Ni más ni menos —Ideal Jaén, artículo de opinión del 13 de julio de 2026—

 

Ni más ni menos

No sería justo reprocharle al recién investido presidente de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, sus contradicciones y cambios de parecer. Ya nos avisaba Michel de Montaigne de lo previsibles que son estas actitudes en el ser humano, al que describe como «un objeto extraordinariamente vano, diverso y fluctuante», debido a que todas las posibilidades que podamos imaginar tienen cabida en su alma: la timidez y la insolencia; la castidad y la lujuria; la charlatanería y la reserva; la resistencia y la fragilidad; el ingenio y la terquedad; la amabilidad y la rudeza; la veracidad y la mentira; la sabiduría y la ignorancia; la generosidad y la avaricia… Entre el antes y el después de las elecciones andaluzas, todos estos procederes y algunos más, incluso mezclados y confundidos entre sí, se los hemos visto hacer o decir a «Juanma, el moderado». Así que, seamos por una vez benevolentes, y tengamos en cuenta que el hombre, su «juicio y todas las cosas mortales» fluyen y ruedan sin parar por esos mundos en «un perpetuo vaivén», como puntualiza el gran ensayista francés.

Ese fluctuar de la vida, de nuestros pareceres y, por supuesto de nuestro voto; ese tránsito continuo de fuerzas entre los partidos políticos es a su vez la causa y la justificación de este acuerdo de gobierno andaluz donde, negro sobre blanco, se han oficializado las contradicciones de «Juanma, el otrora moderado» y las exigencias dictadas por Abascal a Manuel Gavira, a quien —estoy convencido— conoceremos a partir de ahora como «Manolo, el vice». Moreno lo escenificó con toda claridad en su toma de posesión, bajando los brazos ante el atril y encogiéndose suavemente de hombros para decir al más puro estilo montaigniano: «que sais-je?, ¿qué sé yo?», esperando «el presi», que ese encantador malagueño susurrado al que nos acostumbró los oídos convenza y conforme al pueblo andaluz en un amable relativismo.

Ese «distingo» sutil —a veces meticuloso, cuando no malicioso— al que se acoge en muchos de sus escritos Montaigne, me viene a mí que ni pintado para atrincherarme bajo la perspectiva de mi almecino, y ponerle al acuerdo de marras alguna que otra objeción o puntualización maginense. Otros muchos ya han escrito y hablado hasta la saciedad del «rechazo frontal» a la llegada de más menores extranjeros no acompañados, de la «supresión total» de subvenciones a ONG que «favorezcan la inmigración ilegal», del fin al Programa de Lengua Árabe y Cultura Marroquí en los colegios, alegando que es un intento de «diluir nuestra identidad», de la promoción de la tauromaquia, la ganadería brava, las escuelas taurinas, las plazas de toros y la caza, y del impulso de una «Nueva Ley de Concordia» que derogue y sustituya la actual normativa andaluza en materia de Memoria Histórica. Todo esto que es en sí objetable, cuando no rechazable, incluso entre los votantes de buena voluntad del PP, queda en peccata minuta comparado con la alarma que debiera producirse entre los agricultores de nuestros pueblos ante la claudicación definitiva de Moreno Bonilla —quien tendrá que desprenderse de su pin de la agenda 2030— ante el negacionismo climático. Habrán de erigir pues mis paisanos sus orejas bien altas, como los conejos, para escuchar hasta debajo de las piedras todo el ruido que se haga alrededor de la declaración de Andalucía como región libre de cargas del Pacto Verde y del rechazo del pacto para la reforma de la Política Agraria Común (PAC).

Aunque, para remate de la cosa, esa alarma se nos debiera volver a los maginenses un pavor ciceroniano —que trasforma la mente y ahuyenta por completo la cordura—, con solo leer la coletilla que llevará la macrocartera de «Manolo, el vice»: «…y Administración Local»; ni más ni menos.

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