacionesy al que, ya adulto, regresé a excavar con vocación paleontológica en busca de respuestas sobre la vida, sobre la muerte; es decir, sobre mí mismo yde manera indeclinable, sobre la existencia de Dios. El resultado fue mi primera novela, un libro de 300 páginas con —era de esperar— más capas que respuestas.  

 

Pienso que la duda debiera ser una consigna en la vida de cada cual. Pero no hablo de una indecisión entendida como una gota malaya que atormente nuestras noches, llenándolas de pesadillas con su continua gotera golpeando hasta el infinito el centro mismo de nuestras creencias. Me estoy refiriendo a un espíritu crítico que nos mantenga vivos, despiertos intelectual y espiritualmente, para poner en una cuarentena sine die cada paso, cada idea, cada acontecimiento, cada momento de nuestra existencia.  




 

Así es cómo todos y cada uno de los días de mi existencia, mis experiencias pasadas y mis vivencias presentes han terminado por abocarme a plantearme la fe en Dios o en el hombrepues son dos caras de la misma cuestión. Y es en esa evaluación continua donde, desde mi experiencia, Dios y su supuesta creación —el hombre y todo lo demás que se le atribuye están perdiendo la partida. Porque me pregunto dónde está Dios y dónde está el hombre que, imbuido por el halo de justicia y equidad que la serenísima divinidad de este ha de concederle, evite, o al menos denuncie, guerras y matanzas. Dónde han quedado los humanos sentimientos de solidaridad y misericordia inspirados por ese Dios omnipotente. Dónde ha quedado la capacidad de negociación y entendimiento entre aquellos que un día se dieron unas reglas mínimas de convivencia y respeto. 

 

Es complicado creer por pura fe en algo que ni se ve ni se siente, cuando la cruda realidad ha aplastado cualquier asomo de bondad entre los más poderosos, viendo la amarga contundencia con la que destruyen su buena reputación, si es que alguna vez gozaron de ella. Claro que, ese apoyo ciego en unas determinadas creencias encierra el concepto mismo de la fePero no, no solo de fe puede vivir el hombre. Mucho menos este hombre moderno, ingenuamente crédulo y casi ciego por el resplandor que irradian las pantallas, capaz de tragarse cualquier bulo y de alimentar su convicción de falacias. Este hombre desahuciado de sí mismo, capaz de creerse cualquier trola, menos su propia valía. 

 

Si Dios existiera, no nos castigaría como aquella vez según cuenta la Biblia (Génesis 11), cuando, a base de ladrillos, betún y mucha arrogancia, el hombre construyó una torre con la que pretendía llegar hasta el cielo. No tendrá que volver a enredar nuestras conversaciones, confundiendo nuestras lenguas con diferentes idiomas. Por desgracia, ya nos las hemos apañado sin él, sin sus castigos y sin sus enseñanzas, para tropezar una y otra vez en nuestra arrogancia y en nuestra falta de entendimiento. Ahí están quienes dirigen el mundo, quienes dicen representarnos en su liderazgo, con la barbilla bien arriba de petulancia y bravuconería, sin entenderse entre ellos y sin entender el mundo. 

 

Tal vez lleven razón quienes creen que estas son las cosas de Dios, por mucho que algunos nos empeñemos en descifrarlas, en comprenderlas, mientras otros se atreven a emularlas, o más bien imitarlas con resultados catastróficos siempre. De ahí que, si esa persona u otra me volviera a preguntar si creo en Dios, mi respuesta sería la misma: «no, no creo en el hombre». 




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