Aquel soslayo descarado —Artículo para Ideal Sierra Mágina, abril de 2026—
Yo nací en un tiempo y en un pueblo donde las puertas de todas las casas «permanecían abiertas desde el alba hasta bien entrada la noche, bostezando pachorra y desidia, como unas “vivalavirgen”, entre refunfuños de goznes herrumbrosos y crujidos de maderas carcomidas». Así describí en Los niños de las caras esa sensación de seguridad quizá ficticia, a veces impostada y siempre manoseada que teníamos quienes fuimos niños en Mágina a principios de los setenta. Porque, si tan confiados y tan de par en par se mostraba al visitante nuestra hospitalidad y también nuestra pueblerina ingenuidad, ¿a qué venía luego, ante la novedosa presencia de forasteros, aquella cerril desconfianza, aquel no darles si quiera «la espalda a su aparente cordialidad y a sus acentos refinados», aquel aprendernos sus gestos mientras espiábamos a distancia sus conversaciones, mientras los mirábamos de «un soslayo chapucero, más fruto del descaro infantil que de la poca destreza en el disimulo»?
Ahora, después de 33 años afincando en Madrid (por cierto, más de la mitad de mi vida) esa sensación contradictoria entre el rechazo y la fascinación con el diferente, con lo desconocido y también con lo opuesto —lo rural frente a lo urbano; el campo frente a la ciudad— ha movido desde siempre mi manera de enfrentar la vida. Es como si aquel soslayo descarado que nos venía de cuna se hubiera ido sofisticando con el paso del tiempo hasta convertirse en un mecanismo natural y espontáneo de proceder cuando, ante cualquier acontecimiento o novedad, esa hipersensibilidad rural hace que se dispare el sentido crítico.
Y es verdad que, sobre todo al principio de vivir en esta ciudad de cielos premonitorios, capaces de pasar por todos los matices de colores y ánimo en un solo día, la balanza de mi impresión siempre se inclinaba del lado de mi corazón de niño eterno que echaba de menos Sierra Mágina. Siempre recordándome que seguía siendo parte de esa gente tristona y provinciana que, unas veces por querencia, otras por falta de alternativa, emigró del sur de España al sur de su capital, porque, francamente, siempre que visito esos barrios de allá —donde se cruzan mi camino y el de los de los cayetanos— me siento como un extraterrestre, a pesar —no lo negaré— de esa natural fascinación de la que hablaba antes por el diferente, por lo contrario y por lo ignoto.
A principios de los años noventa, recién aterrizado no muy lejos de la pradera de San Isidro a este lado del Manzanares, me llamaba tanto la atención que el centro neurálgico y social, el lugar fuera de los domicilios donde las familias se reunían y hasta celebraban cumpleaños y demás efemérides de sus miembros, además de ser donde los jóvenes socializaban y comenzaban a sentirse como parte integrante de un grupo, incluso donde se desarrollaban sus primeros escarceos amorosos, ese lugar, que se encontraba por lo general en la periferia de los núcleos urbanos, fuera el centro comercial. Para alguien que se había criado tirado a la calle desde la mañana hasta la noche, con más mataduras en las rodillas que un burro viejo, y siempre con la piel quemada, ya fuera por el sol en verano o por el frío en invierno, ver a familias enteras pasar todo el día del sábado bajo la lividez irradiada por columnas y columnas de fluorescentes, perfectamente dispuestos y ordenados en un continuum de luz artificial, le parecía, cuanto menos, chocante, por no decir, una solemne estupidez.
Para cuando llegó el nuevo siglo, toda esta cultura americana a lo Stranger Things —donde con toda probabilidad hasta la muerte habrá de sorprenderte en un centro comercial—, no solo se fue interiorizando de manera paulatina entre las costumbres de irredentos emigrantes del campo como yo, sino que también se os inoculó a quienes seguíais viviendo en los pueblos, desde el mismo momento que empezasteis a peregrinar durante los fines de semana o en vuestros días libres a los centros comerciales de Jaén, de la cercana Granada o incluso —¡sí, estos ojos lo han visto!— de Madrid.
Pero ya lo dice el dicho, que todo se pega menos la hermosura, y además, a qué velocidad, pues se pasó volando del centro comercial a las ventas online (que, tiempo al tiempo, terminarán con la existencia del primero); de la identificación social y de la búsqueda de pertenencia al grupo experimentada en las calles, en las plazas, en los futbolines de los barrios o en los multicines de los centros comerciales, al individualismo exacerbado, al aislacionismo y al anonimato impune de las nuevas tecnologías y las redes sociales.
Es más, si el vértigo nos deja un momento para tomar aire a la vez que hacemos gala de nuestro famoso reojo rural, comprobaremos que estamos a punto de darle la vuelta al marcador de los aconteceres y que, más pronto que tarde, volveremos a la socialización, al orgullo de pertenencia al grupo; a las cosas sencillas que pasaban en las calles de nuestros confiados pueblos de puertas abiertas a todo el mundo.



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