El almecino

Historias y semblanzas sobre las gentes que hicieron, hacen y harán Sierra Mágina

viernes, 27 de enero de 2017

Aquella tarde de finales de enero



           

Por fin aquella tarde de finales de enero, todos teníamos el libro. La mayoría, heredado de hermanos mayores, de primos; un taco deslomado que amarilleaba sobre el pupitre por la primera página. Otros, los menos, recién comprado; oliendo todavía a tinta fresca y con ilustraciones a todo color. El título, escrito con una letra manierista y afectada, lucía rotundo en  un azul intenso sobre fondo terroso: Hemos visto al Señor. Debajo, un dibujo de Jesús rodeado de niños apuntalaba intencionadamente aquella afirmación.
 
           
El maestro mandó leer a quien, a las alturas que estábamos de curso, era ya su favorito: “Uno…Dios… Las cosas no se hacen solas. Las máquinas, los muebles, los libros, han sido hechos por los hombres… Pero hay muchas cosas, muchísimas, que los hombres no pueden hacer: los montes, los ríos, el mar. Todos los hombres del mundo juntos no podrían hacer una mariposa, un pájaro, una flor; muchísimo menos podrían hacer el sol, la luna o una estrella…”

            Entonces todo era, además de incuestionable, rápidamente asimilado por nuestras entendederas aún por llenar con dogmas de fe, operaciones aritméticas,  leyes de física, batallas o fechas. Todo ocurría por primera vez con la misma natural cadencia que  los álamos del patio bailaban engatusados por el viento del atardecer o las aguas del arroyo se abandonaban despreocupadas y cantarinas por la pendiente. Por no haber, no había ni niñas en el aula; tampoco se las esperaba.

           
Hoy, ya pocos recuerdan aquel libro; mucho menos sus enseñanzas. De la treintena de niños de aquella tarde, un tercio serán ateos, la mitad creyentes no practicantes y el resto no saben, no contestan. La aritmética se quedó, la física se olvidó y la historia se repitió.  

3 comentarios:

  1. Yo aún lo tengo y como tú dices, heredado. Imagínate como esta después de pasar por cuatro antes que yo, pero a pesar de eso y con sus hojas amarillentas y medio destrozadas, lo conservo y me encanta. No podría desprenderme de el por nada y lo curioso es que no se el porqué.

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    1. Y no se te ocurra desprenderte de él; es la conexión con la niña que todavía está en algún lugar de tu interior.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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De Despedidas y otros contratiempos