Tierra tomada —El Almecino, Ideal Jaén, 29/06/2026

 

Tierra tomada





Permítanme, queridos lectores, que me presente a quienes no conocen mi trayectoria. Hace diez años, cuando la edición comarcal de Ideal Sierra Mágina llevaba unos meses de andadura, comencé a escribir en sus páginas una columna bajo el título de El Almecino. Desde entonces, mis opiniones –a veces semblanzas– sobre mi tierra y paisanos no han faltado a su cita, hasta la que ha sido su última entrega. Precisamente, ese artículo de despedida ha supuesto para mí una declaración de amor y odio al lugar que me vio nacer, sin saber que se me iba a ofrecer la posibilidad de continuar narrando sobre los abruptos perfiles de Mágina desde esta privilegiada localización —ya sea por la perspectiva o por el resguardo que me ofrece su sombra de papel— de este peculiar almecino.

Escribí, tomándole prestada a Cortázar una conversación de Horacio con la Maga, que Mágina y yo siempre andamos merodeándonos en los desencuentros, «sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos», aunque sin lograr nunca estar plenamente juntos.

Se dice que, para que una casa deshabitada no termine por derrumbarse y no se deje derrotar por la pena y la soledad, hay que airearla, hacerla respirar y que fogueen por sus estancias los lares familiares. Los emigrados de Sierra Mágina y de tantos lugares de la España rural hemos convertido cada regreso en una maniobra de resurrección: abrimos la puerta de la casa y nos damos de narices con una inquietante presencia, fruto de la dejadez y del olvido que conlleva, y que –como en «Casa tomada» de Cortázar– se ha hecho fuerte en alguna habitación, donde otra porción de la historia familiar ha sido borrada, tomada.

Con ello no estamos describiendo nada que no se sepa y que no haya sido analizado hasta la extenuación. ¿Qué podemos aportar más sobre la España vacía o vaciada? Pero debemos objetar que, la búsqueda de esa medicina que desbloquee la desidia de nuestra historia personal y familiar y neutralice la agonía de nuestros pueblos no puede contener entre sus componentes esa entelequia de moda a la que llaman prioridad nacional. Como los hermanos del relato de Cortázar, hemos abandonado, habitación por habitación, casi toda la casa. Hemos sido empujados de la bonhomía innata a nuestra cultura por el ruido creado alrededor de esos otros que –dicen– vienen a por lo nuestro, aunque lo que nos esté desalojando de nuestros valores sea el miedo que nos producen esas ideas sobre los diferentes, los extraños, que alguien o algo nos inoculó sin que nos enterásemos. Ahí, aparece en prime time y modo presidente el señor Feijóo, cambiando la prioridad de los nativos por la de los arraigados, contagiando nuestro miedo a la tierra tomada a esos otros, diferentes y extraños, enfrentándolos a otros diferentes y extraños, pero más últimos. Porque –dice el líder de la oposición, mientras engola la voz en modo presidente– «hay que priorizar».

En mi última visita a Bélmez de la Moraleda, un amigo se postulaba, sin haberlo leído, como un personaje de Paisajes después de la batalla de Juan Goytisolo. Me decía: «en unos años todas estas olivas serán de esa gente», mientras me señalaba con desdén un grupo de adolescentes de origen magrebí que se arremolinaba en busca de wifi alrededor del ayuntamiento.

Me resigno a pensar que, tras cerrar la puerta de nuestra casa maginense, tiremos la llave a la alcantarilla. No sea que a algún pobre diablo de esos extraños se le ocurra meterse en la casa, «a esta hora y con la casa tomada».






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