Nosotros y lo nuestro —Artículo para Ideal Sierra Mágina, febrero de 2026—
Ahora que se habla tanto del nosotros frente a esos otros, los que llegaron hasta aquí desde otras tierras. Ahora que se nos llena la boca y subimos el volumen hasta berrear casi de lo nuestro, contraponiéndolo a las tradiciones propias que traen ellos, los de fuera, me vais a perdonar porque os machaque una vez más con mi historia familiar y, de paso, recuerde aquella emoción de chiquillo que invadía los ojos de mi padre todas y cada una de las veces que contaba su llegada a Mágina cuando tenía escasos ocho años.
Ya he contado alguna vez que mi familia paterna no vino de muy lejos; que, como muchas otras familias asentadas en Huelma, somos oriundos de una de las numerosas aldeas que conforman Alcalá la Real, aunque me imagino que, para aquel niño de ocho años, hacer el camino desde la aldea de la Pedriza hasta el maginense campo del Moral en un carro tirado por mulas a través de carreteras maltrechas y, además, castigadas por una guerra de más de tres años, fue —al menos hasta ese preciso momento— la aventura de su vida. El resto de esa aventura —veinte años en Huelma y, tras casarse con mi madre, casi sesenta en Bélmez de la Moraleda— es la historia de un hombre normal y corriente que, como otros muchos hombres y mujeres normales y corrientes, siempre tuvo ese orgullo de pertenencia, primero a Huelma y después a Bélmez, pero sin dejar de sentirse ni por un instante de su vida aquel niño que vino de Alcalá.
Y aquí llega el momento en el que, para apuntalar la idea alrededor de la cual ando barruntando el armazón de mi artículo, suelo echar mano —hablando del nosotros y de lo nuestro— a los clásicos; a la gran herencia y tradición grecorromana de nuestra sociedad occidental. Pero esta vez lo voy a hacer dejándome aconsejar por la prudente y erudita sabiduría de Irene Vallejo, quien es mi entendida de cabecera en la cosa clásica desde que cayó en mis manos un ejemplar de su maravilloso El infinito en un junco. Así, a propósito de uno de nuestros clásicos incontestables, la Eneida, el gran poema épico del Imperio Romano, apunta Irene que esta debe su nombre a Eneas, un exiliado en fuga y derrota, un náufrago oriental que buscó una vida mejor en Europa. Un tipo que «se parece más a los emigrantes que mueren en las pateras del Mediterráneo que a los poderosos que hoy cierran los puertos y puertas».
Mi padre junto a la era del cortijo donde se crió, llamado Cortijo de En Medio,
en el campo del Moral en Huelma.
Fijaos qué mezquinos debiéramos sentirnos nosotros, los de ahora, tan amantes como somos de lo nuestro, de lo de siempre, al comprobar que «los romanos creían que su gloriosa historia provenía del mestizaje entre los pueblos del Lacio y los perdedores de la guerra de Troya». El propio emperador Augusto presumía de ser descendiente de aquel inmigrante llamado Eneas y encargó al poeta Virgilio un canto a la acogida del extranjero. Porque, puntualiza Vallejo, «esos a quienes llamamos parias son, en realidad, quienes construyen las patrias».
Regresando a mi familia y al recuerdo de mi padre, me hablaba él, y no sin cierto resquemor, de aquellos primeros años en Huelma, donde, tras lograr mi abuelo —gracias al sudor y al esfuerzo de toda la familia— comprar una casa, los vecinos los miraban con cierta desconfianza, por no decir otra cosa. Y eso que hablamos de una familia proveniente de la misma provincia de Jaén. Imaginaos ahora cómo deben sentirse ante esa querencia —a veces enfermiza por lo nuestro y por los nuestros— quienes han llegado hasta Sierra Mágina desde otro continente, cruzando incluso el océano o perteneciendo a otra raza. Como mínimo sentirán una decepción parecida a la de aquel niño de ocho años que se quedó para siempre a vivir en el corazón de mi padre.
Como digo una y otra vez, somos portadores y además albaceas —si no oficiales, al menos morales— de la inigualable cultura que heredamos de quienes echaron raíces en las faldas de estos benditos montes, a las orillas de sus arroyos y ríos. Por aquí pasaron íberos, romanos, godos, musulmanes, cristianos… Y volvieron musulmanes —tal vez tan descendientes como nosotros de aquellos que anduvieron ocho siglos por aquí—. Buscaban trabajo y, de momento, los pusimos a recoger los olivos que sus/nuestros antepasados nos enseñaron a respetar, a cuidar, a mimar para vivir de su fruto. Y vinieron allende los mares —tan mestizos como nosotros— nuestras primas y primos —hermanos, a fin de cuentas— desde Sudamérica, también en busca de una vida nueva. Y, de momento, le ofrecimos que cuidaran a nuestros enfermos, a nuestros mayores, para poder así continuar con nuestras vidas; con lo nuestro.
Quienes se consideran adalides de eso nuestro, invocando a cada trecho la tradición para justificar su odio por el diferente, suelen quedarse en la superficie de ese patriotismo mal entendido sin rascar y profundizar en la raíz de nuestra identidad. Me refiero a quienes, mientras leen este artículo, están gritando: «si tan tuyos los sientes, mételos en tu casa». De momento, para empezar, aquel hombre que nunca dejó de ser el niño de ocho años que llegó a Mágina le alquiló la casa heredada de su padre a uno de ellos.




Comentarios
Publicar un comentario