10 años, 100 augurios —artículo para Ideal Sierra Mágina, marzo de 2026—
Como nos recuerda nuestro compañero encargado de la publicidad de este
periódico, Jorge Balaguer del Jesús, Ideal Sierra Mágina ha cumplido en estos
días un año más, por lo que esta bendita e inusual publicación dedicada en
exclusiva a las cosas de nuestra tierra se encuentra ya —¡quién lo iba a decir!—
inmersa en su décimo año de existencia, en su año número 10, que es un número
mágico y redondo y que se me antoja —nunca mejor dicho— ideal para hacer
balance de mi paso hasta ahora por sus páginas.
Hojeando en primer lugar lo escrito, compruebo que yo también, aunque empecé a
ser asiduo por aquí cuando Ideal Sierra Mágina ya llevaba más de un año de
andadura, también cumplo en estos días un número redondo de apariciones: nada
más y nada menos que 100 artículos. Y ojeando después de manera detenida
esos mismos 100 artículos, tengo la sensación de que, desde el primero hasta el
último, me he atrincherado en un bucle repetitivo, en una búsqueda continua de la
identidad maginense. Como si utilizando distintas palabras, partiendo incluso de
postulados contrapuestos unos de otros, siempre desembocara en un mismo lugar.
Un callejón sin salida en cuyo muro final e infranqueable hay escrita una pregunta:
¿qué es Sierra Mágina?
Es un hecho probado en mí, que siempre procedo desde lo que suelo llamar mi
natural pesimismo, un estado de ánimo, casi una identidad asumida que
condiciona mi búsqueda de respuestas y soluciones. De hecho, hasta me apoyo
en otros pesimistas, en otros siesos como yo, pero nada anónimos, que apuntalan
con su probada sabiduría mis conjeturas. Hoy lo hago recordando las palabras de
Leonard Cohen cuando decía que «un pesimista es alguien que espera a que
llueva» y, como él, «yo me siento completamente empapado hasta los huesos».
Un tipo que pronostica la tormenta apenas atisba en el horizonte una triste y
solitaria nube. Un pájaro de mal agüero, o incluso el mismo augur que anda
siempre buscando fatalidades que interpretar en el vuelo de los grajos. La mayoría
de las veces —99 de 100 augurios pronosticados por mí sobre el futuro de
Mágina— la cosa quedará en agua de borrajas, pero ¡ay de todos nosotros! la
única vez que acierte, porque entonces, todo lo que fuimos, somos y soñamos ser
quedará ahogado bajo las aguas de la evidencia o sepultado bajo los taludes que,
no solo no aseguramos, sino que descuidamos artículo tras artículo, advertencia
tras advertencia.
animados que aparecía en South Park, un remedo del Capitán «a posteriori», el
típico cuñado que, una vez ocurrida la catástrofe tantas veces anunciada, venga
aquí a restregaros por la cara mi ínfimo porcentaje de aciertos del 1% con un
ridículo «os lo dije». Tengo claro, bajo el único resguardo de las palabras que
brotan desde el rincón de mi almecino — apuntalado en las palabras de Cohen—,
que mi propósito con esta columna ha de ir más allá del mero vaticinio de alguien
que observa el paisaje maginense sin mojarse. Tengo la esperanza de que,
aunque solo logre una vez de cada cien veces pescar algo provechoso bajo el
calabobos gris del pesimismo, que esa idea, ese rayo fugaz, ese chispazo
eléctrico, logre conectar e inspirar a quienes de verdad estén llamados a salvar a
Sierra Mágina del ahogo y del olvido.
Por desgracia, y hablando de agua, hemos comprobado estos días el manido
dicho de que nunca llueve a gusto de todos. Sin ir más lejos, dentro de nuestra
propia comarca hemos podido observar cómo algunos pocos pueblos andan tras
las continuadas lluvias del último mes celebrando la abundancia de sus
manantiales, incluso el milagro del regreso del agua a unas fuentes que llevaban
secas años y años, mientras que los demás —la inmensa mayoría— hacen
balance de los desperfectos de la catástrofe y de la destrucción ocasionadas por
este inusual hasta ahora desboque de los cielos. Y digo inusual hasta ahora,
porque, debido —sí, lo digo y lo creo a pie juntillas— al cambio climático, tal
virulencia de las tormentas que antes se daba solo una de mil veces, está
empezando a darse de una forma más asidua, de una forma superior incluso a ese
1% de acierto que le doy a mis pronósticos. Consultad esto, por favor, con los
climatólogos y no con los cuñados del TikTok.
Ya veis que, una vez más, cuando ya estoy llegando al final de mi artículo,
concretamente al final de mi artículo 101, podéis comprobar que he vuelvo a soltar
—negro sobre el blanco del papel— mis parrafadas de mal agüero. Porque, a
pesar de que estábamos advertidos mil, cien mil, hasta un millón de veces de que
esto podía ocurrir, no hicimos nada por prevenirlo. Y sí, ahora toca curarlo, pero
después de la reparación habrá que ponerse de una vez por todas con la siempre
pesimista tarea de la prevención, porque si no, otra vez volverá a llover a disgusto
tanto de los pesimistas, como de los optimistas y hasta de los mediopensionistas.




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