Palabras prestadas —artículo de Ideal Jaén del 3 de julio de 2026—




Me comentaba una de mis más fieles lectoras, a propósito de mi columna, esa querencia mía a preñar de —según ella— «sesudas citas» todas mis reflexiones maginenses, a lo que yo me defendía señalándole que, apuntalar mi discurso con la contrastada sabiduría de otros, más que sesudo es inteligente, y con ello debiera valer para excusar la posible pedantería.  

 

A pesar de ello, y por muy convencido que yo esté de la mezcla y de la posterior fragua de ese cemento de palabras de otros a los que admiro y de quienes aprendo con las propias, me hizo pensar en el porqué de su impresión y en el para qué de mi proceder.  

 

Es un «facto», como dicen ahora, que escribir formalmente —con lo que de normativo, reglado y establecido conlleva el adverbio utilizado— un artículo de opinión para un periódico de papel, aunque también tenga su versión digital, es un anacronismo que como mucho suscitará un «OK, boomer» entre hipotéticos lectores veinteañeros. Pero no me veo yo a estas alturas renegando y arrojando al rincón del olvido lo leído de Cortázar, incluso lo aprendido de la sabiduría clásica de Montaigne, para terminar por vender mi alma de escritor y de articulista al diablo, a la espera de que me sea concedida la frescura «instagrameable», el descaro y hasta la despiadada insolencia «tiktokera» para mi columna. De ahí que yo insista en la costumbre de citar a los clásicos y a los modernos, y no porque forme parte de mi zona de confort en la escritura, sino porque es en ese sustrato que deja lo vivido, pero también lo leído, donde se cimenta la opinión de cada cual, así como la propia visión del mundo.  

 

Así que, como le leí a Leila Guerriero acerca de la manera de trabajar del chef Michel Bras, quien al atardecer llevaba a su equipo de trabajo a la terraza de su restaurante, y los obligaba a permanecer allí hasta que el sol se ocultaba, momento en el que señalaba el cielo, y les decía: «ahora vuelvan a la cocina y pongan eso en los platos». Estos artículos, como cualquier otro texto mío pero sobre todo estos artículos son un intento de retener en cada objeción, en cada puntualización, en cada queja aquí escrita los colores de la Sierra Mágina, el olor de sus atardeceres, el sabor de sus aguas. Son un «quiero y no puedo», un bosquejo de algo más grande que no termina de aparecer, pero que se intuye en cada frase, en cada reflexión y que me apunta de nuevo Leila «se canibalizan entre sí», prestándose alguna frase, alguna idea, o simplemente una, dos palabras, un medio título con el que rizar «una y otra vez el rizo de preguntas sin respuesta». Porque, a pesar de que solo en contadas ocasiones se nos devuelva algo de ruido y se produzca una mínima reacción, es necesario no dejar de tirar piedras al tejado de quienes corresponda en cada asunto. Y si para ser eficaces necesitamos valernos de la honda de alguien más Goliat que nosotros, que somos simples Davides en estas lides de la comunicación, que no nos tiemble la mano —la pluma— mientras apuntamos a la cabeza del asunto cargados de valor, pero sobre todo de verdad.  



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