Días de feria —artículo para Ideal Jaén, 17 de agosto de 2026—
La primera, la más modesta y la más entrañable a la vez, era la de Solera, donde tanto los lugareños como los emigrantes se las ingeniaban por entonces, a mediados de los setenta, para autofinanciarse sus fiestas. Admirables, mis vecinos de Solera. Después le tocaba a Cabra del Santo Cristo y, por fin, las de mi querido pueblo, Bélmez de la Moraleda, donde teníamos fama de hacerle sudar el contrato a la orquesta de turno, obligándolos a alargar el último pase hasta que el sol ya nos daba de pleno en los ojos. Por último, para rematar agosto, solo quedaban las fiestas de Huelma, las cuales, dependiendo de si nos pisaban algún día las de Bélmez o no, podían terminar sufriendo nuestro veto. Así eran estas cosas de la buena vecindad en los tiempos de las fiestas.
Pero si me retrotraigo aún más en el tiempo para vérmelas con aquel niño prendido de ilusión, con la cara manchada de primeras experiencias y la taquicardia metida en el bolsillo del pantalón corto, donde un puñado de monedas peleaban entre mis dedos por acabar en los «cacharricos», las emociones se me acumulan. Y ahí estoy, parapetado tras esta trinchera que he hecho mía, disparando a ráfaga sobre la memoria y los recuerdos, tratando de contar quiénes éramos y nunca volveremos a ser, por mucho que nos busquemos entre los recuerdos y las viejas fotografías de los días de feria.
Entonces dejo que aquel niño se pierda calle abajo con sus sandalias azules y con la ropa de estreno, metiendo su naricilla en la caseta de tiro con escopetas trucadas, para comprar después garrapiñadas en el carrillo de Antonio el Dulcero y subirse más tarde a las cadenas y al carrusel, y rematar en la noria las últimas pesetas.
Sueño con los ojos abiertos mientras recuerdo aquellos días de feria y, de repente, todo se desvanece. Es como ese despertar que siempre es lo mismo: un mal sueño dentro de una pesadilla del que solo te reconforta levemente el que intuyas el argumento. Como en una peli de terror, que ya sabes lo que va a pasar. Es como esa premonición que nos invade precisamente cuando ya está amaneciendo el último día de fiestas, esa impresión de que no te has enterado de nada; como si todo hubiera ocurrido pese a ti, como si no hubieras estado allí. Sin embargo, mientras miras cómo se van alejando las luces del ferial, ya sientes la nostalgia de lo que aún no acaba por irse del todo.
Definitivamente, hay que arrancarse de los ojos esta mirada miope y viciada, llena de prejuicios y de resentimientos que acompaña nuestros actos de los días ordinarios, para colocarnos en su lugar dos ojos de niño como dos estrellas recién descubiertas, como dos luces cándidas y sin mácula alguna en el refulgir de su asombro. Entonces nos veremos portadores de unos ojos feriados y glotones a los que nada se les escapa, ahí, casi a ras de suelo, a la altura de donde ocurre la vida de verdad, esa vida subterránea y secreta que va dejando escapar sus regalos, sus detalles, sin que los adultos nos percatemos de ello.




Juan,llegados a cierta edad,las ferias creo que se viven de forma distinta,las ilusiones de niño se perdieron. Un abrazo
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