Los más rezagados —Artículo para Ideal Jaén, 7 de septiembre de 2026–
Se llenaron las últimas tardes de agosto de luces intermitentes y despedidas. Y mientras nos las veíamos y deseábamos para cerrar las maletas con la misma ropa de la ida —aunque despojada de aquella frescura ingenua de la ilusión recién planchada que perfumó los días de fiesta— ocupamos a la vuelta los pocos huecos que aún quedan de arrugada nostalgia y propósitos imposibles.
A los más rezagados nos dio incluso para estirar el chicle uno, dos, tres días… una semana lo más, convencidos de que, desmontadas las barracas de la feria, apagadas las luces ilusorias que envuelven agosto en su irrealidad y consumido el ruido del último coche tras la curva del pilar de la Ermita, regresaría por un instante a Mágina la arcadia de nuestra infancia.
Es tan complicado explicarlo, como conseguir ejecutar con milimétrica perfección ese ejercicio de yoga donde todo está medido: estirar el cuello hacia arriba hasta el punto exacto que nos permite leer el futuro en los perfiles de estos montes; respirar profundo, pero no intenso, permitiendo que se escuche el rumor de las entrañas de esta tierra; y regresar a la posición inicial sin movimientos bruscos que desbaraten la sensación del momento y su inexplicable recompensa.
Si se me pidiera que recomendara tan solo una cosa, tan solo un paisaje, tan solo un instante de cada uno de los pueblos de la Sierra Mágina, yo me decidiría por este final del verano, sin excesos ni prisas, que se queda impregnado en cada paso, en cada calle, a cada vuelta de una esquina, como una invitación a un regreso futuro que no acabamos de descifrar en su totalidad. Es un estado, un poso que estaba ahí y que vimos los días previos, antes de montar en nuestras plazas los bulliciosos escenarios. Una línea por seguir que reaparece con toda claridad en el cielo de Mágina tras descolgar las banderillas y apagar las luces de colores.
Todas las fiestas de pueblo, sus verbenas, parecen haberse mimetizado unas con otras, No hay más que ver los selfis que los grupos de música se hacen al final de sus actuaciones con el público. Cuesta diferenciar unos pueblos de otros, porque todos parecen el mismo. No digamos ya la banda sonora, los repertorios que se repiten hasta la saciedad en un rebobinado continuo durante todos los días de fiesta, a pesar de que los grupos cambien cada noche.
Así, cuando pasen los años, aquellos que solo regresaban al pueblo para desmadrarse los cuatro días, para encontrarse en el local de su junta o de su peña con los mismos de siempre, tendrán verdaderas dificultades para diferenciar unos años de otros, unas situaciones de otras, unas personas de otras, porque todo estará envuelto por el ruido excesivo de aquella conversación, por la efímera efervescencia de un momento que casi se ha borrado.
Nosotros, los más rezagados, aunque nos sintamos unos privilegiados por poder disfrutar tanto de la previa como del pospartido, no somos dueños de estos momentos. No hay en nuestra actitud ni en nuestro talante un sentimiento de posesión ni un gesto de coleccionista. Es más, no se trata de unos cromos difíciles de conseguir, si sigues con precisión la cronología y el orden exacto de los pasos en la dirección correcta que te va marcando el amor por esta tierra.




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